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jueves 19 septiembre 2019
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Homilía. Oremos con confianza, con valentía y fidelidad, dice Monseñor Sergio

El prelado pidió tomar en serio nuestra vida de oración e invocar a Dios como a un “Padre”.

Conforme las lecturas dominicales, Monseñor Sergio habló de la oración como medio indispensable para alimentar nuestra vida de fe y pidió seguir el ejemplo de Abrahán y del propio Jesús –que- nos enseñan y desafían a tomar en serio, en nuestra vida cristiana, la oración y el diálogo con el Padre marcado por la confianza, la valentía y la fidelidad.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

DOMINGO 24 DE JULIO

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

La Palabra de Dios de este Domingo nos habla de la oración como un medio indispensable para alimentar nuestra fe, una fe viva que transforme e impregne nuestra vida.  La primera lectura del Génesis nos presenta una escena inaudita: el trato familiar de Dios que entabla un diálogo sincero y franco con su amigo Abrahán, compartiendo su plan de destrucción de Sodoma y Gomorra, para extirpar la perversión de esas ciudades de donde sale “un clamor tan grande… y su pecado muy grave“.

Abrahán se dirige a Dios con humildad y confianza pero al mismo tiempo con valentía, aunque no en plan de paridad con Él. La conversación se convierte en una oración de intercesión, apelando a la misericordia y justicia de Dios a favor de esas dos ciudades, signo de solidaridad del justo hacia los malvados. Abrahán logra parcialmente su propósito, solo se salva solo su sobrino Lot con la familia, porque la depravación y maldad de esas dos ciudades es tan grande, que ni siquiera se encuentran cinco justos en ellas. Sin embargo, el regateo de Abrahán, encontrará su culmen en Jesús, el único justo, por quien Dios ha perdonado los pecados de todos.

El Evangelio de Lucas que acabamos de escuchar, nos presenta a Jesús que ora y que enseña a orar, acogiendo el pedido de sus discípulos. Jesús, en todos los momentos más importantes de su vida y misión se retira en oración y diálogo con el Padre, desde su bautismo en el río Jordán hasta la muerte en cruz cuando pide a Dios que perdone el pecado de sus verdugos.

“Padre” es la primera palabra de su oración: sencillamente “Padre”, sin ninguna adjunta. Cuando oren, cuando se dirigen a Dios, digan: Padre, Abbá-papá, de la misma manera como Jesús mismo llama a Dios. Es la expresión de familiaridad y cariño de un hijo con su papá, de los profundos lazos de amor que los une. Gracias a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, también nosotros podemos invocar a Dios como «Padre».

Él nos lo ha revelado y su Espíritu nos lo hace conocer, nos hace entrar en su misterio con asombro, despertando en nosotros el deseo de comportarnos como verdaderos hijos. Dios nos considera y nos ama como hijos haciéndonos partícipes de su propia vida y nos pide relacionarnos con él no con temor, sino con amor y confianza. “Abbá-Padre”, la oración del Hijo, pasa a ser la oración de todos los hijos adoptivos unidos a él en la Iglesia, la familia de Dios.

Luego de esta invocación inicial, Jesús nos invita a hacer cinco peticiones al Padre. Las primeras dos se refieren a Dios:

 “Santificado sea tu nombre”.  El nombre de Dios es el mismo Dios, en cuanto se manifiesta y se hace conocer en nuestra historia a través de su actuación. Un Dios que tiene nombre propio, revelado a Moisés en el monte Horeb al momento de encargarle la misión de liberar a Israel. Allí Dios se manifiesta como el que se hace presente en medio de su pueblo esclavo en Egipto para liberarlo y acompañarlo en el camino del desierto hacia la tierra prometida. Cuando decimos “santificado sea tu Nombre”, pedimos que sea santificado en nosotros que por el bautismofuimos sepultados con Cristo” y también que, por nuestro testimonio y oración, el Nombre de Dios sea conocido y bendecido por todos los hombres.

