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domingo 21 julio 2019
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La Cuaresma es un tiempo de conversión y de abrirnos al amor de Dios para practicar la justicia, dice Monseñor Sergio Gualberti

Desde la Catedral Metropolitana, el Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti, hizo un llamado al pueblo Católico a comenzar la cuaresma con el propósito de la “conversión” y de abrirse al amor de Dios para practicar la justicia. El Prelado hizo notar que la conversión requiere de humildad para reconocer nuestros errores y abrirnos al amor y al perdón de Dios… Mira su homilía aquí.

Homilía Completa de Mons. Sergio Gualberti, Miércoles de Ceniza

Con el miércoles de ceniza iniciamos el tiempo litúrgico de la cuaresma, itinerario de preparación a la Pascua, misterio central de nuestra salvación. Es la peregrinación interior hacia Dios, un camino en el que Dios mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa del Resucitado.

Es tiempo de experiencia personal auténtica y profunda de Dios, fuente de la misericordia.  Llamados a liberarnos de nuestras injusticias y reconciliarnos con Dios  y los hermanos, como nos exhorta Pablo en la 2ª Lectura: “Les suplicamos en nombre de Dios, déjense reconciliar con Dios… este es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación”. Salvación que nos trae Jesucristo: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).

Justicia en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo”, lo que debería permitir a todos de poder vivir una existencia en paz y serenidad. Sin embargo, para gozar de una existencia digna y en plenitud, hace falta más que el pan de cada día y los bienes materiales, necesitamos el amor que sólo Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarnos gratuitamente.

Hace falta liberarnos de la injusticia que se anida en nosotros, como nos dice Jesús: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle;… lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (MC 7, 15. 20-21)

Muchas de las ideologías modernas piensan que la injusticia viene “de fuera”, por eso, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra la semilla de una misteriosa presencia del mal.

En nuestro corazón sentimos la extraña fuerza del egoísmo que nos encierra en nosotros mismos, que nos mueve a imponernos por encima de los demás y contra ellos.

¿Cómo podemos librarnos del egoísmo, consecuencia de la culpa original, y abrirnos al amor? Por «La justicia de Dios que se ha manifestado por la fe en Jesucristo».

En la Biblia Justicia  significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad de Dios; por otra, equidad con el prójimo, en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda. Pero estos dos significados están relacionados, porque dar al pobre, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo.

Por lo tanto, para entrar en la justicia de Dios es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario una salida de nosotros, un “éxodo” muy profundo. Tenemos que aprovechar este tiempo de cuaresma para entrar en la justicia de Cristo, la justicia que viene de la gracia y de su amor, donde no somos nosotros que nos curamos a nosotros mismos y a los demás.

La justicia divina, profundamente distinta de la nuestra, es fruto del amor de Dios que nos ha entregado a su Hijo en la Cruz. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia, de que nosotros podemos salvarnos por cuenta nuestra, para descubrir y aceptar la propia miseria y necesidad, necesidad de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

Para dar este paso hace falta humildad para aceptar que tenemos necesidad de Jesucristo que nos libere de nuestro egoísmo y nos de gratuitamente su amor. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, vivámoslos con más intensidad en esta cuaresma. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor, amor que es más de lo que podemos esperar e imaginar.

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, por haber experimentado el amor liberador de Cristo, nosotros nos vemos impulsados a trabajar a la formación de una sociedad justa, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de personas y donde la justicia sea impregnada por el amor y la misericordia.

Queridos hermanos y hermanas, el camino de la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad y amor, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos nosotros un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia, para que tengamos vida y vida plena en su amor. Amén

Oficina de Prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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