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sábado 17 agosto 2019
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Miembros doloridos de la iglesia

Crónica de vidas entregada a los ancianos.

El mismo día que se abrieron las puertas llegaron los dos primeros huéspedes al Hogar. Sus nombres figuran en las actas de fundación: don Juan Céspedes y don Ignacio Sánchez de 80 y 82 años respectivamente. 50 años después, este Hogar alberga a 182 ancianos en cuya mirada opaca se esconde el ocaso de la vida y cuyos cuerpos se han resentido “doloridos” por el trajín de los años.

Era el año 1966 y la joven urbe cruceña no se extendía más allá de lo que hoy es el segundo anillo de circunvalación. El “Hogar de Ancianos Santa Cruz” se estableció en esa periferia de la ciudad, en unos terrenos de la parroquia La Santa Cruz en la Avenida Cardenal Cushing, hoy la Avenida Beni. Por esos rumbos desolados de calles polvorientas e intransitables en tiempos de lluvia, solo circulaban carretones y algunos Jeep de doble tracción que comenzaron a aparecer en la ciudad.

Apenas un año después de su fundación, el hogar atendía a 15 ancianitos y pronto comenzaron a llegar en cantidad tanto hombres como mujeres. Se calcula que durante estos años pasaron por el Hogar más de 2.700 ancianos venidos del campo y la ciudad y de todas las provincias de Santa Cruz.

Pero no solo el Hogar está de aniversario, sino también la congregación que lo atiende desde su fundación: Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Buscando conocer un poco más del Hogar pero sobre todo de la vida de estas mujeres cuyo hábito completamente cubierto sólo deja ver el rostro, fuimos a conversar con la hermana Irma, superiora del Hogar quien a sus 59 años de edad ya lleva 37 de vida religiosa.

La hermana Irma es natural de “Guacareta”, un pueblito muy pequeño en Chuquisaca. Ingresó a la congregación como aspirante a la edad de 14 años de edad y además de la formación religiosa estudió enfermería geriátrica, como casi todas las religiosas de esta congregación.

Ella nos contó que fue gracias a la iniciativa del Obispo de feliz memoria, Monseñor Luis Rodríguez Pardo, que inquieto por la falta de una digna atención para los ancianos desamparados de la ciudad gestionó en varias ocasiones que esta congregación viniese a Santa Cruz. Finalmente la congregación llegó con las primeras 5 religiosas que formarían la comunidad.

Su llegada no estuvo libre de inconvenientes pues la municipalidad les entregó un lugar para un servicio diferente al carisma de la congregación. Por esa razón, decidieron regresar a Lima (Perú) pero fueron, una vez más, las gestiones de Monseñor Rodríguez las que permitieron que se establezcan en nuestra ciudad. El Obispo les entregó un terreno atrás de la Parroquia La Santa Cruz con unos salones de la escuela parroquial que habilitaron para dormitorio y comedor. Allí con el tiempo se fue edificando lo que hoy es uno de los hogares más grandes y con mayor número de ancianos del país.

Según proyecciones poblacionales, en el país existen 932.000 personas de la tercera edad. De este total, 20.7% de los adultos mayores se encuentra en Santa Cruz; es decir, 21 de cada 100 habitantes de 60 años o más están en el departamento cruceño (Instituto Nacional de Estadística (INE).

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En el hogar la jornada comienza a las 4:30 de la mañana, el sol aún no ha salido pero la mayoría de los ancianos comienzan a despertar y es momento de hacer “la primera visita”. Uno a uno, los revisan y se aseguran que estén bien. Aunque la atención a los ancianitos es demandante no descuidan su vida comunitaria y de oración. A las 6:30 de la mañana las 10 religiosas que forman la comunidad y algunas jóvenes aspirantes, rezan los “laudes” para después regresar a los cuartos y ayudar a los ancianos a levantarse e incluso llevar, a quienes no pueden movilizarse por sí mismos, a la capilla del hogar para la misa matinal. Así comienza el día para ellos.

Después de la misa es el desayuno. Hay ancianos que necesitan ayuda para comer, es el caso de doña Liduvina Negrete de 80 años de edad quien es ciega y no comerá sino la alimenta la hermana Alejandra Pinto. Esta religiosa Paceña tiene 33 años de edad y la técnica necesaria para hacer que doña Liduvina se coma toda su comida.

Antes de llegar al hogar, la señora Liduvina vivía con su hermana menor a quien le diagnosticaron cáncer, fue operada y después de recibir la quimioterapia no tuvo fuerzas para atenderla, ahora tiene a la hermana Alejandra.

Solo después de asegurarse que todos los ancianos se sirvieron, les toca desayunar a ellas. Necesitan cargar energías pues la jornada recién comienza y será larga.

Más tarde, en el pasillo que da a la cocina encontramos una pequeña monja trapeando el piso cuya sonrisa y alegría nos llama poderosamente la atención.  Se trata de Elena, una peruana que llegó al hogar hace 4 años. Se la ve joven pero ya pronto cumplirá 18 años desde su consagración. No hace falta que le preguntemos nada, la alegría con que trapea el piso ya nos enseñó mucho, además no tiene tiempo pues esta pequeña mujercilla debe dejar el piso impecable en menos de una hora para que otras hermanas y algún personal de ayuda preparen el almuerzo.

Después de la limpieza general, se prepara el almuerzo para que sea servido a las 12 en punto

– “Los ancianos son personas de hábitos y hay que respetarlos” dice una de las religiosas mientras ayuda a repartir el almuerzo.

Así el día transcurre entre los servicios y la oración. La mayoría de ellas solo regresa a sus habitaciones hasta las 10 de la noche y al estar allí, a solas con Dios, pueden estar seguras que cumplieron el legado que les dejó su fundadora “cuidar los cuerpos doloridos de la Iglesia”.

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La congregación de las hermanitas de los ancianos desamparados nació en España hace 143 años y desde entonces se han extendido por el mundo hasta tener presencia en 4 continentes (Europa, América, África y Oceanía) con una única misión “Acoger y cuidar a los ancianos, preferentemente pobres…”. Por eso se definen como una congregación al servicio de la iglesia y de los hombres, de estos hombres y mujeres que llegados al ocaso de sus vidas necesitan un hogar, vestido, comida y sobre todo cuidados y cariño.

Se estima que solo en Bolivia son unas 50 religiosas que atienden hogares de ancianos en Oruro, ciudad a la que esta congregación llegó por primera vez el año 1902, también en Cochabamba, en Tarija y Santa Cruz.

La entrega y la alegría, el servicio esforzado casi al límite del sacrificio que hemos encontrado en esta congregación puede resultar cuestionador y contradictorio en un mundo en que el servicio suele ser medido por el beneficio recibido. Aquí en este Hogar de ancianos, como en muchas otras Obras Sociales de la Iglesia Católica donde cada día gastan su vida silenciosamente religiosas, religiosos, sacerdotes y laicos consagrados, hemos encontrado un testimonio de auténtico espíritu de servicio que solo puede entenderse desde la dimensión de la vida entregada por amor a Cristo Jesús.

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Por: Lic. Erwin Bazán Gutiérrez

Fotografías: Lic. Graciela Arandia

Para ver todas las fotografías, hacer click Aquí

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Encargado


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