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lunes 26 septiembre 2022
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“Iglesia nos invita a acoger la invitación de Jesús, desterrar todo lo que destruye, y renovar nuestro compromiso en favor de la vida, la libertad, la verdad, la justicia y la paz”

Campanas.  Este tercer domingo de Cuaresma, desde la Catedral el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti nos invitó a acoger la invitación de Jesús y trabajar para desterrar todo lo que lo que destruye la vida, que divide y humilla, que enfrenta y somete al ser humano y renovemos nuestro compromiso en favor de la vida y el amor, la libertad y la verdad, la justicia y la paz.  

Arquidiócesis de Santa Cruz se adhiere de todo corazón a la iniciativa del Papa Francisco de “Consagrar Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María

En este camino de conversión, nuestra Arquidiócesis adhiere de todo corazón a la iniciativa del Papa Francisco de “Consagrar Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María” en una liturgia por la paz, el 25 de marzo en la basílica de San Pedro del Vaticano. Nosotros lo haremos el mismo día a horas 12.00 en nuestra Catedral y les invito encarecidamente unirse todos en oración, para que cese esta desgracia, causa de tantos sufrimientos y muertes sobre todo de personas inocentes.

El mal es el que mueve a la maldad, al odio, a la guerra, causando el hambre, la migración y el sufrimiento de millones de personas.

En el pensamiento de Dios, el sufrimiento de por sí no es el mal. El mal es lo que mueve a la maldad, al odio, a la violencia y a la guerra, lo que causa el hambre, la migración y el sufrimiento de millones de personas y todo lo que intencionalmente promueve la muerte del otro y la destrucción del medio ambiente.

Hoy la palabra de Dios nos llama a ver lo que pasa en nuestra existencia desde la mirada del Padre que nos ama.

Hoy la palabra de Dios nos llama a ver lo que pasa en nuestra existencia desde la mirada del Padre que nos ama y quiere salvar, a ir a lo más profundo de nuestro ser y discernir cuál es la verdadera motivación de nuestra vida y de lo que pasa en el mundo. ¿Nos dejamos llevar por la lógica del pecado y la maldad, los apetitos desenfrenados, la codicia, la falta de respeto a la vida, actitudes estas que nos juzgan y condenan y que pueden producir un enlace peor que si nos cayera encima una desgracia?

¿O nos mueve la lógica del creyente que vive según el criterio de Jesús, en constante actitud de producir buenos frutos, como nos indica la parábola de la higuera y el labrador? Cada uno de nosotros hemos recibido de Dios la capacidad de hacer el bien, de cultivar la justicia y la verdad y de mantener nuevas relaciones con los hermanos; por eso, el Señor, dueño de la higuera que somos nosotros, un día nos va pedir la cuenta de nuestros frutos.

En este 3er Domingo de Cuaresma la liturgia de la Palabra nos presenta la imagen de Dios liberador de su pueblo elegido esclavo en Egipto, y un apremiante llamado de Jesús a la conversión. El pasaje del libro del Éxodo, nos habla de la misión que Dios confía a Moisés en el desierto de Madián, donde él se había refugiado huyendo del faraón que lo perseguía por haber matado a un capataz egipcio.

Mientras está pastando las ovejas de su suegro en las faldas del monte Horeb, Moisés se sorprende al ver una zarza que arde sin consumirse. Al acercarse para averiguar ese extraño fenómeno, una voz lo llama por nombre y le ordena de quitarse las sandalias y no acercarse, porque esa tierra es santa. Esa voz es la de Dios que se manifiesta en la zarza ardiente, signo de una presencia que no desvanece y que inflama el corazón del ser humano. Moisés está a solas ante Dios, en un encuentro impresionante que cambia por completo la vida de Moisés y la del pueblo de Israel esclavo en Egipto.

Dios no puede quedarse indiferente ante tanta injusticia y opresión, por eso baja del cielo para liberarlo.

A continuación Dios comparte con Moisés a su preocupación por el estado de esclavitud en que vive su pueblo elegido: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído su clamor,… conozco sus sufrimientos, por eso he bajado para librarlo del poder de los Egipcio”. Ya en estas palabras Dios da a conocer su manera de ser y de actuar: ha visto la esclavitud de su pueblo, ha oído sus gemidos y conoce sus sufrimientos; un conocimiento que brota del hecho de haber vivido y compartido la situación de su pueblo cautivo.

Dios llama a Moisés para que colabore en esa misión: “Ahora ve, Yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo

Aquí se manifiesta el rostro verdadero de nuestro Dios, el rostro de la libertad y la justicia que se pone a lado de los oprimidos y que interviene para liberarlos, prometiendo una tierra donde puedan vivir sin opresión y como hermanos.

Dios, desde su primer encuentro con Moisés, actúa en favor de los oprimidos y que restablece la justicia y la libertad.

 Dios responde a Moisés, que ya es su profeta y amigo, con un nombre que puede parecer misterioso: “Yo soy el que soy”. Este nombre significa que Dios se conoce por su manera de actuar, como a decir: “Yo soy el Dios que está al lado de mi pueblo como dador de vida y liberador”. Es significativo que Dios, desde su primer encuentro con Moisés, se manifieste como el que está metido en nuestra historia humana, que actúa en favor de los oprimidos y que restablece la justicia y la libertad.

También nosotros en nuestra vida pasamos por la experiencia del mal cuando, por nuestra debilidad, caemos bajo la esclavitud del pecado.

San Pablo, en la carta a los cristianos de Corinto, afirma que la experiencia del éxodo fue como el bautismo del pueblo de Israel y quetodo esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro”.

Dios nos pide que sepamos reconocer nuestros pecados y que seamos dispuestos a dejarnos corregir e iniciar un nuevo camino.

Pero Dios, así como escuchó el clamor de los israelitas, también escucha nuestros sinceros pedidos de auxilio y viene en nuestra ayuda. Lo único que Dios nos pide es que sepamos reconocer nuestros pecados y que seamos dispuestos a dejarnos corregir e iniciar un nuevo camino.

Por cierto, nuestra mente humana no encuentra una razón al porqué de la muerte de inocentes, de la maldad humana, de las desgracias provocadas por fenómenos naturales y de tantos otros males.

No nos resignamos, y a menudo nuestra fe entra en crisis y hasta llegamos a cuestionar a Dios: “¿Por qué permite tanto dolor, sufrimiento y muerte?” Por cierto, el mal y la muerte están relacionados en forma misteriosa con el pecado, sin embargo, nuestro destino no escapa de las manos de Dios, porque Él, en Jesucristo ha hecho de nuestro mal un lugar de salvación, como dice San Pablo en la carta a los cristianos de Roma: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20).

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Graciela Arandia de Hidalgo



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