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domingo 29 marzo 2020
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La vida religiosa es un don de amor que hemos recibido

En su homilía de la misa que tuvo lugar esta tarde en la Basílica de San Pedro con motivo de la XXIV Jornada Mundial de la Vida Consagrada – que se celebra el 2 de febrero – el Papa Francisco invitó a dar gracias a Dios por este don y a pedir una mirada nueva, que sepa ver la gracia, que sepa buscar al prójimo, que sepa esperar, puesto que de este modo – dijo – “también nuestros ojos verán al Salvador”
 

Ciudad del Vaticano

A las 17.00, en vísperas de la XXIV Jornada Mundial de la Vida Consagrada, el Papa presidió la santa misa con los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. En su homilía Francisco recordó ante todo las palabras de Simeón, que el Evangelio presenta como un hombre sencillo: un “hombre justo y piadoso”, como dice el texto: “Mis ojos han visto a tu Salvador”. Y explicó que de entre todos los hombres que aquel día estaban en el templo, sólo él vio en Jesús al Salvador.

En un niño pequeño y frágil Simeón vio la salvación

De ahí su pregunta: “¿Qué es lo que vio? Un niño, simplemente un niño pequeño y frágil. Pero allí vio la salvación, porque el Espíritu Santo le hizo reconocer en aquel tierno recién nacido ‘al Mesías del Señor’. Tomándolo entre sus brazos percibió, en la fe, que en Él Dios llevaba a cumplimiento sus promesas. Y entonces, Simeón podía irse en paz: había visto la gracia que vale más que la vida, y no esperaba nada más”.

La vida consagrada es esta visión

El Papa les dijo a sus queridos hermanos y hermanas consagrados que también ellos “son hombres y mujeres sencillos que han visto el tesoro que vale más que todas las riquezas del mundo”. Por eso dejaron “cosas preciosas, como los bienes, como formar una familia”. Y ante la pregunta de “¿por qué lo han hecho?”, Francisco afirmó: “Porque se han enamorado de Jesús, han visto todo en Él y, cautivados por su mirada, han dejado lo demás”. La vida consagrada es esta visión.

La vida religiosa es un don de amor

“Es ver lo que es importante en la vida. Es acoger el don del Señor con los brazos abiertos, como hizo Simeón. Eso es lo que ven los ojos de los consagrados: la gracia de Dios que se derrama en sus manos. El consagrado es aquel que cada día se mira y dice: ‘Todo es don, todo es gracia’”

El punto de partida es saber ver la gracia

El Papa también afirmó: “Mis ojos han visto a tu Salvador. Son las palabras que repetimos cada noche en Completas. Con ellas concluimos la jornada diciendo: ‘Señor, mi Salvador eres Tú, mis manos no están vacías, sino llenas de tu gracia’. El punto de partida es saber ver la gracia. Mirar hacia atrás, releer la propia historia y ver el don fiel de Dios: no sólo en los grandes momentos de la vida, sino también en las fragilidades, en las debilidades, en las miserias”.

Además recordó que “el tentador, el diablo insiste precisamente en nuestras miserias, en nuestras manos vacías”. Por esta razón advirtió ante los “pensamientos y sentimientos que nos desorientan”. Y que hacen que se corra “el riesgo de perder la brújula, que es la gratuidad de Dios”.

“Dios siempre nos ama y se nos da, incluso en nuestras miserias. Cuando tenemos la mirada fija en Él, nos abrimos al perdón que nos renueva y somos confirmados por su fidelidad”

Francisco también invitó a preguntarse: “Yo, ¿hacia quién oriento mi mirada: hacia el Señor o hacia mí mismo?”. Sí, porque como explicó: “Quien sabe ver ante todo la gracia de Dios descubre el antídoto contra la desconfianza y la mirada mundana”.

La tentación de tener una mirada mundana

Porque sobre la vida religiosa se cierne esta tentación: tener una mirada mundana. Es la mirada que no ve más la gracia de Dios como protagonista de la vida y va en busca de cualquier sucedáneo: un poco de éxito, un consuelo afectivo, hacer finalmente lo que quiero. Pero la vida consagrada, cuando no gira más en torno a la gracia de Dios, se repliega en el yo. Pierde impulso, se acomoda, se estanca. Y sabemos qué sucede: se reclaman los propios espacios y los propios derechos, uno se deja arrastrar por habladurías y malicias, se irrita por cada pequeña cosa que no funciona y se entonan las letanías del lamento: sobre los hermanos, las hermanas, la comunidad, la Iglesia, la sociedad. No se ve más al Señor en cada cosa, sino sólo al mundo con sus dinámicas, y el corazón se entumece.

“Así uno se vuelve rutinario y pragmático, mientras dentro aumentan la tristeza y la desconfianza, que acaban en resignación. Esto es a lo que lleva la mirada mundana”

Mirada justa sobre la vida

El Papa les dijo a los consagrados que “para tener la mirada justa sobre la vida”, deben pedir “saber ver la gracia que Dios nos da a nosotros, como a Simeón”. Sí, porque “quien tiene la mirada en Jesús aprende a vivir para servir. No espera que comiencen los demás, sino que sale a buscar al prójimo, como Simeón que buscaba a Jesús en el templo”. Y les recordó que en la vida consagrada al prójimo se lo encuentra ante todo “en la propia comunidad”. Por eso “hay que pedir la gracia de saber buscar a Jesús en los hermanos y en las hermanas que hemos recibido”.

Imitar a Jesús con la mirada de la compasión

Hacia el final de su homilía el Santo Padre afirmó que “los religiosos y las religiosas, hombres y mujeres que viven para imitar a Jesús, están llamados a introducir en el mundo su misma mirada, la mirada de la compasión, la mirada que va en busca de los alejados; que no condena, sino que anima, libera, consuela”.

En contacto con el Señor

Para lograr todo esto la sugerencia del Pontífice fue la de mirar al Evangelio y ver a Simeón y Ana, quienes a pesar de ser ancianos y estar solos,  no perdieron la esperanza, gracias a su estar “en contacto con el Señor”.

“Este es el secreto: no apartarse del Señor, fuente de la esperanza. Si no miramos cada día al Señor, si no lo adoramos, nos volvemos ciegos”

El Papa Francisco concluyó su homilía invitando a sus queridos hermanos y hermanas consagrados a dar gracias a Dios por el don de esta vida y pidiendo “una mirada nueva, que sabe ver la gracia, que sabe buscar al prójimo, que sabe esperar. Entonces, también nuestros ojos – les dijo – verán al Salvador”.

Graciela Arandia de Hidalgo



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