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martes 6 diciembre 2022
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Meditación: “Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”, Mons. Braulio Sáez

Campanas. La meditación del Retiro sacerdotal del Clero de Santa Cruz, estuvo a cargo de Mons. Braulio Sáez, Obispo Emérito, quien reflexionó sobre: Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Fiesta que los reúne e invita a reflexionar el misterio de nuestro SER y HACER sacerdotal. Lo hemos vivido y celebrado muchas veces en nuestra Iglesia de Santa Cruz. Al meditar una vez más sobre nuestro ministerio, sabemos que toda nuestra vida tiene referencia a Cristo y que recupera su vitalidad y esencia en la medida que se identifica con la fuente y que Él es el único Sacerdote, que realizó el Sacrificio redentor y es con toda propiedad el único Mediador entre Dios y los hombres.

“JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE”

En esta fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote es importante comenzar la meditación de esta mañana con palabras que nos llenan de gozo y esperanza: “Hermanos, teniendo un sumo sacerdote que penetró y está en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firme la fe que profesamos. No tenemos un sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, al contrario, él mismo pasó por todas las pruebas a semejanza nuestra, fuera del pecado, acerquémonos, pues, con seguridad y confianza a este trono de la gracia. Aquí alcanzaremos misericordia y hallaremos gracia para ser socorridos en el momento oportuno”. (Heb. 4,14-5,10)

Fiesta que nos reúne e invita a reflexionar el misterio de nuestro SER y HACER sacerdotal. Lo hemos vivido y celebrado muchas veces en nuestra Iglesia de Santa Cruz. Al meditar una vez más sobre nuestro ministerio, sabemos que toda nuestra vida tiene referencia a Cristo y que recupera su vitalidad y esencia en la medida que se identifica con la fuente y que Él es el único Sacerdote, que realizó el Sacrificio redentor y es con toda propiedad el único Mediador entre Dios y los hombres.

Este misterio tiene implicaciones que engloban y que deben marcar toda nuestra vida sacerdotal, entre ellas la santidad personal a la que cada uno somos llamados. Ser santos, depende y tiene su origen en el mismo Cristo que es quien garantiza y asegura la eficacia de nuestros quehacer sacerdotal y ministerial.

Él es quien santifica y salva, nuestro ministerio es siempre delegado. “Por eso tenía que ser en todo semejante a los hombres sus hermanos: para poder ser un sumo sacerdote compasivo y fiel en el servicio de Dios para expiar los pecados del pueblo. Como él mismo sufrió la prueba, puede ayudar a los que son probados”. (Heb, 2, 17).

Si nuestro ministerio tiene su origen en Cristo, esto hace que el sacerdote “representa y actualiza sacramentalmente y ministerialmente a Cristo” que es el único que santifica y salva, pues nuestras acciones sólo tienen eficacia si están vinculadas y en comunión profunda con Cristo: “Sin mí no pueden hacer nada, si el sarmiento no está unido a la vid no puede dar fruto y todo racimo que no da fruto se corta y es echado al fuego” (Jn, 15,5-6)

La representatividad adquiere credibilidad cuando va acompañada de una vida de coherencia con el actuar del mismo Jesús. No nos predicamos a nosotros mismos, sino que nuestro anuncio debe ser Cristo “Lo que hemos visto y oído, lo que tocaron nuestras manos es lo que les trasmitimos”. (1Jn, 1,3)

Nos sabemos llamados por Dios a una vida de diálogo y de intimidad constate con el Maestro, Marcos nos lo dice claramente “Llamó a los que quiso para estar con él y enviarles a predicar”, (Mc 3,13) supone privilegio y predilección de amor, pero de nuestra parte, supone respuesta  de fidelidad tanto a Dios como a nuestro pueblo a quien nos debemos y servimos.

El Beato Papa Pío XII en esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote al comentar las palabras “Tengan los mismos sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús” nos dice que “se exige de todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto lo permite la naturaleza humana, el mismo estado de ánimo que tenía nuestro Redentor cuando se ofrecía en sacrificio: la humilde sumisión del espíritu, la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias a Dios” (Mediator Dei) Actitudes que deben configurar la vida de todo consagrado para realizar la misión sacerdotal.

San Juan Pablo II, en el documento “Ecclesia de Eucharistia” señala que “el Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada”. “De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad”.