Venga tu reino”: Jesús ha sido enviado por el Padre con la misión de reinstaurar el Reino de Dios, el proyecto de vida y de amor propuesto por Padre con la creación y rechazado por el pecado de soberbia de la humanidad. Por Jesús, el Reino de Dios se ha hecho presente y se va manifestando en la historia hacia la plenitud del final de los tiempos, mediante su retorno glorioso. Por eso oramos para que el Reino de Dios crezca aquí ya desde ahora y que nosotros nos pongamos al servicio de la justicia y de la paz, conforme a las Bienaventuranzas.

En las otras tres peticiones Jesús nos invita a dirigirnos a Dios para nuestro bien material y espiritual:

Danos cada día nuestro pan cotidiano”: el pan símbolo de los bienes necesarios para una subsistencia digna y sobria, el pan de cada día que no se acumula so pena de pudrirse como el maná en el desierto. El pan de la justicia y la solidaridad para que sepamos compartir los bienes y que nadie pase necesidad. En nuestro país hay todavía demasiadas personas y familias que vienen en la miseria y condiciones infrahumanas, como nos ha mostrado un hecho acaecido hace dos días en un barrio de nuestra ciudad, que nos ha conmocionado y cuestionado profundamente. Una joven madre que ha dado a luz en una letrina a su quinto hijo, una bebecita que, al caerse allí, ha muerto sofocada.

Hechos como este, nos tienen que sacudir de nuestra indiferencia y abrir nuestros ojos a menudo obcecados por el consumismo y el individualismo egoísta. Las autoridades, responsables del bien común, están urgidas, por encima de cualquier otro interés o medida, a priorizar políticas sociales en bien de todas las personas, en particular de los más pobres y marginados, para que todos tengan acceso a la vivienda digna, la atención de salud, la educación de calidad y las fuentes de trabajo.

Este pedido de pan cotidiano se refiere igualmente al hambre del pan de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo, así como al hambre del Espíritu Santo que se nos concede, sobre todo, en la Eucaristía, anticipo del banquete del Reino venidero.

Perdona nuestros pecados”: Al pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos pecadores ante Él, pero al mismo tiempo confesamos su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los sacramentos, «obtenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14). La expresión más alta del amor de Dios es su disponibilidad a perdonarnos siempre. El perdón es el fundamento de la misericordia sin límites, como Jesús nos ha mostrado al perdonar a todos los pecadores, incluso a los que lo estaban crucificando.

El recibir el perdón de Dios, nos compromete también a nosotros a perdonar a los demás, porque la misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros sabemos perdonar a todos, también a nuestros enemigos. El perdón, cumbre de la oración cristiana, nos hace participes de la misericordia infinita de Dios. A nosotros nos parece imposible cumplir con esta exigencia, sin embargo, el corazón que se entrega al Espíritu del Señor puede, a ejemplo de Cristo, amar hasta el extremo de la caridad, cambiar la herida en compasión, transformar la ofensa en intercesión. Cuando perdonamos la misericordia divina y la humana se funden y nosotros quedamos colmados de verdadera paz.

Y no nos dejes caer en la tentación”: Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación, que seamos vigilantes y que nos de la fortaleza para resistir ante tantas provocaciones que buscan alejarnos de Él, del bien y de la vida y llevarnos por las sendas del mal y la muerte. Esta petición nos une a Jesús, que ha vencido la tentación con su oración, lo que nos hace confiar de que Dios nos conceda también a nosotros la gracia de la vigilancia y de la perseverancia final.

Abrahán y Jesús nos enseñan y desafían a tomar en serio, en nuestra vida cristiana, la oración y el diálogo con el Padre marcado por la confianza, la valentía y la fidelidad. Termino con unas palabras del Papa Francisco en la Capilla de Santa Marta hace tres años cuando tuve la gracia de concelebrar la Eucaristía con él. Las lecturas de ese día se referían a la Oración y el Papa nos invitaba a orar para: Convencer al Señor con las virtudes del Señor! ¡Esto es hermoso! ‘El Padre sabe las cosas’. Orar y alabar al Señor en las cosas buenas que tiene, y decirle que estas cosas bellas que tiene, las envíe a nosotros. ¡Y si Él es tan misericordioso, tan bueno, que nos ayude!“. Estas palabras son la confirmación de lo que hemos proclamado en el salmo: “Me escuchaste, Señor, cuando te invoqué”. Amén

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Encargado


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