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lunes 30 noviembre 2020
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“Iglesia pide a nuevas autoridades gobernar dejando atrás los errores del pasado y mirando hacia un nuevo porvenir”

Campanas. Este domingo 08 de noviembre, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, afirmó que este día en que inicia una nueva etapa de nuestro País, es más necesario que nunca el don de la Sabiduría para todos nosotros y en particular para las nuevas autoridades, para que gobiernen por una Bolivia mejor, dejando atrás los errores y lastres del pasado y mirando hacia un nuevo porvenir.

Hoy es un día especial para la Iglesia de Santa Cruz, nuestro Pastor, Mons. Sergio Gualberti está de cumpleaños, damos gracias a Dios por su vida y entrega a nuestra Iglesia cruceña.

 La misa fue presidida por Mons. Sergio Gualberti y concelebrada por los Obispos Auxiliares; Mons. Braulio Sáez, Mons. Estanislao Dowlaszewicz, Mons. René Leigue, el Vicario General, P. Juan Crespo, el Párroco de la Parroquia La Santa Cruz, P. Raúl Arrázola, P. Hugo Ara, Rector de la Catedral y Vicario de Comunicación y el  Capellán de Palmasola, P. Mario Ortuño.

Nuestro país no necesita resentimientos y venganzas, ni corrupción y narcotráfico, sino verdad, vida, reconciliación, solidaridad, justicia y paz.

El Prelado aseguró que es el momento de unirnos todos y aportar a la tarea urgente de superar la crisis no solo sanitaria, sino social, política y económica, agravada por la pandemia del COVID.

Así mismo dijo; Es la hora de instaurar para todos un sistema de salud eficiente y universal, una educación de calidad, una administración de la justicia ecuánime y libre de toda sumisión, la reactivación de la producción y de la economía social al servicio del hombre y no del mercado, y la creación de fuentes de trabajo estable y justamente remunerado.

 “Que el Señor de sabiduría a las nuevas Autoridades para que gobiernen por una Bolivia mejor”

Hoy la Sabiduría divina ha proyectado la luz de la esperanza sobre preguntas fundamentales que alguna vez nos hemos podido poner acerca del sentido de la fe, el amor, la vida y la muerte*.

Debemos estar  preparados para no caer, como las jóvenes necias, en el error de una existencia mundana y sin sentido, vacía y superficial detrás de los ídolos efímeros del poder, el dinero, el prestigio, el sexo y el consumismo. *Pero, sobre todo, la palabra de Dios nos ha introducido al misterio de la sabiduría para que, como las jóvenes previdentes, optemos por una existencia de fe comprometida con el Evangelio del amor y la vida, fruto de nuestro encuentro personal con Cristo.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

08/11/2020

 

La Palabra de Dios de este domingo nos habla de la Sabiduría y en particular la primera lectura teje un elogio de la misma presentándola como un atributo de Dios, como la luz resplandeciente que nunca pierde su brillo, la luz que ilumina nuestra vida, que nos libera de temores y turbamientos y que nos trae serenidad y paz. La luz que es fácil encontrar, solo hace falta amarla: “La sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo y se deja contemplar fácilmente por los que la aman”. Es asombroso saber que las personas, que la desean de verdad, la pueden encontrar “sentada a la puerta” de su corazón y que ella “se les aparece con benevolencia en los caminos y les sale al encuentro”.Es la misma Sabiduría divina que, con el acto creador, ha puesto orden en el caos primordial, que ha dado al hombre el don de la inteligencia para gobernar con justicia y rectitud al mundo, y que lo ha introducido al conocimiento de Dios y sus designios de salvación. Es la Sabiduría que nos permite crecer siempre más en el conocimiento profundo de la verdad divina, que guía apropiadamente nuestra existencia y que orienta nuestra relación con Dios, el prójimo y la naturaleza creada.

En el Evangelio, Jesús también nos habla de la Sabiduría por medio de la parábola de las diez jóvenes invitadas a unas bodas. Según la costumbre de ese entonces, en Israel en el día del matrimonio, las amigas de la novia, con las lámparas encendidas, tenían que esperar al novio que llegaba al anochecer, para introducirlo a la sala de la fiesta nupcial.

Con estas imágenes de la fiesta de bodas Jesús presenta al Reino de Dios, el proyecto de vida, amor y gozo para la humanidad. El novio es el mismo Jesús enviado por el Padre a instaurar el plan de salvación en la historia de la humanidad y que, Resucitado, volverá glorioso al final de la historia para liberarnos definitivamente del mal y de la muerte y abrirnos las puertas de la vida eterna.

Las diez jóvenes nos representan a nosotros cristianos, llamados a mantener viva la luz de la esperanza y de la vida nueva en Cristo y a testimoniar el amor salvífico de Dios.

Las lámparas son signo de la Sabiduría de Dios que hemos recibido en los sacramentos de la iniciación cristiana, la luz de la fe que nos ilumina y orienta en nuestro compromiso de discípulos-misioneros de Jesús. El aceite simboliza a los sacramentos de la gracia, la palabra de Dios, la oración, las obras de caridad y de justicia, los medios espirituales que alimentan nuestra fe y que nos ayudan a ser perseverantes y vigilantes en la espera del encuentro con el Señor.