Una Iglesia Apostólica que se prolonga en los obispos.

Vivimos momentos de transición, de cambio en nuestra Iglesia. Después de mirarnos en el espejo de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, queremos dar gracias al Señor por la vida y el Ministerio de nuestros queridos hermanos Arzobispos: Mons. Sergio Alfredo Gualberti Calandrina que entregará el cayado de mando de esta Iglesia a su sucesor Mons. René Leigue Cesarí, hijo de esta tierra cruceña.

Sí, damos gracias por el ministerio de Mons. Sergio, por los veintitrés años de servicio a esta Iglesia cruceña, de ellos nueve como Pastor. Nos alegramos, y a la vez acogemos con gozo a Mons. René, amigo, hermano y colaborador como Obispo Auxiliar también nueve años, que se ha ganado el cariño y la confianza de su pueblo y de cada uno de nosotros. Despedida y acogida de un ministerio pastoral que sabemos es servicio en bien del pueblo de Dios y que lo vivimos con naturalidad y acción de gracias.

Jesús elige a los Apóstoles como colaboradores suyos: les adoctrina, les forma según su corazón y les da la potestad que Él ha recibido del Padre. Jesús hizo esta elección tras una noche de oración en el monte, (cfr Lc 6) por aquellos que le siguieron en el tiempo y por cada uno de nosotros. Fue entonces, y sigue siendo hoy, un acto de amor, de predilección, de confianza y de fiarse de nuestra pequeñez y limitada condición. Sabemos que la vocación es un don gratuito de Dios no merecido pero que obliga a vivir la vida, toda ella al servicio del Reino, “el Obispo es en su Iglesia como centinela atento, profeta audaz, testigo creíble y fiel servidor de Cristo” (PG 3).

Es muy antigua la tradición que presenta al Obispo como imagen del Padre, y al decir de San Ignacio de Antioquía “el Padre es el Obispo invisible, el Obispo de todos”. La cátedra del Obispo tiene un significado muy profundo en la tradición de la Iglesia a lo largo de los siglos, la catedral recuerda la autoridad paterna de Dios. El Obispo “debe cuidar con amor paternal al pueblo santo de Dios junto con los presbíteros y diáconos que son sus colaboradores, mediante el ejercicio de las tres funciones: enseñar,  santificar y gobernar con los rasgos del Buen Pastor: caridad, conocimiento de la grey, solicitud por todos, misericordia con los pobres, peregrinos e indigentes, e ir en busca de las ovejas extraviadas” (P.G 1,7).

El Obispo ejerce su autoridad como cabeza de la Iglesia, pero a su vez necesita de la colaboración de sus sacerdotes, que son sus inmediatos agentes de pastoral en medio del pueblo. Pastor y Presbiterio son realidades que se necesitan y se apoyan una en la otra y ambas tienen como finalidad servir y alimentar la fe del pueblo de Dios y la proclamación del Reino que Cristo vino a implantar en el mundo.

Cuando nos miramos como colaboradores en el camino recorrido durante el ministerio de Mons. Sergio, espontáneamente surge la acción de gracias, ha sido un tiempo de diálogo, búsqueda y entrega generosa que esperamos se profundice y reafirme con Mons. René a quien acogemos con los brazos abiertos.

Una Iglesia sacerdotal. Sacerdote…Otro Cristo.

Sacerdote, (de hiereus – hieros), algo sagrado, santo, separado del mundo, que incluye: culto, sacrificio y mediación. Sacerdote, palabra que aparece muy pocas veces en el NT. Sin embargo muy frecuente en el AT. En la cultura judía, en tiempos de Jesús, todo está relacionado con el templo de Jerusalén y el culto: el cumplimiento de la Ley, las costumbres del pueblo, la misma vida comercial pasaba por el templo y su entorno. En muy contadas ocasiones, a parte de la carta a los Hebreos, se menciona la dimensión sacerdotal en el N.T.

La 1ra Carta de Pedro  a las comunidades cristianas por el fundadas les habla del sacerdocio referido más bien a todo el pueblo de Dios: “Ustedes, en cambio, son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (1 Pedro 2,9). Pedro quiere resaltar la riqueza de las comunidades creyentes, a fin de que sientan orgullo y auto estima de la fe que han recibido, y sobre todo, que se sientan con una misión definida, lo que son y lo que deben ser: son raza elegida, sacerdocio real, nación santa y deben ser pueblo elegido, luz en medio de las tinieblas y profetas de esperanza.

