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domingo 2 octubre 2022
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“Iglesia pide a las autoridades escuchar el clamor de los Pueblos indígenas, ante los avasallamientos de sus tierras, fuente de sustento y vida para ellos”

Campanas. Este domingo 5 de septiembre, desde la Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz de la Sierra, Mons. Sergio Gualberti pidió a las autoridades, escuchar el clamor de los Pueblos indígenas, que piden que cesen los avasallamientos de sus tierras, fuente de sustento y vida para ellos y sus familias.

La sanación de un sordomudo de parte de Jesús, que nos presenta el Evangelio hoy, confirma esta buena noticia. En el pueblo de Israel de entonces, el silencio y el aislamiento que acompañan a la sordomudez eran considerados signos de muerte: “Si el Señor no viene en mi ayuda, pronto mi alma habitará en el silencio(Sal 94,17). Este hombre enfermo, sumido en el silencio de la incomunicación y de la marginación social, representa un caso de limitación extrema en cuanto a la existencia y dignidad humana.

En ese hombre pagano y sordomudo, son representados todos los afligidos por enfermedades físicas y también los que son sordos y mudos a la palabra de Dios, el mal interior que impide comunicarse con el Señor y el prójimo.

“Sufrimos de sordera espiritual cuando, encerrado en nuestro yo, no escuchamos a la Palabra de Dios y no oímos el clamor de los pobres”

Sufrimos de sordera espiritual cuando, encerrado en nuestro yo, no escuchamos a la Palabra de Dios y no cumplimos su voluntad, cuando somos egoístas y no oímos el clamor de los pobres, cuando exigimos nuestros derechos sin asumir los respectivos deberes y sin respetar los derechos de los demás.

“Somos sordos espirituales cuando, tergiversamos la verdad, nos callamos ante las injusticias y los abusos de poder”

También somos sordos espirituales cuando, obsesionados por en nuestro orgullo y soberbia, no sabemos perdonar ni recibir perdón, cuando cultivamos en nuestros corazones sentimientos de odio, resentimiento y venganza, cuando mentimos o tergiversamos a la verdad, cuando nos callamos ante las discriminaciones, las injusticias y los abusos de poder.

“No seamos cobardes, no hagamos oídos sordos y no quedemos callados e indiferentes ante tantas víctimas de las injusticias y abusos de instituciones llamadas a garantizar la paz y el cumplimiento de la ley”

Estas palabras y actuación de Jesús son un fuerte llamado a escuchar su Palabra de vida y a ser sus testigos valientes en todo momento de nuestra vida: “¡Ánimo, no tengan miedo!”. No seamos cobardes, no hagamos oídos sordos y no quedemos callados e indiferentes ante tantas víctimas de las injusticias y abusos de instituciones llamadas a garantizar la paz y el cumplimiento de la ley. En estos días somos testigo de la marcha de los pueblos indígenas de nuestra región que piden el respeto de sus derechos, que cesen los avasallamientos de sus territorios y tierras ancestrales, fuente de sustento y vida para ellos y sus familias.

“La Pastoral Juvenil y Vocacional de nuestra Iglesia en Bolivia que cumple 40 años de vida”

Antes de terminar quiero expresar mis sinceras felicitaciones a la Pastoral Juvenil y Vocacional de nuestra Iglesia en Bolivia que cumple 40 años de vida, inspirada en el lema “Levántate, somos el ahora de Dios”. Queridos jóvenes y señoritas, la juventud es un tiempo privilegiado en la existencia humana; velen y cuiden sus anhelos y sueños de felicidad y vida plena. No se dejen engañar por las sirenas del mundo consumista e individualista que buscan apagarlos y someterlos; levántese y sean signo del Dios de la vida y del amor, hoy y ahora, para ser también esperanza del futuro.

En estos largos años miles y miles de jóvenes, que les han antecedido, se han levantado para caminar juntos, encontrarse con Dios y descubrir el sentido de su vida en el seguimiento de Cristo y en su compromiso en la comunidad eclesial.

A todos los jóvenes de hoy les invito a no tener miedo de acercarse a los grupos juveniles de sus parroquias, movimientos y comunidades educativas y a dejarse transformar por Cristo en personas nuevas para que, integrando su fe y su vida, se conviertan en protagonistas de la construcción de la civilización del Amor.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz/05/09/2021

“¡Ánimo, no teman! Miren que nuestro Dios viene y les rescatará y salvará”. Hermanos y hermanas, este es el anuncio gozoso y esperanzador que hace el profeta Isaías al pueblo de Israel que se encuentra abatido y dispersado por varios países; Dios intervendrá para traerlo de vuelta a su patria, como en un nuevo éxodo y liberación.

Dios que libera y salva, es el corazón de todo el mensaje de la Biblia. Liberación, en primer lugar, de toda clase de enfermedades y de males que agobian al ser humano, signo de la salvación definitiva: “Se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo”. Este proceso de liberación puesto en marcha por Dios, abraza también a la naturaleza, una unión profunda entre desarrollo humano integral y respeto del medio ambiente: “Brotarán aguas en el desierto, y torrentes en la estepa, se transformará la tierra abrasada en estanque y el país árido en manantial de aguas”.

El profeta vislumbra este nuevo horizonte de la relación del hombre con la naturaleza, en el marco de un ideal y una espiritualidad liberadora y sanadora y de la solidaridad intrínseca e universal entre todas las criaturas.

Por eso, Isaías hace seguir un llamado perentorio a reconocer y confiar en la presencia salvadora de Dios en medio de su pueblo, a colaborar en esa obra y a no tener miedo: “¡Ánimo, no teman!”. Las distintas intervenciones de Dios a lo largo de la historia de Israel, son la señal de la liberación definitiva e integral del pecado y del mal que el Señor vino a traer en bien de la humanidad entera para que, ya en esta existencia terrenal, podamos gozar de unos destellos de vida eterna.

