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viernes 19 abril 2019
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Inicia la Semana y Monseñor Sergio pide solidarizarnos con Cristo crucificado optando por el perdón en nuestras relaciones.

La semana Santa inició este domingo de ramos con el llamado de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, a solidarizarnos con el Crucificado y cargar con la cruz optando por la misericordia, el perdón y la reconciliación, desterrando el odio, el rencor y la venganza en nuestras relaciones humanas.

Acompañado de los Obispos Auxiliares y de los Sacerdotes de las Parroquias del casco viejo de Santa Cruz, ante una multitud de fieles que abarrotaron la plaza principal 24 de septiembre, frente al atrio de la Catedral Metropolitana, el Prelado aseguró que “Amor y Misericordia” son las palabras que sobresalen en los eventos narrados durante los días de semana Santa y por eso pidió responder a este amor dando un paso decisivo: “reconociendo nuestras propias culpas… dejando de lado todo lo que nos aleja de él, salir de nuestro egoísmo e intereses y cambiar de vida”.

La multitud acudió con mucha fe y con palmas que  fueron bendecidas durante la celebración. Las celebraciones de esta semana Santa continúan este martes 16 de abril con la “misa crismal” a las 19:00 horas en la Catedral Metropolitana. 

Jesús es rey con el poder del amor

En relación a la entrada de Jesús en Jerusalén, aseguró que el Mesías “es acogido como rey, y es rey, pero no con el poder y opulencia de los grandes del mundo, sino con el poder del amor, el único que vence al mal y que salva”.

La causa profunda de la muerte de Jesús es el amor y la misericordia de Dios para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte.

Señaló que más allá de las causas históricas por las que apresan y dan muerte a Jesús “el motivo profundo es otro: el amor y la misericordia de Dios, que no ha reparado en entregar a su Hijo al mundo con tal de liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte…”.

“Ante el misterio entrañable del Hijo de Dios que se entrega a la muerte para que nosotros tengamos vida, es necesario que hagamos callar en nuestro interior tantas distracciones y preocupaciones y así mirar nuestra existencia y la del mundo que nos rodea y ver cuánto efectivamente Él está presente en ella y cuánto cuenta en nuestro caminar de cada día. Solo desde esta mirada de fe podemos descubrir cuán lejos estamos de Jesús Crucificado, cuántas actitudes de soberbia y autosuficiencia, cuántas desobediencias, debilidades y pecados contradicen nuestra vivencia de cristianos. Y solo desde esta mirada de fe podemos valorar cuán grande es el amor de Jesús para con nosotros, siempre presto a derramar con abundancia su misericordia y a establecer una relación de amor con cada uno de nosotros, cumpliendo el plan de salvación del Padre”.

Demos el paso decisivo: reconocer nuestra culpa, salir de nuestro egoísmo e intereses y cambiar de vida

El Prelado insistió en que para responder al amor y la misericordia de Dios “falta dar un paso decisivo siguiendo el ejemplo del buen ladrón: reconocer nuestra propia culpa, no quedarnos indiferentes ante el Crucificado, la víctima inocente y profesar nuestra fe en Él como nuestro único Señor, dispuestos a cargar la cruz junto a él. Esto implica dejar todo lo que nos aleja de él, salir de nuestro egoísmo e intereses y cambiar de vida”.

Por eso pidió solidarizarnos con el Crucificado y cargar con la cruz y explicó que esto significa:

  • Optar en nuestras relaciones humanas por la misericordia, el perdón, la reconciliación, desterrando el odio, el rencor y la venganza.
  • Optar por los pobres, los abandonados y los marginados, testimoniando con nuestra vida el Evangelio del amor, la justicia, la libertad y la paz.
  • Es salir a anunciar la Buena Noticia de la salvación a los que se han alejado de la Iglesia y a los que no conocen al Señor, y estar dispuestos a aceptar las incomprensiones, las burlas y hasta las persecuciones.

HOMILÍA COMPLETA:

S.E. MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

DOMINGO DE RAMOS, 14 DE ABRIL DE 2019

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR (CATEDRAL).

Iniciamos con esta celebración la “Semana Santa”, “Santa” porque Jesús, por el misterio de la redención, nos abre el camino a la santidad, vocación de todo bautizado. Amor y Misericordia son las palabras que sobresalen en los eventos que se suceden de manera rápida y traumática en estos días y que culminan la muerte violenta de Jesús.

Y sin embargo, el ambiente de la entrada de Jesús en Jerusalén es de fiesta y de alabanza a Dios, así lo viven sus discípulos, la gente humilde y los peregrinos que lo acompañan. Con la bendición de los ramos y la procesión, nosotros hemos compartido la alegría de esa gente y hemos gritado: “bendito el rey que viene en el nombre del Señor”, pero también, con la proclamación de la Pasión, nos hemos sumergido en los trágicos eventos de la pasión y muerte de Jesús, la expresión más sublime del amor de Dios por la humanidad.

A pesar de la aparente contradicción, hay mucha relación entre los dos eventos: Jesús es acogido como rey, y es rey, pero no con el poder y opulencia de los grandes del mundo, sino con el poder del amor, el único que vence al mal y que salva. El entra como rey inocente, justo y pacífico sin resistir a la violencia de los que lo ultrajan.