Mensaje que hoy también deberían tener, como horizonte, nuestras comunidades parroquiales frente a un mundo tan alejado de Dios y de los valores espirituales. Nuestra presencia como sacerdotes, a veces, tiene más de administradores que de pastores, le damos más importancia a los ritos, al cumplimiento de determinadas normas, que a la coherencia de vida y el estar cerca de las situaciones que preocupan y afligen al hombre de hoy y a los sectores más empobrecidos de la sociedad.

Todo sacerdote constitutivamente es mediador entre Dios y los hombres en un doble sentido:

  • Ascendente: ofrece sacrificios y oblaciones en nombre del pueblo de Dios, representa al pueblo que le ha sido encomendado y le presenta las angustias y necesidades de la comunidad. Se dice también del sacerdote que es “puente” entre Dios y su pueblo.
  • El Concilio Vaticano II añade: «Los presbíteros ejercitan su oficio sagrado sobre todo en el culto eucarístico o comunión, en donde, representando la persona de Cristo, el sacerdote es al mismo tiempo presidente de la celebración eucarística, él ofrece el sacrificio in nomine Ecclesiae o, en persona Ecclesiae y consagrante, sacrificador, y como tal ya no actúa meramente in persona Ecclesiae, sino in persona Christi y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza, Cristo, representando y aplicando en el sacrificio de la misa, hasta la venida del Señor (1 Cor 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento, a saber: el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre como hostia inmaculada (Heb 9,11-28)».

Descendente: comunicando a los hombres su misericordia y perdón a través del sacramento de la reconciliación. Somos ministros de la reconciliación, del perdón, del consuelo y la esperanza: “Los gozos y las esperanza, las tristezas y las angustias de los hombres  de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (G.S. 1). El Santo Cura de Ars solía decir: “La misericordia de Dios es como un arroyo desbordado. Arrastra los corazones cuando pasa”. El sacerdote que se identifica con Cristo, es consciente que  no se pertenece a si, sino a la comunidad que sirve.

Somos vocacionados y toda nuestra vida, nuestros proyectos, hasta nuestros sentimientos deben ser vocación. El Evangelio de San Juan en el capítulo primero nos presenta la bella escena del encuentro con los primeros discípulos Juan y Andrés: “Estaba Juan con dos de sus discípulos. Viendo pasar a Jesús, dijo: Ahí está el Cordero de Dios. Los discípulos, al oírlo hablar así siguieron a Jesús” (Jn.1, 35-37).

Una historia cargada de suspense, habla de seguimiento y propuesta. ¿Qué buscan? No es pregunta para salir del paso, es pregunta básica ante tantos proyectos de vida. ¿Dónde vives? le responden al unísono Juan y Andrés, y Jesús les contesta: Vengan y verán. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día. Son encuentros que marcan y definen y si estamos aquí es porque un día también Jesús se cruzó en nuestro camino y cambió nuestra vida, el resto del camino sólo lo sabemos nosotros como se ha desarrollado.

El misterio de toda vocación  implica dos dimensiones:

  • Seguimiento, dejarlo todo, la familia, los padres, las redes, nuestro tiempo, nuestras aficiones personales y, por si esto fuera poco, se quedaron con él, para vivir como él, para seguirlo hasta donde él vaya, para ser como él, para dejarse crucificar como él.
  • Adhesión, íntima relación con Jesús, tan íntima que quedó grabada en su memoria hasta la hora, eran las cuatro de la tarde y de ahí en adelante todo fue novedad. Ya no soy yo es Cristo quien vive en mí, dirá Pablo. Hoy, a cada uno, Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, nos pide también una respuesta.

Nuestro quehacer de sacerdotes. Sólo unos cuantos aspectos a profundizar, cada uno de ellos podría ser un tema completo de reflexión:

La Caridad Pastoral

¿Qué entendemos por Caridad Pastoral? Participación en la Caridad Pastoral de Cristo Buen Pastor que ama, sirve, guía, da su vida. Es el amor de Cristo pastor encarnado, prolongado, historizado en el amor del presbítero, es un estilo y una manera nueva de vivir nuestro sacerdocio. Es principio interior, dinámico, capaz de unificar las actividades, pero sobre todo unificar la vida. No dejarnos influenciar por la mentalidad del mundo: doble vida, moral, cultura light.

