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miércoles 18 septiembre 2019
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El mandato de Jesús de ser “sal y luz” del mundo es tambien para los discipulos y la Iglesia de hoy

En el evangelio de este domingo la liturgia de la Iglesia ha señalado el pasaje donde Jesús dice a sus discípulos “Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”, para Monseñor Sergio, Arzobispo de Santa Cruz, ese mandato “Jesús lo vuelve a repetir también para nosotros los discípulos de hoy y para  todo el pueblo de Dios, la Iglesia: nos confía el mandato de ser sal y luz del mundo, es decir de ser con nuestra palabra y nuestra actuación testigos del Señor, para que los demás, a través de nuestro testimonio, encuentren a Jesús verdadera luz del mundo”.

El Prelado reconoció que “ser sal y luz del mundo, no es fácil, como no lo fue por Jesús que tuvo que enfrentar a los poderes de su tiempo, que vieron en su palabra y en su actuación un peligro por el orden establecido y que lo condenaron a muerte. Por tanto, ser sal y luz implica vencer a la flojera y el miedo, estar dispuestos a pagar de persona y a sufrir incomprensiones, burlas y persecuciones, porque  la Buena Noticia del Reino incomoda y cuestiona la lógica del poder y del tener”.

Monseñor puntualizó que “Ser sal y luz nos exige entonces actuar en favor de los más débiles y pobres de la sociedad, ser atentos a sus necesidades y luchar en contra de todo tipo de marginación y discriminación. Significa también ser honestos y llevar una vida digna y sobria, luchando en contra de la corrupción tanto pública como privada. Este testimonio coherente, es el mejor anuncio de Jesús que como cristianos podemos proclamar a nuestra sociedad hoy. Ser sal y luz significa ser fermento de nueva humanidad, ser anticonformistas, no acomodarnos pasivamente a las modas imperantes, sino salir del anonimato de la masa y venciendo la indiferencia y la cobardía”.

Leer la homilía completa:

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 5 DE FEBRERO DE 2016

El texto del Evangelio de hoy viene a continuación de las Bienaventuranzas que hemos escuchado el domingo pasado y, junto con estas, forma parte de la colección de enseñanzas de Jesús llamadas “Discurso de la  Montaña“. Estas enseñanzas recogen el aspecto central de su predicación y misión, la Buena Noticia del Reino de Dios y sus exigencias.

En el pasaje que hemos escuchado, Jesús se dirige al auditorio con dos imágenes muy ilustrativas y fáciles de entender: “Ustedes son la sal de la tierra“. La sal es un elemento indispensable en la vida humana, se la utiliza cada día para dar sabor a los alimentos y también para preservarlos de la corrupción. La Biblia, además, considera a la sal como signo de sabiduría y llama sabia a una persona que ha encontrado el sabor de la vida, que se sabe relacionar propiamente con los demás y que se ubica en el mundo y la realidad que lo rodea.

Ustedes son la luz del mundo. La luz, es la primera obra que Dios crea el primer día de la creación. La luz es todavía más indispensable que la sal, de ella depende cualquier forma de vida, la humana, la de los animales y de los vegetales. Sin la luz no podemos movernos ni orientarnos en el mundo. Con estas dos imágenes, Jesús nos está indicando que el ser humano no encuentra en si mismo la sal ni la luz que necesita, sino que le hace falta otra sal y otra luz, las que vienen de Dios y que iluminan e indican los caminos auténticos de la vida y la humanización.

Los oyentes tienen que haberse sorprendido al escuchar la palabra “ustedes” que Jesús les dirigió en forma tan directa, ya que él, en anteriores ocasiones, se había presentado como la luz y sal del mundo y ahora él les dice; Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo.

Ustedes “son”: Jesús apunta al ser, a la identidad de los discípulos, la que hace que se los reconozca como los seguidores de Jesús y que de ellos depende que ilumine la tierra. Ese “ustedes” Jesús lo vuelve a repetir también para nosotros los discípulos de hoy y para  todo el pueblo de Dios, la Iglesia: nos confía el mandato de ser sal y luz del mundo, es decir de ser con nuestra palabra y nuestra actuación testigos del Señor, para que los demás, a través de nuestro testimonio, encuentren a Jesús verdadera luz del mundo.

