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miércoles 16 octubre 2019
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La verdadera riqueza está en ser solidarios y misericordiosos con los más necesitados, dice Mons. Sergio

En su Homilía pronunciada hoy domingo 04 de  agosto en la Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, aseguró que  Somos ricos ante Dios solo de lo que compartimos y regalamos. La verdadera riqueza está en ser solidarios y misericordiosos con los necesitados, los pobres, los que sufren, los abandonados y los descartados de nuestra sociedad, dijo el Prelado.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti

Arzobispo de Santa Cruz – Bolivia

4 de agosto de 2019

Catedral de San Lorenzo Mártir

 

Jesús anuncia el reino de Dios, un tesoro que sobrepasa los bienes materiales

Como acabamos de escuchar, el evangelio hoy nos presenta a Jesús mientras está enseñando a la multitud. De pronto un hombre le dice: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. A ese pedido Jesús no responde directamente, él ha venido a anunciar el reino de Dios, la visión totalmente nueva de la vida y del mundo, el verdadero tesoro que sobrepasa inmensamente a los bienes materiales, al dinero y a los asuntos de herencia.

Cuídese de la riqueza, porque la vida no depende de los bienes materiales que se posee

Sin embargo, Jesús aprovecha la pregunta para llamar la atención de los discípulos y de la gente y pidiendo que se cuiden de las riquezas, porque la vida no depende de lo que se posee: “Cuídense de toda codicia”. Y a continuación  profundiza su mensaje con la parábola de un rico terrateniente muy satisfecho y feliz porque ha tenido una cosecha sobreabundante. Por eso se pone a armar un plan para su futuro: construirá un gran almacén donde guardar su grano, y después descansará sin preocupaciones y gozará a sus anchas de la vida. Sin embargo, mientras está en estos planes Dios le dice: “Insensato, esta misma noche vas a morir!”

Los bienes y riquezas acumulados para sí, no son un valor, son vaciedad de vaciedad

Este hombre es tildado de necio no porque es rico ni porque busca asegurarse un porvenir, sino porque se ha desentendido de Dios, ha acumulado egoisticamente los bienes para sí y ha puesto en ellos toda su seguridad. “Esto es lo que pasa al que acumula riquezas para sí”. En la perspectiva del reino de Dios, las riquezas egoisticamente acumuladas no son un valor, sino, como dice la lectura del Eclesiastés, vaciedad de vaciedad, una neblina matutina que se disipa ni bien sale el sol. Ese propietario insensato ha confiado ciega y totalmente en las riquezas acumuladas y ha muerto solo y abandonado en sus sueños.

Somos administradores temporales de los bienes terrenales. Debemos dejarlos cuando llegue la muerte

La enseñanza es clara: los bienes terrenales son de Dios,  nosotros solamente somos administradores temporales, y por eso, temprano o tarde, lo queramos o no, cuando nos visite la hermana muerte, debemos dejarlos todos. Dios pone también una pregunta cuestionadora: “¿Para quién será lo que has amontonado?” ¿Para quién? Ninguno de nosotros puede asegurarse totalmente quiénes heredarán sus propios bienes, qué utilidad les darán o si los  beneficiarios sabrán cuántos sudores y fatigas han supuesto.

Los legados económicos, cuantiosos o exiguos, solo causan discordias entre hermanos y familiares

Sobran ejemplos de imperios económicos despilfarrados por los herederos o peor aún, de legados, no importa si cuantiosos o exiguos, que han causado discordias, pleitos y divisiones entre hermanos y familias enteras.

El pecado capital es la codicia que acumula bienes y riquezas, considerándolos como la finalidad de la vida, poniendo en ellos la total confianza y disfrutándolos egoisticamente para uno mismo: “Alma mía tienes bienes almacenados para muchos años: descansa, come, bebe y date buena vida”.

Los bienes son ídolos crueles ante los cuales hay que sacrificar familia, amistad, vida, justicia y libertad

En este caso, los bienes ya no son un medio para una vida digna, sino ídolos que suplantan a Dios, ídolos crueles e implacables que crean alienación, muerte y esclavitud. Ante ellos hay que arrodillarse y para ellos hay que sacrificar afectos familiares, amistades, vidas de empobrecidos y renegar de los valores de la justicia y la libertad.

