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martes 25 junio 2019
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La Paz de Jesús nos trae relaciones nuevas fundadas sobre el amor, dice Monseñor Sergio

Lo dijo en su homilía dominical desde la Catedral donde clarificó que la Paz que trae Jesús “Es la paz de las relaciones nuevas con Dios y con el prójimo fundadas sobre el amor, la comunión y la fraternidad”, enfatizó que “La paz de Jesús es bien distinta de la paz del mundo, que a menudo es fruto del equilibrio de fuerzas, de la dominación de unos sobre otros, de la violencia y de la guerra”.

Elecciones Generales en Paz y sin guerra sucia, mentiras ni enfrentamientos

El Arzobispo de Santa Cruz señaló que el augurio de Jesús: “Les dejo la paz, les doy mi paz”… en este tiempo de campaña electoral en nuestro País, se vuelve un llamado a todos los ciudadanos y, en particular, a los candidatos y a las distintas denominaciones políticas a dejar a un lado la guerra sucia, las calumnias, las mentiras, los insultos y los enfrentamientos, y a actuar en el mayor respeto mutuo y en un clima democrático, pacífico y acorde a la normativa, que favorezca la decisión libre y consciente de los electores. 

Las madres son forjadoras de paz en el Hogar y en la sociedad

“Les dejo la paz, les doy mi paz”; es el augurio de Jesús que dirijo con afecto a todas las madres en la víspera de su día.  La paz es parte del talante materno; las madres son llamadas a ser forjadoras de paz en su misión de engendrar vida, en ser el alma que une la familia, en sembrar serenidad y esperanza en los ambientes de trabajo y en la sociedad, en cuidar y transmitir los tesoros de las culturas nativas y en dar un testimonio vivo de su fe.

¡Qué este augurio de paz se transforme en el compromiso de toda la sociedad de valorar y defender el don de la maternidad, ante el menosprecio de la cultura consumista y economicista, y ante la violencia ciega de los feminicidios. Por eso, elevemos sobre todo nuestras oraciones a Dios, con ánimo agradecido por el don de nuestras madres, para que las acompañe siempre y las colme con sus bendiciones.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 26 DE MAYO DE 2019

Durante este tiempo pascual, la primera lectura de la liturgia de la Palabra nos ha ido presentando el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se describe el surgir de las primeras comunidades cristianas, integradas por judíos y por hermanos de origen pagano, todos convertidos a Jesucristo.

También nos hacen conocer los primeros pasos misioneros de los discípulos más allá de las fronteras de Israel. Y el texto de hoy nos habla de un problema surgido en la comunidad de Antioquía, una ciudad pagana. En esa Iglesia naciente habían llegado unos cristianos integristas de origen judío que pedían a los paganos, ya convertidos a Cristo, que se hicieran judíos si querían salvarse. Esta enseñanza provocó la fuerte reacción de Pablo y Bernabé que se encontraban en esa ciudad anunciando la Buena Noticia y enseñando que Jesucristo, por su muerte y resurrección, fue elevado por Dios Padre como el único Señor y salvador de toda la humanidad, por tanto de judíos y paganos sin distinción alguna.

Ese dilema amenazaba con desvirtuar el misterio de la salvación y ponía interrogantes fundamentales: ¿la salvación provenía de la observancia de la ley de Moisés o de la fe en Jesucristo?  ¿Había que integrarse en el pueblo de Israel o en la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios? ¿La comunidad cristiana debía reducirse a un grupo nacionalista o convertirse en Iglesia universal?

Para solucionar definitivamente esa grave controversia, la comunidad decidió que Pablo y Bernabé con algunos de los otros, fueron a ver a los apóstoles y ancianos a Jerusalén para tratar esta cuestión. Allá, los apóstoles reunieron en asamblea toda la comunidad en clima de oración y corresponsabilidad fraterna. Pablo y Bernabé expusieron el problema y después de una larga discusión con la participación de todos se llegó  a la decisión de que no hacía falta hacerse judíos para ser cristianos. Esta disposición fue plasmada en una carta, la primera carta apostólica que inicia con una clara expresión de la libertad en Cristo: “El Espíritu Santo y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables”.

