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sábado 4 abril 2020
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Iglesia pide que “No seamos indiferentes ante tantos casos de feminicidios e infanticidios que suceden en nuestro País”

Campanas. Nos toca a todos actuar con urgencia y extremar esfuerzos para prevenir estos delitos y formar las consciencias de las personas al respeto sagrado de toda vida humana, Monseñor Sergio Gualberti.

Este 5 de enero, primer domingo del año 2020, desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir  – Catedral el Arzobispo de Santa Cruz, nos exhortó a que no seamos indiferentes ante tantos  casos de feminicidios e infanticidios que suceden diario en nuestro País.

Así mismo dijo que es una tarea urgente y necesaria  en nuestro país, ante un vacío patente de los valores humanos de la convivencia humana y pacífica, y ante el desconocimiento del valor de la vida humana, que se manifiesta en tantos casos de trata y tráfico de personas, feminicidios e infanticidios.

Ya en estos primeros días del año ha causado conmoción y profundo dolor el horrendo crimen de un padre que ha quitado la vida a sus cuatro niños, dejando gravemente herida a su esposa. Elevamos nuestras oraciones al Dios de la Vida por esas víctimas y para que semejante tragedia no vuelva a repetirse nunca más en nuestro país, dijo el Arzobispo.

Así mismo el prelado afirmó que este problema es de toda la sociedad, por eso nadie puede quedar indiferente. Nos toca a todos actuar con urgencia y extremar esfuerzos para prevenir estos delitos y formar las consciencias de las personas al respeto sagrado de toda vida humana.

También Monseñor afirmó que  en esta tarea está llamada a ejercer un rol fundamental la educación, para que se ocupe prioritariamente en formar a  los jóvenes y los niños a los auténticos valores humanos y virtudes cristianas. En las escuelas y colegios hay que proponer con claridad la Buena Noticia de Jesucristo, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, para que nosotros vivamos como verdaderos hijos de Dios, como hermanos que se respetan y que se aman.

Ser hijos de Dios por tanto, es ser plenamente humanos, como nos dicen las maravillosas palabras que nos ha dejado San Agustín: “Dios se humaniza, para hacernos a nosotros divinos”, dijo el Prelado

Monseñor aseguró que Ser hijos de Dios es un tesoro que debemos valorar y por el que debemos sentirnos inmensamente agradecidos. Gratitud que nos compromete  a una vida de fe profunda y a una esperanza viva que nos muevan a actuar, en todo lugar y momento, conforme a la dignidad de hijos de Dios.

Nos dejamos llevar por un mundo indiferente a lo sobrenatural y que prescinde de Dios y fabricado según sus gustos y caprichos, el mundo de los ídolos de la soberbia, el  orgullo, la autosuficiencia, el placer, el poder y la fama. La mundanización es rechazar a Dios y a la luz para optar por las tinieblas, cerrando las puertas a Dios como la cerraron a Jesús en Belén: “no había lugar para ellos en la posada”, pide  el Arzobispo.

También Monseñor dijo que los cristianos estamos ante el gran reto de devolver el derecho de ciudadanía a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre para el bien de toda la humanidad, porque su presencia tiene una importancia trascendental en la construcción de un mundo más humano y fraterno.

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

05/01/2020

La liturgia de la Palabra de este 2do domingo de Navidad, pasadas las distracciones de los regalos y del comercio, nos ofrece la oportunidad para profundizar el misterio de la encarnación en nuestra vida cristiana.

El libro del Eclesiástico, nos introduce a esta reflexión presentando la obra de la Sabiduría divina y eterna a lo largo de toda la historia del pueblo Israel, camino de preparación a su venida definitiva en medio de la humanidad. Esto aconteció cuando la Sabiduría divina, el mismo Hijo de Dios, asumió nuestra condición humana al hacerse uno de nosotros.

El hermoso himno litúrgico de la Carta de Pablo a la comunidad de Éfeso nos dice que Dios, desde antes de la creación del mundo, nos eligió para que también nosotros fuéramos sus hijos adoptivos, gracias su Hijo hecho hombre. Ser “hijos de Dios”, es la gracia más grande que hemos recibido por el bautismo y que nos permite acceder a la santidad de la vida divina.

Ser hijos de Dios es, por tanto, un tesoro que debemos valorar y por el que debemos sentirnos inmensamente agradecidos. Gratitud que nos compromete  a una vida de fe profunda y a una esperanza viva que nos muevan a actuar, en todo lugar y momento, conforme a la dignidad de hijos de Dios. “Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos”, es lo que desea San Pablo a todos los discípulos de Jesús.

El texto del Evangelio de San Juan que hemos escuchado, hecha luces importantes sobre la encarnación del Hijo de Dios, misterio que inicia ya al momento de la creación. “En el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios”.

