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miércoles 30 noviembre 2022
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Iglesia exhorta a mirar a nuestros hnos. Refugiados con respeto, y luchar por un mundo más inclusivo e igualitario

Campanas. En el marco de la Semana Mundial de Refugiado, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, nos exhorta a mirar con respeto y cariño a nuestros hermanos Refugiados, prestándoles nuestra colaboración como signo concreto de nuestra lucha por un mundo más inclusivo e igualitario, donde nadie se quede atrás.

Así mismo afirmo que nuestra Iglesia adhiere a la Semana Mundial del Refugiado que inicia hoy, ocasión para pensar en el drama de miles de hermanos y hermanas que han tenido que dejar su país, su familia y sus pertenencias, huyendo de la persecución política, religiosa, racial o de otra clase para salvar sus vidas. Varios de ellos están en nuestro País, y piden seguridad, acogida y trabajo para el sustento de cada día, en espera que se den las condiciones para volver a su tierra natal.

Todos podemos ser buenos samaritanos y crear un mundo más justo, integrador y fraterno, conforme al sueño de Dios, Padre de todos

También el Prelado aseveró que, todos podemos ser buenos samaritanos que contribuyen para cambiar el orden injusto de las cosas, conscientes que cada acción solidaria, por pequeña que sea, cuenta para crear un mundo más justo, integrador y fraterno, conforme al sueño de Dios, Padre de todos.

Hoy Jesús, a través de dos breves parábolas sacadas del ambiente campesino, nos habla del misterio del Reino de Dios, el tema central de su predicación y de su misión, como indica Él mismo en su primera predicación: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca: Conviértanse y crean en el Evangelio”.  

A lo largo de toda su vida pública, Jesús se dedicó a anunciar y hacer presente el reino de Dios en todas las dimensiones de la vida humana.

El plan que va creciendo en la historia hasta alcanzar su plenitud con el encuentro definitivo con el Padre. Jesús, con la entrega total de su vida, ha puesto en marcha el plan de salvación de Dios que*trae para todos la liberación del pecado, del mal y de toda esclavitud y nos hace partícipes de la misma vida divina*.

Gracias al reino de Dios, inician nuevas relaciones centradas en el amor filial de nosotros con Dios Padre, dador de vida, y nuevas relaciones de amor fraterno entre todos nosotros los seres humanos, fundadas en el respeto sagrado de la vida y derechos de toda persona. En él, todos gozamos de igual dignidad y nadie puede esgrimir argumento alguno, ni capacidades personales, ni dinero, ni oficio o profesión, ni poder político u otras consideraciones, para creerse superior y someter a los demás bajo su arbitrio.

 Dios nos ha dado dones para ponerlos al servicio del prójimo y del bien común y no para guardarlos para nosotros mismos.

 El plan de salvación, en su dimensión temporal e histórica, necesariamente implica nuestro compromiso para que el mundo se vaya levantando sobre los valores evangélicos de la fraternidad universal, la libertad, la verdad, la justicia y la paz. Sin embargo, después de más de 2000 años, vemos que en la humanidad hay todavía tantos odios, divisiones, injusticias, discriminaciones, y guerras.

La vida nueva y la salvación que Dios ha sembrado en el corazón de toda persona y en el mundo, es como la semilla que no deja de crecer porque tiene en su interior el dinamismo y la fuerza del mismo Dios.

Con el ejemplo de la pequeña semilla que crece progresiva y silenciosamente de día y de noche hasta hacerse árbol, sin que nosotros nos percatemos ni podamos intervenir para acelerar los tiempos, Jesús nos enseña que el Reino de Dios tiene un ritmo y un tiempo de crecimiento que escapa a nuestro conocimiento.

 Jesús expresa con la comparación del grano de mostaza, una semilla muy pequeña que, sin embargo, tiene en sí el vigor para hacerla brotar, partir el terreno, salir a la luz del sol, crecer y convertirse en “la más grande de todas las hortalizas”.

El Reino de Dios es esa semillita que ha ido creciendo y da cobijo a los pobres y marginados y a los que trabajan por la libertad, la justicia y la paz.

El Reino de Dios es esa semillita que ha ido creciendo en el mundo, que se vuelve el arbusto siempre más grande, que ha dado y sigue dando sombra y cobijo a los pobres y marginados, a los que no cuentan en la sociedad, a los sufridos y necesitados, a las víctimas de la injusticia, a los que ponen su confianza en Dios y no en los poderes del mundo, a los humildes y sencillos y a los que trabajan por la libertad, la verdad, la justicia, el bien común y la paz.

