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martes 17 septiembre 2019
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Las 4 claves de la Biblia para superar la muerte de un ser querido

aleteia.org. Cuando fallece un ser querido, queda en nosotros un sentimiento de soledad y desconcierto. Al pensar que algún día vamos a experimentar la muerte, también nos llenamos de desasosiego. Muchas preguntas vienen a nuestra mente: ¿Qué pasa con los que mueren? ¿Acaba todo con la muerte? ¿Hay algo nuestro que sobreviva a este desenlace tan dramático? ¿Volveremos a reunirnos con los seres que amamos? ¿Qué relación podemos tener con aquellos que están ausentes físicamente porque han fallecido? 

 Pues bien, la Biblia, que contiene la Palabra de Dios, nos da respuestas esperanzadoras:
 
1. “No todo acaba con la muerte física”
 
Perece nuestro cuerpo, pero nuestra alma, nuestro espíritu, no deja de existir, pues es inmortal.
 
El Eclesiastés nos introduce en este misterio, invitándonos a tener en cuenta “al Creador en los días de la juventud” (Ecl 12, 1), “antes de que regrese el polvo a la tierra de donde vino, y el espíritu regrese a Dios, que lo dio” (Ecl 12, 7).
 
El autor del libro bíblico de la Sabiduría responde al pesimismo de quienes piensan que “vinimos al mundo por obra del azar, y después será como si no hubiéramos existido” (Sb 2, 2a) y a la desesperanza de los que afirman que cuando se apaga la vida, “el cuerpo se convierte en ceniza, y el espíritu se esfuma como aire inconsistente” (Sb 2, 3), recordándonos que “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser” (Sb 2, 23) y dándonos a conocer que “las almas de los justos están en las manos de Dios y ningún tormento las alcanzará” (Sb 3, 1a).
 
Continúa diciéndonos el autor sagrado:
 
“Los necios piensan que los justos están muertos, su final les parece una desgracia, y su salida de entre nosotros, un desastre; pero ellos están en paz” (Sb 3, 2-3).
 
Esto está en plena armonía con lo que nos enseña Jesús en el Nuevo Testamento, cuando nos cuenta la parábola del hombre rico y Lázaro, el pobre (Lc 16, 19-30): “Un día el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (Lc 16, 22). De Lázaro, Abraham, nuestro padre en la fe, nos dice que “él está aquí consolado” (Lc 16, 25c).
 
Resulta muy estimulante la manera en que concluyó la vida de Esteban, el primer mártir cristiano:
 
“Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así: -Señor Jesús, recibe mi espíritu. Luego cayó de rodillas y gritó con voz fuerte: -Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y dicho esto, murió (Hch 7, 59-60).” 
 
Esto armoniza perfectamente con estas palabras del libro del Apocalipsis: 
 
“Cuando el Cordero rompió el quinto sello, vi debajo del altar, con vida, a los degollados por anunciar la palabra de Dios y por haber dado el testimonio debido (Ap 6, 9).”
 
Estos mártires, aunque han muerto por su fidelidad a Cristo, aunque han sido degollados, están debajo del altar, vivos, como bien lo dice el texto sagrado. Por eso, dialogando con los saduceos, Jesús puede afirmar que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él” (Lc 20, 38).
 
Como podemos notar, nuestros familiares y amigos difuntos continúan relacionándose con Dios. Por eso, para un católico, de ninguna manera resultan extrañas estas palabras de san Pablo:
 
“Porque para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. Pero si seguir viviendo en este mundo va a permitir un trabajo provechoso, no sabría qué elegir. Me siento presionado por ambas partes: por una, deseo la muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor (Flp 1, 21-23).”
 
Esto está en armonía con las palabras que dijo Jesús a uno de los malhechores crucificados junto a él:
 
“Jesús le dijo: -Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43).”
Graciela Arandia de Hidalgo



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