Con esta solemne afirmación el Evangelio nos dice que la Palabra eterna del Padre, es decir el Hijo de Dios existía desde la eternidad, antes del tiempo y del mundo, y que participó en la creación como dice el libro del Génesis: “Dijo Dios: «Haya Luz», y hubo Luz”. Esta Palabra de Dios definitiva y absoluta, desde aquel momento, resuena en todos los tiempos y sobre todo el universo y se hace presente también en los orígenes de la humanidad: “Y Dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza… y Dios creó al ser humano a imagen suya”.

 Por la Palabra todo fue creado y desde ese momento ha acompañado el camino de la humanidad hasta traer salvación del mundo. Es una Palabra creadora y redentora, que tiene eficacia en sí misma: «Lo digo y lo hago».

En la Sagrada Escritura encontramos el testimonio escrito del eco y actuación la Palabra; allí podemos conocerla para que sea sustento de nuestra fe y vida cristiana. Lo más extraordinario es que esa Palabra ahora tiene un rostro concreto: Jesucristo.

 

Al entrar en el espacio y en el tiempo, la Palabra eterna y divina pone su morada entre nosotros y asume el rostro y la humanidad de Jesús para estar más cerca de nosotros: “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre Nosotros”.

En los Evangelios encontramos el testimonio, vivo e inspirado por el Espíritu de Dios, de los que tuvieron la gracia de ver el rostro humano de la Palabra, de Jesús imagen del Dios invisible, primogénito de toda la creación.

Es el testimonio de los discípulos y apóstoles que compartieron la vida y misión de Jesús y que vieron “su gloria, la que recibió del Padre como Hijo único,  lleno de gracia y de verdad”. Sin embargo, la Palabra de Dios nos es un don para pocos sino para todos, por eso nosotros, que la hemos recibido gratuitamente, tenemos que cuidarla con veneración, compartirla y darla a conocer a los demás con nuestro testimonio humilde, amable y respetuoso.

Esta es la misión de todo bautizado: anunciar la alegría del Evangelio en todas partes y momentos, aun cuando se choca con las incomprensiones y rechazos, como lo fue por  Jesús. «La Palabra era la luz verdadera que ilumina todo hombre… Vino a los suyos y los suyos no la recibieron». El pueblo elegido prefirió las tinieblas de sus pensamientos y  creencias humanas a la luz divina.

Con sinceridad tenemos que reconocer que a menudo también nosotros preferimos las tinieblas, o la mundanización cómo la define el papa Francisco. Nos dejamos llevar por un mundo indiferente a lo sobrenatural y que prescinde de Dios y fabricado según sus gustos y caprichos, el mundo de los ídolos de la soberbia, el  orgullo, la autosuficiencia, el placer, el poder y la fama. La mundanización es rechazar a Dios y a la luz para optar por las tinieblas, cerrando las puertas a Dios como la cerraron a Jesús en Belén: “no había lugar para ellos en la posada”.

Los cristianos estamos ante el gran reto de devolver el derecho de ciudadanía a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre para el bien de toda la humanidad, porque su presencia tiene una importancia trascendental en la construcción de un mundo más humano y fraterno.

Es una tarea urgente y necesaria también en nuestro país, ante un vacío patente de los valores humanos de la convivencia humana y pacífica, y ante el desconocimiento del valor de la vida humana, que se manifiesta en tantos casos de trata y tráfico de personas, feminicidios e infanticidios.

Ya en estos primeros días del año ha causado conmoción y profundo dolor el horrendo crimen de un padre que ha quitado la vida a sus cuatro niños, dejando gravemente herida a su esposa. Elevamos nuestras oraciones al Dios de la Vida por esas víctimas y para que semejante tragedia no vuelva a repetirse nunca más en nuestro país.

Este problema es de toda la sociedad, por eso nadie puede quedar indiferente. Nos toca a todos actuar con urgencia y extremar esfuerzos para prevenir estos delitos y formar las consciencias de las personas al respeto sagrado de toda vida humana.

En esta tarea está llamada a ejercer un rol fundamental la educación, para que se ocupe prioritariamente en formar a  los jóvenes y los niños a los auténticos valores humanos y virtudes cristianas. En las escuelas y colegios hay que proponer con claridad la Buena Noticia de Jesucristo, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, para que nosotros vivamos como verdaderos hijos de Dios, como hermanos que se respetan y que se aman.

Ser hijos de Dios por tanto, es ser plenamente humanos, como nos dicen las maravillosas palabras que nos ha dejado San Agustín: “Dios se humaniza, para hacernos a nosotros divinos”. Amén

OFICINA DE PRENSA DE LA ARQUIDIÓCESIS DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

Graciela Arandia de Hidalgo



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