La avaricia de nuestra sociedad de consumo compromete los recursos naturales y la economía sostenible

Al respecto, San Pablo, en plena sintonía con la advertencia de Jesús: “Cuídense de toda codicia”, nos urge a la conversión y a no caer en la avaricia “hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal… y también la avaricia, que es una forma de idolatría”.

Este llamado es muy actual en nuestra sociedad de consumo, que  con la publicidad y el estudio de mercado busca generar nuevas necesidades, comprometiendo seriamente los recursos naturales y la economía sostenible.

Para el consumismo todo es negociable, genera la cultura del descarte que no respeta nada ni a nadie

El consumismo busca transformar todo en objeto de cambio y de consumo, todo es negociable sin ningún freno, como denuncia el Papa Francisco en la encíclica “Laudato si”: “En este mundo intoxicado con el consumismo,… se genera la cultura del descarte que no respeta nada ni a nadie: desde los animales a los seres humanos, e incluso al mismo Dios”.

La vida de un hombre es un don de Dios, no depende de las riquezas

No nos dejemos engañar, porque, como nos dice Jesús, “aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no depende de las riquezas”. La vida es don de Dios, por tanto no está en los bienes ni depende de ellos, sino sólo de Él que nos la ha dado.

Acumular riquezas no es rico a los ojos de Dios, debemos orientar a Dios lo que de él recibimos

El rico de la parábola es insensato porque ha olvidado que los bienes han sido dados para alcanzar la salvación, la verdadera riqueza: “Acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”. Si todo lo que somos y lo que tenemos es don gratuito de Dios, debemos orientar hacia Dios lo que de él hemos recibido y servirnos de ellos para ser ricos ante Dios y gozar de los bienes eternos que nunca perecen.

Nos hace ricos solidarizarnos, con los necesitados, abandonados y descartados de la sociedad

Somos ricos ante Dios solo de lo que compartimos y regalamos. La verdadera riqueza está en ser solidarios y misericordiosos con los necesitados, los pobres, los que sufren, los abandonados y los descartados de nuestra sociedad. Abramos nuestro corazón y echemos nuestra mirada más allá de nuestros horizontes terrenales,  muy limitados como dice San Pablo: “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo… tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra…porque ustedes se despojaron del hombre viejo… y se revistieron del hombre nuevo”, todo esto gracias al bautismo. Es un llamado a buscar los bienes del cielo que no perecen, tener puesto nuestro pensamiento en ellos y vivir la vida nueva en Cristo acorde a nuestra condición de hijos de Dios.

Ni desprecio ni apego a los bienes materiales, debemos servirnos de ellos para vivir una vida digna

Buscar los bienes del cielo implica un cambio radical y tener una actitud evangélica ante los bienes materiales, ni desprecio ni apego, sino servirnos de ellos como simples medios para una vida digna de hijos de Dios y para compartir con los que no tienen lo necesario para vivir.

Buscar los bienes del cielo implica vivir nuestra ciudadanía del mundo desde los valores del Evangelio

Buscar los bienes del cielo tampoco significa escapar de las responsabilidades y tareas de ciudadanos del mundo, por el contrario, es asumirlas y vivirlas desde los auténticos y perennes valores del Evangelio de la equidad y la justicia, poniendo nuestros esfuerzos y talentos al servicio de la construcción de una sociedad fraterna y en paz.

Usemos los bienes materiales pasajeros para adherirnos a los bienes eternos del reino de Dios

Es lo que hemos expresado en la Oración Colecta de la Misa del Domingo anterior, cuando hemos pedido a Dios que acreciente su misericordia sobre nosotros para que, bajo su guía providente, usemos los bienes pasajeros de tal modo que ya desde ahora podamos adherirnos a los eternos, el único y verdadero bien que es Dios y su reino. Busquemos los bienes del cielo pidiendo, juntos al salmista, “que descienda hasta nosotros la bondad del Señor y que el Señor, nuestro Dios, haga prosperar la obra de nuestras manos”. Amén

 

 

 

 

 

 

 

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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