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viernes 22 noviembre 2019
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Intervención de Mons. Robert Flock, Obispo de la Diócesis de San Ignacio de Velasco, Bolivia en el Sínodo Amazónico

Infodecom.net. (texto integral entregado a infodecom para su difusión) . Con referencia principal a los números 77 y 129, del Instrumentum Laboris

Al igual que la Amazonía, la Iglesia es un complejo ecosistema con una biodiversidad espiritual maravillosa manifestada en sus variadas comunidades, expresiones culturales, formas de vida consagrada, ministerios, etc. Aun reconociendo la presencia y acción del Espíritu Santo, podemos observar que la Iglesia sufre daños y desequilibrios ambientales.

Como el magnífico jaguar enfrenta extinción por la destrucción de su hábitat, el ecosistema eclesial ya no logra suscitar y sostener suficientes vocaciones sacerdotales y religiosas.

Hay una especie de deforestación de la cultura católica; contaminación de los valores culturales, con incendios e inundaciones anti cristianos. Es una crisis de evangelización que agudiza todas las angustias de la Amazonía.

Un aspecto de la “ecología eclesial” que nunca llegó a consolidarse es el Santo Matrimonio, realidad que no fue analizada en Medellín, Puebla, Santo Domingo, tampoco Aparecida. Pues la gran mayoría de las parejas en América Latina no se animan a casarse por la Iglesia, incluso en mi Diócesis, heredera de las exitosas misiones Jesuíticas de Chiquitos, hoy comunidades católicas de fe viva e inculturada.

Aunque ordenáramos a viri probati para el munus santificandi en las zonas remotas, los adultos generalmente no podrán comulgar por permanecer concubinados.

Detrás de esta situación hay una catequesis deficiente. La gente cree: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Mc 10,9; Mt 19,6); entonces no celebra el Sacramento, para evitar un compromiso que no confía cumplir.

¿Acaso esta enseñanza de Jesús no vale para los concubinados? Pues Adán y Eva fueron unidos por Dios, pero no casados por la Iglesia. Con este principio, Jesús defiende, como parte de la ecología integral de la Creación, la dignidad del varón y de la mujer, que no son desechables, especialmente en su intimidad sexual. Es con su muerte y resurrección, que Jesús eleva el Matrimonio a la dignidad del Sacramento.

El Sacramento ofrece algo más que indisolubilidad, algo que no hemos anunciado a nuestros pueblos: el Matrimonio es la integración de la sexualidad conjugal y de la vida familiar en el Misterio Pascual. Esto tenemos que profundizar y proclamar.

No quiero imponer el Matrimonio a gente que no lo quiere celebrar, sino ayudar a las parejas a encontrar en el Matrimonio sacramental la Buena Nueva, en vez de una carga pesada. Creo que esto contribuirá a sanear nuestro ecosistema eclesial, a promover una ecología integral y a suscitar las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales que necesita el pueblo de Dios.

 
Graciela Arandia de Hidalgo



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