En estas palabras, “El Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido” resalta la clara conciencia que la primera comunidad cristiana tenía de la presencia y actuación del Espíritu Santo en su vida. Esa experiencia de la comunidad toda unida en la oración, asistida por el Espíritu Santo y bajo la guía de los apóstoles, se volvió en la Iglesia, hasta el día de hoy, el modelo de una comunidad participativa y misionera, donde sus miembros se sienten parte activa y caminan juntos como un solo pueblo de Dios. Por eso, se ha denominado a ese evento como el “Concilio de Jerusalén”, el primero de la Iglesia naciente.

La presencia y actuación del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, es el cumplimiento de la promesa de Jesús a los apóstoles en la última cena, como proclamado el evangelio de hoy: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho”. Gracias a Cristo Resucitado, el Padre ha enviado sobre la comunidad creyente el don del Espíritu Santo, “el Paráclito”, es decir “el Consolador, el defensor”.

“Él les enseñará todo”. Es el Espíritu que nos hace comprender el sentido verdadero y pleno de las enseñanzas de Jesús y que acompaña y asiste el caminar de la Iglesia a lo largo de la historia.

Su presencia anima, guía y fortalece a los cristianos y a la Iglesia para que sean fieles en el seguimiento a Jesús, a dar testimonio de la vida nueva y a anunciar el Evangelio con valentía y alegría en todo el mundo.

La 2a lectura del libro de Apocalipsis nos habla también de la presencia iluminadora del Espíritu Santo, con la imagen hermosa de la nueva Jerusalén que desciende del cielo en medio del resplandor. Es la figura de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, que ya no necesita la luz del sol, porque brilla de la luz  del Espíritu Santo y de Jesucristo, la lámpara que la guía en su misión en la historia de la humanidad.

El Espíritu Santo no solo nos ayuda a comprender la palabra de Jesús, sino también a cumplirla: “El que me ama será fiel a mi palabra”. El Espíritu Santo es aquel que nos mueve a obedecer y cumplir fielmente la palabra de Dios y a amarlo, pero sobre todo a dejarnos amar por Él y permitir que Él venga a habitar en nosotros, en nuestra vida.

“Iremos a él y habitaremos en él”. Esta afirmación de Jesús nos sorprende y nos llena de alegría y esperanza: la morada de Dios ya nos es un templo, un santuario o un espacio físico. Desde la resurrección de Jesús, la morada de Dios es cada comunidad y cada discípulo que cree en Dios, que lo ama, lo escucha, lo acoge y que elige su palabra como norma de vida.

Al don del Espíritu Santo Jesús añade también el don de su paz: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”. Jesús nos está entregando su paz: la paz es de ustedes y está en ustedes. Su paz es plenitud de los bienes y de las bendiciones de Dios y alegría por su presencia permanente en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Es la paz de las relaciones nuevas con Dios y con el prójimo fundadas sobre el amor, la comunión y la fraternidad. “Mi paz no es como la del mundo”. La paz de Jesús es bien distinta de la paz del mundo, que a menudo es fruto del equilibrio de fuerzas, de la dominación de unos sobre otros, de la violencia y de la guerra.

“Les dejo la paz, les doy mi paz”. Este augurio de Jesús, en este tiempo de campaña electoral en nuestro País, se vuelve un llamado a todos los ciudadanos y, en particular, a los candidatos y a las distintas denominaciones políticas a dejar a un lado la guerra sucia, las calumnias, las mentiras, los insultos y los enfrentamientos, y a actuar en el mayor respeto mutuo y en un clima democrático, pacífico y acorde a la normativa, que favorezca la decisión libre y consciente de los electores. 

“Les dejo la paz, les doy mi paz”; es el augurio de Jesús que dirijo con afecto a todas las madres en la víspera de su día.  La paz es parte del talante materno; las madres son llamadas a ser forjadoras de paz en su misión de engendrar vida, en ser el alma que une la familia, en sembrar serenidad y esperanza en los ambientes de trabajo y en la sociedad, en cuidar y transmitir los tesoros de las culturas nativas y en dar un testimonio vivo de su fe. ¡Qué este augurio de paz se transforme en el compromiso de toda la sociedad de valorar y defender el don de la maternidad, ante el menosprecio de la cultura consumista y economicista, y ante la violencia ciega de los feminicidios. Por eso, elevemos sobre todo nuestras oraciones a Dios, con ánimo agradecido por el don de nuestras madres, para que las acompañe siempre y las colme con sus bendiciones. Amén.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.

Erwin Bazán Gutiérrez



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