Toda nuestra espiritualidad sacerdotal debe estas afianzada, consolidada y fundamentada en el amor, elemento “fontal”: “porque el  amor de Dios  ha sido derramado en nuestro corazón por el don del Espíritu Santo” (Rom 5,5); cuando el Espíritu es el que mueve el amor, estamos hablando de “espiritualidad del amor”, es el distintivo de todo seguidor de Jesús, también del sacerdocio común de los fieles”, pero en el sacerdote ministerial es la espiritualidad específica y propia: ser promotores de la “civilización del amor” (Juan Pablo II)

El sacerdote es hombre que se sabe amado gratuita e infinitamente por Dios, amor que le enciende por dentro, que necesariamente anuncia ese amor a los demás, encarnándolo en su vida y obras, de tal forma que los otros pueden ser testigos y partícipes de ese mismo amor de Dios. Con toda razón podemos decir que la misión del sacerdote tiene su fuente en el amor de Dios, Cristo Jesús, que le saca de sí mismo para ir a los otros, aviva la disponibilidad universal, amplia, y hace de su vida una constante revelación del amor divino, de tal modo que, siendo el suyo un mensaje de amor, es el mensaje de Cristo, del Reino, del misterio Pascual. El amor es el que hace pasar de la muerte a la vida (1Jn 3,14), de la condenación a la salvación. (Mt 25,25-34), el amor es el único camino para que el ministerio sacerdotal conecte con el de Jesús y sea hondamente  “eficaz”.

 El Papa Juan Pablo II nos ofrece una meditación preciosa en la PDV sobre la importancia y trascendencia de lo que significa la Caridad Pastoral en la vida del sacerdote, que no consiste solo en planes y acciones externa, sino que “Determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Y resulta particularmente exigente para nosotros” (23). Vivir el amor a imagen de Cristo, es estar dispuesto a dar la vida por quienes amamos, dedicar tiempo, ilusiones, y hasta nuestros propios recursos por el pobre o, simplemente, por el otro. 

Por la ordenación ministerial estamos injertados  en ese tronco que es Cristo que nos marca el verdadero sentido de la Caridad Pastoral y de todo el quehacer  como consagrados para servir a nuestro pueblo. Es por tanto el punto de referencia  de toda espiritualidad sacerdotal.

Hablar de Caridad Pastoral es hablar de amor  o de opción primera, la que marca  toda una vida y toda la vida. “El sacerdote, que recibe la vocación al ministerio, es capaz de hacer de éste una elección de amor, para el cual la Iglesia y las almas constituyen su principal interés y con esta espiritualidad concreta, se hace capaz de amar a la Iglesia universal y a aquella porción de la Iglesia que le ha sido confiada, con toda la entrega de un esposo hacia su esposa” (23) Los otros amores pasan a segundo lugar y tienen razón de ser en éste.

Es principio interior y unificador de las actividades, ya que todo en la vida debe estar ordenado a esa centralidad y nada puede escapar a su acción. La oración, el trabajo, el ministerio tienen que estar alimentados en orden a identificarnos con la fuente de donde brota todo lo nuestro. “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fl. 2,5), orientando todo a su gloria, para que Dios sea glorificado en todo.

 Además, la caridad pastoral del sacerdote le pide y exige de manera particular y específica una relación fraterna con el presbiterio, unido en y con el Obispo, como dice expresamente el Concilio: “La caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros  en vínculo de comunión con los Obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio” (Ibid. 23)

Este estilo de relacionarse con los problemas de los hombres, supone sensibilidad, atención a las realidades que le afligen, no para mirarlas desde fuera sino para vivirlas desde dentro. Un cristiano más entre los cristianos del pueblo o barrio; y al mismo tiempo, diferente, porque siente y vive los acontecimientos con otros ojos. “El sacerdote no es sacerdote para él mismo, sino para los demás. Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el más grande tesoro que el buen Dios pueda conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina.” decía el santo Cura de Ars.

