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jueves 27 junio 2019
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Homilía. Producir frutos de sincera conversión para esperar la venida del Señor, pide Monseñor Sergio

♦ En la segunda semana de Adviento, Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, se hizo eco del llamado de Juan El Bautista que pide producir frutos de ´sincera conversión´ ante la cercanía del Señor, esto significa: “crecer en la fe y en el amor, comprometernos con el Reino de Dios, testimoniarlo en la vida de cada día, desde nuestro hogar, nuestro trabajo o profesión y desde las responsabilidades de cada uno en los distintos ámbitos de la sociedad”.

También señaló que las obras de misericordia, corporales y espirituales, constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social. Ella nos impulsa a ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas, llamados a construir con nosotros una «ciudad fiable»”.

El Prelado cruceño no dejó de referirse a las realidades de pobreza material y espiritual que necesitan hoy de más obras de misericordia “Todavía hay poblaciones enteras que sufren hoy el hambre y la sed, y despiertan una gran preocupación las imágenes de niños que no tienen nada para comer”.

“Grandes masas de personas siguen emigrando de un país a otro en busca de alimento, trabajo, casa y paz. La enfermedad, causa permanente de sufrimiento… las cárceles, lugares en los que, con frecuencia, hay condiciones de vida inhumana… el analfabetismo, todavía muy extendido…y otros sufrimientos. Dios mismo sigue siendo hoy un desconocido para muchos; esto representa la más grande de las pobrezas y el mayor obstáculo para el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana. Ella nos impulsa a ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas, llamados a construir con nosotros una «ciudad fiable»”.

HOMILIA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

DOMINGO 5 DE DICIEMBRE DE 2016

Estamos ya en la segunda semana de Adviento, de nuestro camino de preparación a la venida del Salvador, y la liturgia de la Palabra nos presenta dos figuras que han tenido un rol importante en preparar al pueblo de Israel a acoger al Señor: el profeta Isaías y Juan el Bautista. Isaías, con su palabra profética, anunció la llegada del Mesías siete siglos antes de su nacimiento. Lo hemos escuchado en la 1era lectura:” Saldrá una rama de la estirpe de David,… y sobre él reposará el Espíritu del Señor… y se regirá como estandarte para los pueblos”.

Estas palabras de Isaías son un canto a la esperanza en el Mesías sobre el cual reposará el Espíritu del Señor quien lo colmará con los dones de la sabiduría, la inteligencia y la fortaleza para que gobierne con justicia y equidad, defienda al desvalido y al pobre y elimine a los que promueven la injusticia y hacen imposible la paz. Su misión es instaurar un Reino de paz, como una nueva creación que alcance a todas las creaturas, un nuevo paraíso terrestre donde reine una convivencia armónica entre el hombre y todo el creado, descrito con imágenes hermosas de animales domésticos que conviven pacíficamente con los salvajes: el lobo y el cordero, el leopardo y el cabrito, todos conducidos por un niño pequeño.

El otro personaje es Juan el Bautista que recibe de Dios la misión de abrir paso a la inminente llegada del Señor en medio del pueblo Judío. Él inicia su tarea con un fuerte llamado: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”, y acompaña su mensaje con el testimonio coherente de una vida austera y desprendida de todos los bienes materiales, lejos de la agitación de los pueblos y ciudades, en la soledad y silencio del desierto, el lugar privilegiado del encuentro con Dios.

Con su actuación y predicación cumple con lo anunciado por Isaías: “Una voz grita en el desierto – Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos-”. Este accionar del Bautista nos indica que para prepararnos a recibir la Señor, hace falta hacer silencio en nuestro corazón, hacer callar tantas voces y preocupaciones superficiales e innecesarias, allanar nuestras soberbias y orgullos, rellenar nuestras debilidades y vacíos interiores y desprendernos de nuestros apegos. Hay que tener una intimidad con Dios y escuchar su voz que nos apremia a un cambio radical en nuestra vida.