La sanación de un sordomudo de parte de Jesús, que nos presenta el Evangelio hoy, confirma esta buena noticia. En el pueblo de Israel de entonces, el silencio y el aislamiento que acompañan a la sordomudez eran considerados signos de muerte: “Si el Señor no viene en mi ayuda, pronto mi alma habitará en el silencio(Sal 94,17). Este hombre enfermo, sumido en el silencio de la incomunicación y de la marginación social, representa un caso de limitación extrema en cuanto a la existencia y dignidad humana.

Este hecho acontece mientras Jesús está en camino. Le presentan a un sordomudo para que le imponga las manos. El maestro se retira “a solas” con el enfermo para evitar que su actuación sea interpretada como fruto de la magia. Dado que no puede comunicarse través de la palabra, Jesús recurre a los gestos conocidos en la práctica médica de ese tiempo; pone sus dedos en los oídos del enfermo y le toca la lengua con la saliva. Luego “Levantando los ojos al cielo, dio un gemido y dijo: “! Ábrete!”. La mirada al cielo es un gesto de comunión total con el Padre y el «gemido» de identificación con el dolor y la desgracia de ese hombre.

La palabra ‘!Ábrete!’ es el elemento decisivo del milagro: “se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente”. Todo este relato pone en evidencia el poder y la eficacia de la palabra de Jesús que rompe el silencio y la reclusión de ese hombre, lo hace salir de la incomunicación y le devuelve la dignidad de persona, dándole la facultad de relacionarse con los demás y de incorporarse a la comunidad religiosa y la sociedad.

Luego Jesús “mandó a los presentes que a nadie se lo contaran”. Él no quiere dar cabida a los buscadores de milagros, sin embargo, la gente va divulgando el hecho a los cuatro vientos: “Todo lo ha hecho bien”. En ese hombre pagano y sordomudo, son representados todos los afligidos por enfermedades físicas y también los que son sordos y mudos a la palabra de Dios, el mal interior que impide comunicarse con el Señor y el prójimo.

En este aspecto, tenemos que reconocer que todos, quien más o quien menos, sufrimos de esa enfermedad espiritual más grave que la dolencia física, porque implica nuestra participación y responsabilidad.

Sufrimos de sordera espiritual cuando, encerrado en nuestro yo, no escuchamos a la Palabra de Dios y no cumplimos su voluntad, cuando somos egoístas y no oímos el clamor de los pobres, cuando exigimos nuestros derechos sin asumir los respectivos deberes y sin respetar los derechos de los demás.

También somos sordos espirituales cuando, obsesionados por en nuestro orgullo y soberbia, no sabemos perdonar ni recibir perdón, cuando cultivamos en nuestros corazones sentimientos de odio, resentimiento y venganza, cuando mentimos o tergiversamos a la verdad, cuando nos callamos ante las discriminaciones, las injusticias y los abusos de poder.

Esta enfermedad moral causa la incomunicación que divide familias, grupos y pueblos, que eleva muros, que impide un diálogo franco y sincero, que da paso al recurso a la violencia y a los enfrentamientos, poniendo en grave riesgo la convivencia pacífica y armónica.

Estas palabras y actuación de Jesús son un fuerte llamado a escuchar su Palabra de vida y a ser sus testigos valientes en todo momento de nuestra vida: “¡Ánimo, no tengan miedo!”. No seamos cobardes, no hagamos oídos sordos y no quedemos callados e indiferentes ante tantas víctimas de las injusticias y abusos de instituciones llamadas a garantizar la paz y el cumplimiento de la ley. En estos días somos testigo de la marcha de los pueblos indígenas de nuestra región que piden el respeto de sus derechos, que cesen los avasallamientos de sus territorios y tierras ancestrales, fuente de sustento y vida para ellos y sus familias.

Que se escuche su clamor, en especial de parte de las autoridades, respondiendo a los justos pedidos de esos hermanos nuestros.

Jesús, que “hace oír a los sordos y hablar a los mudos”, nos dirige hoy a cada uno de nosotros aquel grito: “¡ábrete!”; abrir nuevos horizontes de confianza y de esperanza, animados por la certeza de que siempre podemos contar con su ayuda, abrir nuestra vida a Jesús para ser partícipes de su plan de salvación y ser contados entre “los justos que el Señor ama”, como hemos proclamado en el Salmo.

Antes de terminar quiero expresar mis sinceras felicitaciones a la Pastoral Juvenil y Vocacional de nuestra Iglesia en Bolivia que cumple 40 años de vida, inspirada en el lema “Levántate, somos el ahora de Dios”. Queridos jóvenes y señoritas, la juventud es un tiempo privilegiado en la existencia humana; velen y cuiden sus anhelos y sueños de felicidad y vida plena. No se dejen engañar por las sirenas del mundo consumista e individualista que buscan apagarlos y someterlos; levántese y sean signo del Dios de la vida y del amor, hoy y ahora, para ser también esperanza del futuro.

En estos largos años miles y miles de jóvenes, que les han antecedido, se han levantado para caminar juntos, encontrarse con Dios y descubrir el sentido de su vida en el seguimiento de Cristo y en su compromiso en la comunidad eclesial.

A todos los jóvenes de hoy les invito a no tener miedo de acercarse a los grupos juveniles de sus parroquias, movimientos y comunidades educativas y a dejarse transformar por Cristo en personas nuevas para que, integrando su fe y su vida, se conviertan en protagonistas de la construcción de la civilización del Amor. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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