Jesús, ya al inicio de la parábola, revela que cinco muchachas eran necias y cinco “sabias”; estas últimas fueron al banquete con una provisión de aceite para sus lámparas mientras que las otras no.  Llegada la hora, las jóvenes inician la vigilia con sus lámparas encendidas, pero “el novio se hace esperar” y el aceite de las lámparas se está acabando. También el aceite de nuestra fe puede mermarse en nuestra vida, en especial cuando nos envuelve la noche de la superficialidad, la indiferencia y los afanes de la vida. De pronto, en plena noche, se eleva un grito: “El esposo llega, salgan a su encuentro!”. Es el grito que nos urge a salir de la oscuridad del pecado y del sueño de la mediocridad, la inercia y las vacilaciones en nuestra vida cristiana para ir al encuentro del Señor.

“Salir” es una de las figuras más hermosas de nuestra realidad humana. Toda nuestra existencia es un “salir”, desde el momento en que dejamos el seno de nuestra madre para abrirnos a la luz de la existencia, un salir de nuestro yo para abrirnos a Cristo y al prójimo que nos impulsa a una constante renovación en el transcurso de la vida hasta la salida definitiva hacia la casa del Padre.

Las jóvenes previdentes recurren a sus reservas de aceite y con las lámparas encendidas entran a la fiesta, las imprudentes les piden un poco de su aceite, pero aquellas no se lo puedan dar, porque el aceite de la fe y de la comunión con Dios es personal y no se lo puede compartir. Al terminar la parábola, Jesús hace una advertencia: “Estén despiertos porque no saben el día ni la hora”. Estar despiertos con las lámparas de la fe colmas de aceite, ser vigilantes y perseverantes para acoger al Señor en nuestra existencia es la actitud que debemos tener para evitar que la luz del entusiasmo inicial se apague y que la puerta de las bodas esté cerrada.

Les aseguro que no las conozco”: pienso que a nadie de nosotros le gustaría escuchar estas palabras duras de Jesús, ni ahora ni al final de nuestra vida. No es que el Señor quiera asustarnos, el solo desea que tomemos consciencia del valor del tiempo presente, el único que él nos ha dado para construir nuestro futuro de eternidad. Un tiempo iluminado por la lámpara de la fe, para que produzcamos frutos de bien, de justicia y solidaridad en el horizonte definitivo de los “cielos nuevos y la tierra nueva” que nos espera.

Entonces, la muerte ya no nos podrá espantar, solo será el paso dichoso que nos lleva al encuentro con Dios para toda la eternidad. Es el misterio de la vida que hemos celebrado en la fiesta de Todos Santos, como expresa San Pablo en la carta a los cristianos de Tesalónica: No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza”. Palabras cargadas de sabiduría: los cristianos somos los “que tienen esperanza, llamados a testimoniarla en nuestro mundo sediento de esperanza y de felicidad.   

Hermanos y hermanas, hoy la Sabiduría divina ha proyectado la luz de la esperanza sobre preguntas fundamentales que alguna vez nos hemos podido poner acerca del sentido de la fe, el amor, la vida y la muerte. De la misma manera, nos ha pedido estar preparados para no caer, como las jóvenes necias, en el error de una existencia mundana y sin sentido, vacía y superficial detrás de los ídolos efímeros del poder, el dinero, el prestigio, el sexo y el consumismo. Pero, sobre todo, la palabra de Dios nos ha introducido al misterio de la sabiduría para que, como las jóvenes previdentes, optemos por una existencia de fe comprometida con el Evangelio del amor y la vida, fruto de nuestro encuentro personal con Cristo.

En este día en que inicia una nueva etapa de nuestro País, es más necesario que nunca el don de la Sabiduría para todos nosotros y en particular para las nuevas autoridades, para que gobiernen por una Bolivia mejor, dejando atrás los errores y lastres del pasado y mirando hacia un nuevo porvenir. Nuestro país no necesita resentimientos y venganzas, ni corrupción y narcotráfico, sino verdad, vida, reconciliación, solidaridad, justicia y paz. Es el momento de unirnos todos y aportar a la tarea urgente de superar la crisis no solo sanitaria, sino social, política y económica, agravada por la pandemia del COVID. Es la hora de instaurar para todos un sistema de salud eficiente y universal, una educación de calidad, una administración de la justicia ecuánime y libre de toda sumisión, la reactivación de la producción y de la economía social al servicio del hombre y no del mercado, y la creación de fuentes de trabajo estable y justamente remunerado.

Pidamos al Señor que nos conceda el don de la sabiduría para que nos ilumine y acompañe en esta urgente y  ardua labor, haciendo nuestra la hermosa oración del salmista, hombre creyente y sabio, que, con todo su ser, anhelaba saciar su sed del Dios: “Mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra reseca y sin agua…  tu amor vale más que la vida… y mi alma quedará saciada y mi boca te alabará con júbilo”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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