Pero, “¿será posible que los cristianos y la Iglesia seamos luz y sal en nuestro mundo hoy? Un mundo globalizado indiferente a Dios, en el que se busca uniformar y encasillar a todos en el mismo molde, en la misma manera de pensar y de vivir sin ninguna referencia a lo sobrenatural. Una sociedad conformista que se deja llevar pasivamente por las modas y las corrientes de opinión que los grandes grupos de poder vehiculan a través de los medios de comunicación. Una sociedad consumista donde domina la ley del mercado, sin valores humanos y cristianos, que descarta a los débiles y a los pobres, que no duda en atropellar a la dignidad del ser humano sometiéndola a sus intereses y que no respeta ni la creación ni el medio ambiente.

Jesús nos dice que sí es posible que los cristianos seamos sus testigos y además nos da las pautas: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras…”. “Que vean sus buenas obrasSon las obras de cada día y nuestra manera de actuar honrada, humilde, sobria y entregada a los demás, que hablan de por sí y atraen. No necesitamos propaganda y grandes medios, ni la ostentación de grandes signos exteriores para llamar la atención, ni tampoco reconocimientos y alabanzas.

San Pablo entendió muy bien esta enseñanza de Jesús y así lo expresaba a los cristianos de Corinto: “No llegué a ustedes con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado. Por eso me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante…. para que ustedes basaran su feen el poder de Dios. Pablo logró convencer a muchas personas, judíos y paganos, a seguir al Señor, no con una gran oratoria  y una lógica sofisticada, sino que se presentó débil y temeroso, confiando sólo en Jesús crucificado y dando testimonio de Él con su vida sacrificada y entregada al anuncio gozoso y entusiasta del Evangelio. Ser luz con el testimonio nuestra vida, es poner nuestra confianza en Jesús y no en nuestras capacidades y bienes, es vivirla conforme al Evangelio, es amar y ser solidarios con los demás.

Así lo dice de una manera directa y clara el profeta Isaías, en la primera lectura: “Si compartes tu pan con el hambriento y albergas a los pobres sin techo, si cubres al que ves desnudo y no te despreocupas de tu prójimo, entonces tu luz despuntará como auroradelante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor“. Compromiso por la caridad y la misericordia, pero también por la justicia social y la paz.

Ser sal y luz nos exige entonces actuar en favor de los más débiles y pobres de la sociedad, ser atentos a sus necesidades y luchar en contra de todo tipo de marginación y discriminación. Significa también ser honestos y llevar una vida digna y sobria, luchando en contra de la corrupción tanto pública como privada. Este testimonio coherente, es el mejor anuncio de Jesús que como cristianos podemos proclamar a nuestra sociedad hoy. Ser sal y luz significa ser fermento de nueva humanidad, ser anticonformistas, no acomodarnos pasivamente a las modas imperantes, sino salir del anonimato de la masa y venciendo la indiferencia y la cobardía.

Claramente, ser sal y luz del mundo, no es fácil, como no lo fue por Jesús que tuvo que enfrentar a los poderes de su tiempo, que vieron en su palabra y en su actuación un peligro por el orden establecido y que lo condenaron a muerte. Por tanto, ser sal y luz implica vencer a la flojera y el miedo, estar dispuestos a pagar de persona y a sufrir incomprensiones, burlas y persecuciones, porque  la Buena Noticia del Reino incomoda y cuestiona la lógica del poder y del tener.

Brille así vuestra luz delante de los hombres de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos”. Nuestras obras buenas tienen que ser una luz brillante delante de los demás, para que ellos den gloria al Padre, es decir para que reconozcan la bondad y misericordia de Dios que actúa en favor de toda la humanidad. Como comunidad creyente tenemos la misión de ser un punto de referencia concreto para los que buscan y esperan nuestras “obras buenas” “para dar gloria al Padre que está en los cielos”.

En esta celebración tenemos la alegría de dar el envío a los catequistas de nuestra arquidiócesis, hermanas y hermanos que han optado por anunciar a Jesucristo a los niños y jóvenes de nuestras parroquias, los acompañamos con nuestro afecto, apoyo y oraciones para que sean luz y sal con su palabra y el testimonio de su vida.

Por cierto, ser sal de la tierra y luz del mundo, requiere fortaleza y perseverancia, que sólo Dios puede darnos, por eso pongamos nuestra fe “en el poder de Dios” que viene en ayuda de nuestra debilidad, para que podamos decir junto con el salmista, “nuestro corazón estará firme, porque confiado en el Señor”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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