La semilla del bien, del amor y de la solidaridad crece en el silencio y la oscuridad y no hace ruido como los escándalos, la violencia, la guerra y la muerte.

Sin embargo, su crecimiento, a menudo, pasa desapercibido para nuestro mundo, porque la semilla del bien, del amor y de la solidaridad crece en el silencio y la oscuridad y no hace ruido como los escándalos, el mal, la violencia, la guerra y la muerte, hechos magnificados por medios de comunicación sensacionalistas que buscan captar audiencia sin preocuparse por el grave daño que puedan causar, en particular en las jóvenes generaciones.

La sociedad actual carece de los valores humanos y cristianos, y ponen al centro intereses económicos y políticos, buscados con cualquier medio, lícito o ilícito, como la sumisión de la justicia.

Ciertamente el designio de Dios, que encierra lo grande en lo pequeño, la eternidad en un instante y que considera al poder como un servicio a la vida, a la persona y al bien común, no es fácil de entender por la cultura y la sociedad actual que carece de referencias éticas y de los valores humanos y cristianos, y donde se ponen al centro intereses económicos y políticos, buscados con cualquier medio, lícito o ilícito, como la sumisión de la justicia y la propaganda engañosa.

 Jesús hoy nos invita a participar de la siembra de la semilla del reino de Dios en nuestra vida.

Jesús hoy nos invita a participar de la siembra de la semilla del reino de Dios en nuestra vida, en la de los demás y en los hechos de cada día, con la total confianza que su crecimiento es incontenible y que sus frutos abundantes están asegurados hasta la cosecha final, cuando el Señor establecerá plena y definitivamente su Reino. Estas palabras abren nuestro corazón a la esperanza y nos animan a entregar nuestra vida al servicio del Reino de Dios y a pedirlo como don al Padre con las palabras que Jesús mismo nos enseñó: “Venga a nosotros tu Reino”.

Homilía del  Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti

13/06/2013

Hoy Jesús, a través de dos breves parábolas sacadas del ambiente campesino, nos habla del misterio del Reino de Dios, el tema central de su predicación y de su misión, como indica Él mismo en su primera predicación: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca: Conviértanse y crean en el Evangelio”.  

Con la venida de Jesús, se han terminado los largos siglos de espera y se hace presente en la historia humana el Reino de Dios, prometido, en varios momentos, a través de los profetas. Jesús es el enviado del Padre para reinstaurar su designio inicial de salvación, su señorío de amor y de vida sobre toda la humanidad y el universo entero, el plan que el hombre rechazó por la codicia del poder y por su ambición de autosuficiencia.

A lo largo de toda su vida pública, Jesús se dedicó a anunciar y hacer presente el reino de Dios en todas las dimensiones de la vida humana, el plan que va creciendo en la historia hasta alcanzar su plenitud con el encuentro definitivo con el Padre. Jesús, con la entrega total de su vida, ha puesto en marcha el plan de salvación de Dios que trae para todos la liberación del pecado, del mal y de toda esclavitud y nos hace partícipes de la misma vida divina.

Gracias al reino de Dios, inician nuevas relaciones centradas en el amor filial de nosotros con Dios Padre, dador de vida, y nuevas relaciones de amor fraterno entre todos nosotros los seres humanos, fundadas en el respeto sagrado de la vida y derechos de toda persona. En él, todos gozamos de igual dignidad y nadie puede esgrimir argumento alguno, ni capacidades personales, ni dinero, ni oficio o profesión, ni poder político u otras consideraciones, para creerse superior y someter a los demás bajo su arbitrio.

Todo lo que cada uno de nosotros es y todo lo que tiene son dones que Dios nos ha dado para ponerlos al servicio del prójimo y del bien común y no para guardarlos para nosotros mismos.

Este es el medio para aportar a la vida de la comunidad y además para enriquecemos nosotros mismos como personas.

El plan de salvación, en su dimensión temporal e histórica, necesariamente implica nuestro compromiso para que el mundo se vaya levantando sobre los valores evangélicos de la fraternidad universal, la libertad, la verdad, la justicia y la paz. Sin embargo, después de más de 2000 años, vemos que en la humanidad hay todavía tantos odios, divisiones, injusticias, discriminaciones, y guerras. Esta triste realidad puede despertar en nosotros, hijos de la actual “generación del todo, aquí y ahora”, unas preguntas acerca de la eficacia del reino de Dios: ¿Será verdad que su plan de vida, de amor y de paz está creciendo en el mundo? ¿Por qué Dios tarda tanto en intervenir y llevarlo a plenitud?”.