A pesar del llamado exigente del Bautista, muchas personas acuden a al desierto para escucharlo, entre ellos saduceos y fariseos miembros de clases poderosas de Israel. Juan no se acobarda ni se calla, por el contrario los denuncia con valentía: “¡Raza de víboras! Produzcan frutos de sincera conversión” y les increpa a no escudarse detrás de sus falsas seguridades religiosas levantando el nombre de Dios en vano. Sin embargo, el Bautista no les cierra la posibilidad de la salvación, pero les dice claramente que serán parte del Reino de Dios solo si producen frutos de sincera conversión y si, en sus vidas, abren el camino al Señor.

Este es un llamado de atención para nosotros a que no caigamos en la actitud hipócrita de los fariseos. No podemos presumir que somos buenos cristianos o que tenemos la seguridad de la salvación porque pertenecemos a algún grupo apostólico, porque cumplimos determinadas devociones o prácticas religiosas, porque hacemos algunas buenas obras de beneficencia. Si no hemos encontrado personalmente al Señor y si toda nuestra vida no se rige de acuerdo al Evangelio, en vano habremos hecho todo eso.

Conviértanse porque el Reino de Dios está cerca”. Juan el Bautista pide la conversión al Reino de Dios predicando el temor de los castigos, Jesús en cambio, hará el mismo anuncio pero pidiendo amor en respuesta a su amor que lo ha animado a venir a buscar y salvar lo que estaba perdido. Y de hecho, no podía haber mayor expresión de amor y cercanía de la de Jesús, el hijo de Dios que se despojó de sí mismo para asumir nuestra condición humana y hacernos cercano el reino de los Cielos.

Convertirnos al reino de Dios significa un cambio de mentalidad y conducta, de la manera de ver nuestra vida, los valores que la orientan, y las perspectivas de la sociedad y de la historia.

 Convertirnos al reino de Dios es acoger y dejarnos cautivar por el amor misericordioso y entrañable del Padre que nos quiere como hijos. Es el legado que nos ha dejado también el Papa Francisco con la Exhortación Apostólica “Misericordia et mísera” al clausurar el Año de la Misericordia. Estas dos palabras están tomadas de san Agustín en su comentario al encuentro entre Jesús y la adúltera. Jesús es la Misericordia que se encuentra con la Mujer sumida en la Miseria del pecado.

Convertirnos al reino de Dios es ser parte activa del reino de vida, de bondad, perdón, justicia y paz que va creciendo en medio de la humanidad, en humildad y dolor. El Papa Francisco, en la misma carta, nos hace tomar conciencia de lo que pasa en nuestro mundo y nos anima a actuar. “Es el momento de dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia…Todavía hay poblaciones enteras que sufren hoy el hambre y la sed, y despiertan una gran preocupación las imágenes de niños que no tienen nada para comer.

Grandes masas de personas siguen emigrando de un país a otro en busca de alimento, trabajo, casa y paz. La enfermedad, causa permanente de sufrimiento… las cárceles, lugares en los que, con frecuencia, hay condiciones de vida inhumana… el analfabetismo, todavía muy extendido…y otros sufrimientos. Dios mismo sigue siendo hoy un desconocido para muchos; esto representa la más grande de las pobrezas y el mayor obstáculo para el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana. Con todo, las obras de misericordia, corporales y espirituales, constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social. Ella nos impulsa a ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas, llamados a construir con nosotros una «ciudad fiable»”.

Convertirnos al reino de Dios, la gran esperanza que sostiene nuestra historia personal y la de la humanidad. La salvación es un don gratuito de Dios, fruto del amor que nos tiene. A nosotros nos toca dar una respuesta libre, produciendo frutos de sincera conversión: crecer en la fe y en el amor, comprometernos con el Reino de Dios, testimoniarlo en la vida de cada día, desde nuestro hogar, nuestro trabajo o profesión y desde las responsabilidades de cada uno en los distintos ámbitos de la sociedad.

Cada paso que damos en este Adviento para amar al Señor, tener los mismos sentimientos unos hacia otros y solidarizarnos con los pobres y los últimos de nuestra sociedad, haremos campo en nuestro corazón para acoger con alegría al Mesías que viene en la humildad y pobreza de Belén. Amén

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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