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viernes 24 enero 2020
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La familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado, dice Arzobispo

Campanas. La  vocación de la familia es  ser signo visible del amor de Dios a la humanidad

Desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, hoy domingo 29 de diciembre de 2019, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, aseguró que la familia cristiana está llamada a ser una pequeña Iglesia doméstica donde los padres se convierten en los primeros maestros de vida y primeros testigos de la fe para sus hijos

Así mismo manifestó la preocupación de la Iglesia por la salvaguarda de la institución familiar tiene que ser compartida por toda la sociedad, en cuanto la familia es su célula primera y vital, como afirma también la Declaración Universal de los Derechos Humanos. «La familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado», porque es “expresión de la ley natural y universal presente en la mente y el corazón de todos los seres humanos“.

En cuanto fundamento de la sociedad la familia tiene la misión prioritaria e ineludible de ser la primera educadora y formadora de los hijos en las virtudes humanas y sociales. Dijo el Prelado.

El prelado nos exhortó a   imitar a la familia de Nazareth, la familia cristiana está llamada a ser una pequeña Iglesia doméstica donde los padres se convierten en los primeros maestros de vida y primeros testigos de la fe para sus hijos. En esta desafiante tarea, la familia no está sola, la Iglesia, la familia más grande la ayuda y acompaña.

Si la familia está en peligro, también peligra la sociedad. Al respecto, tendríamos que hacer un sincero acto de conciencia y preguntarnos si tantos problemas que vivimos en nuestro país, como la falta de valores éticos y morales, el abandono de tantos niños y jóvenes en situación de calle, la  violencia al interior y exterior del hogar, las violaciones y trata de personas, en especial de menores, la corrupción generalizada y la extensa red del narcotráfico no se deben prioritariamente a la disgregación de nuestras familias, expresó el Arzobispo.

Así mismo Mons. Sergio nos invitó a poner a la familia como base firme de nuestra sociedad, hogar cimentado sobre el «sí» responsable y definitivo de un hombre y de una mujer unidos en matrimonio.

Al finalizar su homilía, el Arzobispo de Santa Cruz, dijo que es urgente que el Estado, y las instituciones civiles, sociales, educativas, religiosas y medios de comunicación social, asumamos la responsabilidad de defender a la familia, de hacer conocer sus esperanzas y derechos, a fin de que pueda cumplir con su función insustituible de ser la Iglesia domestica, de velar por la vida y de promover el bienestar de las personas y la convivencia pacífica en la sociedad, concluyó.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

29/12/2020

Es muy significativo que este domingo que sigue a la Navidad nuestra Iglesia celebre la fiesta de la Sagrada Familia, la familia de Jesús, María y José. El hecho de que el Hijo de Dios al tomar nuestra naturaleza humana, quiso contar con una familia, con una madre y un padre terrenales, es la reafirmación de que la familia es parte fundamental del proyecto inicial de Dios que quiere que todo ser humano llegue a este mundo en el seno de una familia estable y fundada sobre el matrimonio.

A la familia de Jesús, le llamamos “Sagrada o Santa” porque ha  sido constituida por voluntad de Dios, está dedicada totalmente a Él y se rige en todo por sus preceptos. José y María, son personas creyentes que participan de la comunidad religiosa judía y cumplen los mandatos de la ley. Ellos, desde la primera presentación del niño Jesús en el templo de Jerusalén, se encargan de su educación humana y religiosa, lo introducen progresivamente a la vida de la comunidad y lo ponen en el camino de su vocación. Con María y José Jesús “creció en sabiduría, estatura y en gracia” y así la familia de Nazareth, se ha vuelto modelo de cada familia cristiana, ejemplo de amor y paz.

Imitando a la familia de Nazareth, la familia cristiana está llamada a ser una pequeña Iglesia doméstica donde los padres se convierten en los primeros maestros de vida y primeros testigos de la fe para sus hijos. En esta desafiante tarea, la familia no está sola, la Iglesia, la familia más grande la ayuda y acompaña. Allí los hijos, participando de la vida de la comunidad y acercándose a la palabra de Dios y a los sacramentos de la gracia, aprenden a conocer más en profundidad a Dios y a vivir como buenos cristianos.

La participación de la familia en la vida de la comunidad se vuelve siempre más necesaria hoy por la crisis y los males que afectan la integridad e identidad de la  familia y del matrimonio, como la incomunicación, la infidelidad, las divisiones y divorcios. Esta situación es debida principalmente a la cultura dominante, marcada por la concepción individualista, relativista y hedonista de la vida que desconoce el valor de la alianza matrimonial de por vida y que propone modelos de familia totalmente ajenos al plan originario de Dios y a nuestras culturas ancestrales.  

