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sábado 7 diciembre 2019
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“Es hora de que los cristianos nos despertemos y levantemos de la indiferencia y pasividad y de una vida cristiana tibia”

El Domingo anterior la liturgia de la palabra nos presentaba el signo del agua, hoy pone ante nuestros ojos el signo de la luz, dos símbolos fundamentales de la vida humana y de la experiencia cristiana, a la que hemos tenido acceso gracias al don de la fe recibida en el bautismo y que nos acompañan en el camino de purificación que nos acerca más a la Pascua.

Toda la Cuaresma, escuela de fe y de vida cristiana, nos ayuda a profundizar acerca de la importancia y la incidencia del Bautismo, el don que, por la muerte y resurrección de Cristo, nos hace partícipes de la salvación. Este sacramento da inicio a nuestra aventura entusiasmante de ser discípulos, el acto decisivo que guía y rige toda nuestra existencia. Es significativo que la Iglesia primitiva llamaba al Bautismo “iluminación”, la luz que disipa las tinieblas de la condición humana y abre horizontes luminosos de esperanza.

El evangelio nos dice que Jesús, en su andar misionero, se cruza con un “ciego de nacimiento”, un hombre muy sufrido por la ceguera, pero sobre todo probado por ser excluido, descartado de la sociedad y sin dignidad, porque la enfermedad congénita era considerada consecuencia del pecado, como si Dios estuviera cobrando por alguna maldad cometida. Influenciados por esa creencia, los discípulos preguntan a Jesús: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» Su repuesta es lapidaria: «Ni él ni sus padres han pecado… nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios». Con estas palabras Él desbarata ese pensamiento dejando en claro que la enfermedad es tan solo un signo de la fragilidad de la naturaleza humana de la que no somos culpables, y que más bien su enfermedad es ocasión para que en él se manifieste el amor de Dios que salva. Jesús en seguida pasa a la acción y manda al ciego: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé». No es el ciego que pide, él no ve, ni conoce a Jesús, pero obedece, va a lavarse y recupera la vista y más que la vista; recobra su dignidad de persona, su libertad e independencia que le hace ser gestor de su propia vida. La luz de la gracia es el don de Dios que nos libera de la ceguera del pecado y nos devuelve la vista del espíritu y la dignidad de hijos de Dios. Está en nosotros aceptar su oferta, ir a lavarnos con el agua de la vida que nos da Jesús y confirmar las promesas del bautismo.

La gente asombrada ante el prodigio pregunta al ciego: «¿Cómo se te han abierto los ojos?». Él responde: «Ese hombre que se llama Jesús». En ese momento, para él Jesús es solamente un hombre, aún le queda camino para que, con la luz del Espíritu, lo reconozca como Mesías. Aunque lo hace muy pronto en su respuesta a la pregunta formulada por los fariseos: “Es un profeta”. Ya lo reconoce como hombre de Dios, ya ha dado un paso más para descubrir la verdad acerca de Jesús.

Ante el interrogatorio siempre más cerrado y las presiones de los fariseos que buscan confundirlo con medias verdades y amenazas, el ciego se improvisa maestro dándoles una buena lección, con una cierta ironía y una argumentación indiscutible: “Si Jesús no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada”. Con esta afirmación el hombre da otro paso, ahora lo descubre como enviado de Dios y está cerca de la profesión definitiva de fe. Le falta el último paso y lo hace ante Jesús mismo que le pregunta: «¿Crees en el Hijo del hombre?… Creo, Señor», y acompaña su profesión de fe postrándose ante él, un gesto de adoración reservado a Dios.

Ahora sí reconoce en Jesús el ¡Señor!, la luz de la humanidad, «Yo soy la luz del mundo». Jesús es la luz que nos pide mirar hacia adelante, hacia Él que ilumina nuestro camino de conversión y liberación y que nos abre a la fe y a la esperanza, para que dejemos atrás el pasado de pecado y las tinieblas de la incredulidad.

Ante la actuación de Jesús, hemos visto dos reacciones contrarias: el ciego, se llena de alegría y fortaleza no solo por la vista recobrada sino por el don de la fe y de la salvación. En cambio los fariseos, obcecados por su orgullo y prejuicios buscan con todos los medios negar que esa sanación sea obra de Dios, porque se ha realizado en el Templo y en día sábado, el día del descanso total en el que no se podía hacer ningún trabajo. Ellos al no querer ver y entender el signo que Jesús ha hecho privilegiando a la persona por encima de sus normas, quedan envueltos en sus tinieblas y pierden la oportunidad de llegar a la luz de la verdad.

En su ceguera deliberada, ellos se han vuelto el símbolo del pecado en contra del Espíritu Santo, en contra de la verdad, y símbolo del rechazo voluntario de la fe en Dios y de la incredulidad consentida. Este pecado es el único que no puede ser perdonado, porque se impugna consciente y libremente la verdad conocida. Jesús pone en evidencia la gravedad de esa actitud: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como ustedes afirman que ven, se quedan en el pecado.” Para Dios, el verdadero pecado está en el orgullo y la pretensión de creernos justos, de que nosotros sabemos qué es bien y qué es mal, siendo al mismo tiempo jueces y parte, rechazando expresamente la luz de la verdad que viene del Señor.

Jesús, luego deja bien en claro cuál es su misión: “Yo he venido al mundo para un juicio: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos”. Él ha venido a salvar a los que, reconociendo su situación de pecadores se abren a la gracia de Dios, pero deja a la merced del mal a los que se resisten a su amor, a la luz y a la gracia. La primera lectura, también nos habla de la luz, al invitarnos a mirar a los acontecimientos de la vida con los ojos y al modo de Dios.

“El hombre mira a las apariencias, Dios mira al corazón”. La mirada del Señor se fija en David, el más pequeño de ocho hermanos, y lo saca de pastorear al rebaño para ungirlo rey de Israel, en quien no se habían fijado ni su padre ni el profeta Samuel. Acá se manifiesta la lógica de Dios, que hace grandes cosas no en los grandes sino en los humildes, como con la Virgen María, elegida para ser la madre de Jesús. Lo hemos celebrado ayer en la entrañable solemnidad de la Anunciación del Señor.
San Pablo también nos desafía a vivir como hijos de la luz: «Antes ustedes eran tinieblas, pero ahora Uds. son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad». Vivir como hijos de la luz y dar frutos de luz, es seguir el itinerario de fe del ciego de nacimiento, reconociendo que necesitamos convertirnos del mal y confirmarnos en la fe en Dios.

Dar frutos de luz, amando y practicando la misericordia y la bondad, las fuerzas que vencen toda resistencia, que llenan de amor el corazón y que consuelan con el perdón.
Dar frutos de luz, poniendo nuestra confianza en Dios, actuando con justicia hacia el próximo y luchando en contra de todas clases de injusticias que destruyen la convivencia de paz y fraternidad.
Dar frutos de luz, buscando la verdad, denunciando las mentiras, las cortinas de humo y los engaños de la cultura de muerte que extiende sus tentáculos en la sociedad.

Es urgente que nos avivemos y seamos luz como nos dice San Pablo: “Despiértate tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará”. Es hora de que los cristianos nos despertemos y levantemos de la indiferencia y pasividad, del anonimato y del conformismo de una vida cristiana tibia para que, iluminados por el Espíritu, salgamos a anunciar con alegría el Evangelio, dando un testimonio valiente y coherente de Jesús, la luz de la verdad, don inestimable recibido en el bautismo. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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