Las autoridades religiosas y políticas no participan de la fiesta del pueblo, no reconocen en Jesús el enviado de Dios porque actúa distinto de su ideal de Mesías, lo critican porque está con los pecadores y marginados y lo envidian porque la gente lo alaba y lo sigue. Pero, sobre todo, esos poderosos están embravecidos con Jesús porque él ha denunciado públicamente sus abusos y atropellos en contra del pueblo sencillo y humilde, sirviéndose incluso de la religión y del culto del Templo de Jerusalén para mantenerse en el poder y para enriquecerse. Por eso han decidido condenarlo a muerte.

Y el lugar donde acontece esta escena de la entrada de Jesús a Jerusalén es significativo de esa confrontación. Él se encuentra en el monte de los Olivos que está enfrente al templo, en nombre del cual las autoridades  ejercen su poder perverso, poder que Jesús, como Mesías justo e inocente, quiere vencer con la fuerza de la humildad y del amor.

Enseguida después de esta escena, el evangelista Lucas nos presenta un momento muy intenso de la entrada de Jesús: “Cuando Jesús… vio la ciudad, lloró por ella, diciendo “¡Si conocieras hoy lo que te trae la paz, pero ya está oculto a tu mirada!”. Jesús se conmueve y llora no por sí mismo, sino por Jerusalén y sus habitantes porque ellos mismos se están condenando a la perdición, porque no lo han acogido como Mesías, ni lo han valorado como enviado de Dios que viene a traer la salvación.

El rechazo y la condena a muerte de Jesús propiciados por las autoridades del pueblo judío, es la causa histórica de la crucifixión, pero el motivo profundo es otro: el amor y la misericordia de Dios, que no ha reparado en entregar a su Hijo al mundo con tal de liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. En este entendido, el pecado y el mal del mundo han causado la muerte de Jesús y los poderes religiosos y políticos lo han ejecutado.

En los días siguientes a la entrada en Jerusalén, la situación de Jesús precipita. Los discípulos, ante la reacción hostil de las autoridades, poco a poco lo van abandonando, al punto que, al momento de su detención todos huyen y Pedro, que lo sigue desde lejos, lo niega cobardemente. Es esa soledad abrumadora que se manifiesta con todo su peso en el calvario.

Jesús en la cruz, rodeado por los enemigos que lo insultan, torturan y ejecutan, es acompañado solo por su madre, algunas mujeres y Juan, el discípulo amado, testigos angustiados y silenciosos de sus sufrimientos. Sin embargo, aún en ese momento álgido, Jesús acoge el pedido del ladrón arrepentido que lo reconoce como víctima inocente de la injustica humana y que le pide recordarse de él: “Yo te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Esa soledad extrema se vuelve el grito último de Jesús hacia el único en quien pone toda su confianza:” Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”, y expiró. En ese preciso momento un pagano, el oficial romano encargado de darle muerte, reconoce públicamente que Jesús es inocente: “¡Verdaderamente este hombre era justo!”

En todas esas terribles horas de su pasión, desde el Getsemaní hasta la cruz, Jesús no actúa como víctima resignada e impotente, sino siempre como protagonista que enfrenta libremente y por amor el sufrimiento y la muerte.  Él es bien consciente que la pasión es el paso a dar para  cumplir la misión confiada por el Padre: salvar a la humanidad haciéndose hombre, e identificándose en todo, menos en el pecado, con la naturaleza humana, sus límites, debilidades y su condición mortal.

Ante el misterio entrañable del Hijo de Dios que se entrega a la muerte para que nosotros tengamos vida, es necesario que hagamos callar en nuestro interior tantas distracciones y preocupaciones y así mirar nuestra existencia y la del mundo que nos rodea y ver cuánto efectivamente Él está presente en ella y cuánto cuenta en nuestro caminar de cada día. Solo desde esta mirada de fe podemos descubrir cuán lejos estamos de Jesús Crucificado, cuántas actitudes de soberbia y autosuficiencia, cuántas desobediencias, debilidades y pecados contradicen nuestra vivencia de cristianos. Y solo desde esta mirada de fe podemos valorar cuán grande es el amor de Jesús para con nosotros, siempre presto a derramar con abundancia su misericordia y a establecer una relación de amor con cada uno de nosotros, cumpliendo el plan de salvación del Padre.

Para eso, hace falta dar un paso decisivo siguiendo el ejemplo del buen ladrón: reconocer nuestra propia culpa, no quedarnos indiferentes ante el Crucificado, la víctima inocente y profesar nuestra fe en Él como nuestro único Señor, dispuestos a cargar la cruz junto a él. Esto implica dejar todo lo que nos aleja de él, salir de nuestro egoísmo e intereses y cambiar de vida.

Solidarizarnos con el Crucificado y cargar con la cruz es optar, en nuestras relaciones humanas, por la misericordia, el perdón, la reconciliación, desterrando el odio, el rencor y la venganza. Solidarizarnos con el Crucificado y cargar con la cruz es optar por los pobres, los abandonados y los marginados, testimoniando con nuestra vida el Evangelio del amor, la justicia, la libertad y la paz.

Solidarizarnos con el Crucificado y cargar con la cruz, es salir a anunciar la Buena Noticia de la salvación a los que se han alejado de la Iglesia y a los que no conocen al Señor, y estar dispuestos a aceptar las incomprensiones, las burlas y hasta las persecuciones.

Es una tarea ardua y comprometedora, por eso, con las palabras del Salmo que hemos proclamado, pidamos con humildad al Dios que nos haga experimentar su cercanía y nos de la fortaleza necesaria para ser discípulos fieles de su Hijo Jesús y de su misión en toda nuestra vida: “Pero Tú, Señor, no te quedes lejos; Tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme”. Amén.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.

Erwin Bazán Gutiérrez



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