Parece que el pueblo judío, también hacía preguntas similares a Jesús, cuestionando porque Dios no actuaba para liberarlo de la sumisión extranjera; porque, ante las injusticias y atropellos de los poderosos, no hacía justicia de una vez por todas; porque no defendía con mano fuerte a los pobres y oprimidos, y porque no ponía orden en la sociedad, premiando a los buenos y castigando a los malos. Jesús, a través de las dos breves parábolas, les responde a ellos y a nosotros, que el Reino de Dios está realmente en marcha, pero que solo el Padre conoce cómo y cuándo se va implementando.

Con el ejemplo de la pequeña semilla que crece progresiva y silenciosamente de día y de noche hasta hacerse árbol, sin que nosotros nos percatemos ni podamos intervenir para acelerar los tiempos, Jesús nos enseña que el Reino de Dios tiene un ritmo y un tiempo de crecimiento que escapa a nuestro conocimiento. La vida nueva y la salvación que Dios ha sembrado en el corazón de toda persona y en el mundo, es como la semilla que no deja de crecer porque tiene en su interior el dinamismo y la fuerza del mismo Dios.

Estas palabras de Jesús iluminan nuestra mente, apaciguan nuestro ánimo y nos da la fortaleza para no caer en la desconfianza y en la ansiedad y, más bien, nos anima a creer y confiar más en Dios y en su palabra que nos asegura que su reino va creciendo por fuerza propia, conforme a su misterioso plan de salvación.

Es lo que Jesús expresa con la comparación del grano de mostaza, una semilla muy pequeña que, sin embargo, tiene en sí el vigor para hacerla brotar, partir el terreno, salir a la luz del sol, crecer y convertirse en “la más grande de todas las hortalizas”.

El Reino de Dios es esa semillita que ha ido creciendo en el mundo, que se vuelve el arbusto siempre más grande, que ha dado y sigue dando sombra y cobijo a los pobres y marginados, a los que no cuentan en la sociedad, a los sufridos y necesitados, a las víctimas de la injusticia, a los que ponen su confianza en Dios y no en los poderes del mundo, a los humildes y sencillos y a los que trabajan por la libertad, la verdad, la justicia, el bien común y la paz.

Sin embargo, su crecimiento, a menudo, pasa desapercibido para nuestro mundo, porque la semilla del bien, del amor y de la solidaridad crece en el silencio y la oscuridad y no hace ruido como los escándalos, el mal, la violencia, la guerra y la muerte, hechos magnificados por medios de comunicación sensacionalistas que buscan captar audiencia sin preocuparse por el grave daño que puedan causar, en particular en las jóvenes generaciones.

Ciertamente el designio de Dios, que encierra lo grande en lo pequeño, la eternidad en un instante y que considera al poder como un servicio a la vida, a la persona y al bien común, no es fácil de entender por la cultura y la sociedad actual que carece de referencias éticas y de los valores humanos y cristianos, y donde se ponen al centro intereses económicos y el políticos, buscados con cualquier medio, lícito o ilícito, como la sumisión de la justicia y la propaganda engañosa.

Jesús hoy nos invita a participar de la siembra de la semilla del reino de Dios en nuestra vida, en la de los demás y en los hechos de cada día, con la total confianza que su crecimiento es incontenible y que sus frutos abundantes están asegurados hasta la cosecha final, cuando el Señor establecerá plena y definitivamente su Reino. Estas palabras abren nuestro corazón a la esperanza y nos animan a entregar nuestra vida al servicio del Reino de Dios y a pedirlo como don al Padre con las palabras que Jesús mismo nos enseñó: “Venga a nosotros tu Reino

En el marco de este compromiso, nuestra Iglesia adhiere a la Semana Mundial del Refugiado que inicia hoy, ocasión para pensar en el drama de miles de hermanos y hermanas que han tenido que dejar su país, su familia y sus pertenencias, huyendo de la persecución política, religiosa, racial o de otra clase para salvar sus vidas. Varios de ellos están en nuestro País, y piden seguridad, acogida y trabajo para el sustento de cada día, en espera que se den las condiciones para volver a su tierra natal.

La situación de estos hermanos ha empeorado por la pandemia, y no caigamos en la indiferencia y sospecha, por el contrario mirémoslos con respeto y cariño, prestándoles nuestra colaboración como signo concreto de nuestra lucha por un mundo más inclusivo e igualitario, donde nadie se quede atrás. Todos podemos ser los buenos samaritanos que contribuyen para cambiar el orden injusto de las cosas, conscientes que cada acción solidaria, por pequeña que sea, cuenta para crear un mundo más justo, integrador y fraterno, conforme al sueño de Dios, Padre de todos. Amén

 

 

 

 

 

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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