Desde estas orientaciones que nos marca la Carta del Papa quisiera detenerme en algunos aspectos que considero fundamentales para la vivencia de nuestro ministerio en este tiempo de cambio: 

Comunión Diocesana: Todo sacerdote es ordenado para la Iglesia universal, nos debemos al mundo, pues el Reino es más importante que nuestras limitadas miras personales, pero también y muy particularmente nos ordenamos y nos debemos a la jurisdicción eclesiástica a la que pertenece el Presbítero. Por la admisión al Diaconado el candidato se incorpora a una determinada Iglesia local, siendo ésta el lugar al que pertenece y en la que ejercerá su ministerio al servicio del Obispo y de la comunidad de creyentes. La Iglesia local se convierte en mi familia, a la que debo amar, por la que debo trabajar y en la que me siento comprometido, a fin de darle lo mejor de mis facultades y capacidades. Sentir la Iglesia como mi casa por la que me juego y por la que doy lo mejor de mis capacidades. No valen las entregas a medias, y peor aún, aprovecharse de la Iglesia para mi crecimiento personal.

Filiación Apostólica. Filiación nos habla de la relación profunda de padre y de hijo que todo sacerdote debe tener con su Obispo, relación de comunión, de paternidad-filiación, de obediencia, de disponibilidad para llevar adelante la acción evangelizadora de la Diócesis. Al ser el Obispo sucesor de los Apóstoles, el sacerdote se siente también heredero de las riquezas espirituales de la Iglesia universal y se convierte en signo de comunión entre su pueblo al que apacienta, con todo el pueblo de Dios.

El Obispo debe ser Padre, hermano, amigo, compañero, maestro y ejemplo en todo el quehacer de entrega y servicio a la Iglesia pero ayudado por sus sacerdotes, y por el pueblo de Dios.

Fraternidad Presbiteral El sacerdote vive su ministerio en comunión con los otros Presbíteros a modo de Colegio Apostólico, bajo la obediencia y guía del Obispo, “unidos entre sí por el vínculo de la fraternidad y de la oración para fomentar la mutua cooperación” (C 275). Si bien pueden vivir juntos, o formando equipos pastorales, tienen una diferencia con lo que comporta la comunidad religiosa. Llamados a vivir una verdadera comunión presbiteral, en unidad de proyectos, sin miramientos, con respeto, con verdadero amor y amistad entre unos y otros. Creer en el otro y creer que me puede aportar elementos importantes. No estar al acecho del otro o a la defensiva. Decía el P. Pedro Arrupe que “En el momento en que termina el respeto termina la compañía”. 

Comunión Parroquial La Parroquia es el lugar no sólo de residencia, trabajo y pastoreo del Presbítero, se siente enviado por el Obispo para  evangelizar a esa porción del Pueblo de Dios como pastor y guía. Ejercerá las funciones de la “tria munera” de santificar, regir y enseñar en nombre del Obispo y será fiel “administrador de los misterios del Señor en servicio de su pueblo”. El Sacerdote Diocesano “se alimenta  de la doble mesa de la sagrada Escritura y de la Eucaristía” (C 276) Y es en el ejercicio de su ministerio y en la administración de los sacramentos donde el sacerdote diocesano encuentra los elementos propios de su santificación.

Queda mucho por decir y por profundizar. Terminaré con una oración de San Anselmo muy bella que nos estimula en el camino emprendido, la búsqueda  de nuestra identificación con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote y Buen Pastor.

 Oración

¿Dónde te buscaré?

Señor, si no estás aquí ¿dónde te buscaré estando ausente?

Si estás en todas partes, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?

¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego ¿con qué señales, bajo qué rasgos te buscaré? Nunca jamás te vi Señor Dios mío, no conozco tu rostro.

Enséñame a buscarte y muéstrame a quien te busca, porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas.

Deseando te buscaré; te desearé buscando; amando te hallaré y encontrándote te amaré”.                         

 San Anselmo

Pregunta para compartir y enriquecer la meditación desde nuestra propia experiencia, en ambiente de búsqueda, confidencialidad, transparencia y fe, actitudes que deben marcar siempre nuestros encuentros.

  • Qué aspectos deberíamos profundizar más sobre nuestro ministerio sacerdotal para responder a lo que el mundo, la Iglesia y los fieles, esperan de nosotros. Señalar algunas orientaciones.

 

 

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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