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martes 22 octubre 2019
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Homilía del domingo, por el Padre Pepe Cervantes

Testigos del Hijo del Hombre con palabras de sabiduría

Se acerca el final del año litúrgico y las lecturas bíblicas de estos domingos nos remiten a textos del género apocalíptico. La apocalíptica es una corriente literaria y teológica de las tradiciones judía y cristiana que revela la perspectiva divina sobre la vida, la historia y el destino del hombre y del mundo, desde el reconocimiento de la soberanía de Dios como único Señor, y desde la experiencia dolorosa de la historia humana como una historia de dolor, de sufrimiento, de tribulación y de mal, que el mismo hombre provoca, consiente y mantiene. Pero los textos apocalípticos de la Biblia requieren, como género literario muy singular, una interpretación adecuada que tenga en cuenta el conjunto de la Sagrada Escritura y el horizonte teológico de esperanza al cual nos abren dichos textos.

En el profeta Malaquías (Mal 3,19-20) resuena el “Día del Señor”, de la tradición profética de Amós (5,18.20) y de Isaías (19,2), como un acontecimiento tremendo, destructor, purificador y redentor, como un día de gran crisis del orden vigente: “Llega el día ardiente como un horno, malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir, y no quedará de ellos ni rama ni raíz, pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud en las alas”. Sin embargo, lo que triunfa es la salvación de los fieles a Dios, representada en la imagen del sol de justicia.

El Evangelio de San Lucas (Lc 21,5-19) nos introduce en el discurso escatológico, común a los tres evangelios sinópticos y que sería conveniente leer hasta el final. Los detalles del género literario están cargados de fuerza y chocan con nuestra imaginación y puede que también choquen con nuestra idea de Dios, pero revelan a un tiempo la realidad del comienzo definitivo del nuevo día de Dios en la historia humana y que alcanza al más allá de la historia. Es posible que nos resulten extraños los elementos portentosos de este lenguaje. Vendrán grandes terremotos, epidemias y hambres en distintos países, calamidades espantosas y grandes señales en el cielo. Habrá guerras y noticias de guerras… Este lenguaje catastrofista es propio de la apocalíptica y pretende revelar al hombre, mediante visiones y señales, la verdad última y decisiva de la historia humana desde la perspectiva de Dios. Pero el apocalíptico cristiano no es principalmente un pregonero de desastres históricos, sucedidos o que vayan a suceder, sino más bien el profeta que percibe la historia del mal y de los desastres que ya existen desde la perspectiva de quienes los sufren como víctimas. Y sólo desde el lado de los sufrientes, puede revelar (que eso es lo que significa Apocalipsis) un nuevo horizonte que rompe con la marcha del devenir de la historia.

En el contexto de esta larga crisis que se está pasando en los países del bienestar y en el contexto de la gran crisis permanente en la que se vive entre los más pobres hay todo un mundo de víctimas y de desastres. ¡Hay tanto desastre y tanto dolor humano, provocado o permitido a nuestro alrededor! En esa perspectiva de solidaridad con los sufrientes y sólo desde ella es donde se apunta, como en la apocalíptica, hacia un horizonte último de esperanza. Es el horizonte donde aparece un Hombre nuevo, el Hijo del Hombre (Lc 21,24.27.26), el que viene con potencia convulsionando la marcha aparentemente tranquila de la historia humana pero realmente cuajada de catástrofes y desastres, no pocas veces provocados o propiciados por los mismos hombres. La verdad profunda de este lenguaje es que el fin del mundo no será ni lo último ni la plenitud consumada de lo que ahora existe. La realidad dolorosa y cotidiana de miles de seres humanos para los que cada amanecer se convierte en una amenaza tampoco es lo definitivo. Es en esas circunstancias donde un apocalíptico, realmente solidario con el dolor, anuncia proféticamente la liberación que traerá el Hijo del Hombre con su venida. La humanidad no está sometida a un destino fatal, sino que está llamada a una liberación radical.

Por eso, sólo desde los que sufren inocente e injustamente, desde los desamparados, desde los excluidos y marginados, desde los enfermos y desheredados, o desde cualquier experiencia de dolor se puede comprender bien la esperanza mesiánica del día del Hijo del Hombre quien, como sol de justicia que lleva la salvación en sus alas, iluminará a los hombres inaugurando un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habite la justicia.

La novedad de Jesús en este discurso es que no habrá señales que evidencien el final, ni siquiera los signos portentosos mencionados serán el anuncio del fin. Jesús advierte contra los engaños de los oportunistas que se aprovechan de todo esto para beneficio propio. Además, para Jesús lo importante no son las visiones ni las previsiones, sino la palabra que alienta, que impulsa y que anticipa el día del Hijo del Hombre. Esa palabra suya constituye el gran don para sus discípulos.

A sus discípulos y a nosotros Jesús nos enseña dos cosas: En primer lugar que el fin no ha llegado todavía, es más, que no sabemos ni el día de la hora. Por eso nos interpela y nos llama al aguante, como talante propio del cristiano en las tribulaciones: “Con vuestro aguante, protegeréis vuestras vidas” (Lc 21,19) La capacidad de aguante es la que nos sostiene en la vida. Pero el aguante no se puede confundir con la resignación, es decir con la aceptación pasiva o indiferente del mal, sino que bien entendido es la capacidad para resistir activamente al mal, haciendo siempre el bien y con la esperanza que nos da el que sufrió la Pasión hasta cruz, mostrándonos que el Hijo del Hombre es el crucificado. Y en este crucificado es donde está la palabra definitiva y última. En su amor hasta la entrega de la vida está la palabra que abre el horizonte de esperanza de la humanidad. Y en este Jesús crucificado, el Hijo del Hombre, es donde se concitan todos los sufrimientos humanos, los del resto de sus hermanos. De ahí que la esperanza de los cristianos sea inquebrantable. Es resistencia activa. Jesús no promete un futuro halagüeño para los suyos. A los discípulos no les aguarda el éxito. Al contrario, el destino de sus testigos será como el suyo: Como a él le aguardaba la cruz, a sus seguidores les espera la persecución, la traición, el odio y la muerte. Ésta es la época del testimonio y por eso los signos reales de su presencia son las marcas del sufrimiento. No será en ningún caso una época triunfal.

En segundo lugar Jesús nos enseña que lo definitivo sí está dicho en su palabra. Él sólo garantiza su asistencia con su palabra llena de sabiduría (Lc 21,15), de una sabiduría que no pueden contestar ni contradecir sus contrincantes. La victoria de los cristianos en este mundo es la palabra cuya autoridad y cuya verdad nadie podrá refutar ni sofocar. Éste es el triunfo real del Espíritu en Jesús y en sus discípulos. Por eso en la palabra, en la vida y en el sufrimiento de los testigos se va anticipando lo decisivo de su Reino. La segunda carta a los Tesalonicenses nos alerta para que no caigamos en la pasividad, sino que permanezcamos activos y despiertos, trabajando incesantemente por la transformación de este mundo. Y el que no trabaje que no coma.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Encargado


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