De aquí que, para toda familia cristiana se vuelve un imperativo urgente hacerse ayudar por la comunidad en vivir fielmente su vocación. Al mismo tiempo la comunidad está llamada a presentar las razones y las motivaciones que impulsen a las jóvenes generaciones a conocer el valor del sacramento del matrimonio y a optar por el.

Este sacramento colma de la gracia de Dios y santifica la alianza de amor mutuo y exclusivo de la pareja, varón y mujer, que brota de una opción libre, consciente, única y fiel. Con el sacramento del matrimonio, los esposos reciben la gracia de vivir un amor de comunión que se abre a la vida y que se expresa en gestos concretos de mutua ayuda, compasión, misericordia y perdón, a imagen del amor de Dios para con la humanidad y del amor de Jesús hacia la Iglesia.

La preocupación de la Iglesia por la salvaguarda de la institución familiar tiene que ser compartida por toda la sociedad, en cuanto la familia es su célula primera y vital, como afirma también la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  «La familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado», porque es “expresión de la ley natural y universal presente en la mente y el corazón de todos los seres humanos“.

Por tanto, los derechos inherentes a la familia son la manifestación de la ley natural y universal presente en la mente y el corazón de todos los seres humanos. En cuanto fundamento de la sociedad la familia tiene la misión prioritaria e ineludible de ser la primera educadora y formadora de los hijos en las virtudes humanas y sociales. En efecto, en la vida familiar sana, sus miembros experimentan todos los ingredientes fundamentales para su desarrollo humano integral y para una convivencia armónica y pacífica.

Cuando se afirma que la familia es «la célula primera y vital de la sociedad», se dice algo esencial acerca de su función social. En ella se aprende a practicar la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, a reconocer la función de la autoridad a cargo de los padres, a experimentar el servicio afectuoso a los miembros más débiles, los pequeños, los ancianos o los enfermos, a ayudarse mutuamente en las necesidades de la vida, y a ser disponibles para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo.

De la misma manera la familia forma a las personas para que sean ciudadanos libres y responsables, educa a vivir bajo una ley común, capacita a interrelacionarse en base a los valores humanos de la igualdad, el respeto recíproco y la solidaridad, ofrece la experiencia del bien común, favorece la convivencia, impide el individualismo y permite tener experiencias determinantes de paz.

La sociedad no puede prescindir de los servicios que le brinda la familia legalmente constituida. Nadie, ni siquiera el Estado, puede arrebatar esta potestad a la familia porque estaría vulnerando gravemente su libertad y sus derechos originarios y connaturales. Más bien, el Estado tiene la obligación de priorizar la política familiar con medidas concretas y responder a las necesidades de la familia: la vivienda, el trabajo, la educación y la asistencia sanitaria accesible a todos, entre otras.

Si la familia está en peligro, también peligra la sociedad. Al respecto, tendríamos que hacer un sincero acto de conciencia y preguntarnos si tantos problemas que vivimos en nuestro país, como la falta de valores éticos y morales, el abandono de tantos niños y jóvenes en situación de calle, la  violencia al interior y exterior del hogar, las violaciones y trata de personas, en especial de menores, la corrupción generalizada y la extensa red del narcotráfico no se deben prioritariamente a la disgregación de nuestras familias.

El testimonio de la Sagrada Familia nos apremia a que se ponga a la familia como base firme de nuestra sociedad, hogar cimentado sobre el «sí» responsable y definitivo de un hombre y de una mujer unidos en matrimonio. No hay que dudar en reconocer que la familia es el eslabón básico de la común familia humana, donde todos, como hermanos y hermanas recorremos un mismo camino hacia la paz verdadera y duradera.

Por eso es urgente que el Estado, y las instituciones civiles, sociales, educativas, religiosas y medios de comunicación social, asumamos la responsabilidad de defender a la familia, de hacer conocer sus esperanzas y derechos, a fin de que pueda cumplir con su función insustituible de ser la Iglesia domestica, de velar por la vida y de promover el bienestar de las personas y la convivencia pacífica en la sociedad. Con las palabras del salmo expresemos nuestra gratitud al Señor por el tesoro de la familia y pidámosle que la ayude a cumplir su vocación de ser signo visible del amor de Dios a la humanidad: “Felices los que temen al Señor y siguen sus caminos”. Amén

 

OFICINA DE PRENSA DE LA ARQUIDIÓCESIS DE SANTA CRUZ

Graciela Arandia de Hidalgo



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