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domingo 29 marzo 2020
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Arzobispo: “El cordero de Dios quita el pecado y nos anima a descubrir la presencia liberadora del Señor en medio de las dificultades”

Campanas. Desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, aseguró que la palabra de Dios de hoy nos afianza en nuestra fe en Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado y los males del mundo, y nos anima a descubrir la presencia liberadora del Señor en medio de esos peligros y dificultades.

Así mismo nos invitó a que animados por su cercanía digamos sí a Dios y seamos misioneros del evangelio, dando testimonio de que Él es la respuesta a nuestras inquietudes y preguntas vitales, Aquel que nos colma de felicidad y paz.

El Arzobispo de Santa Cruz, afirmó que  siguiendo el ejemplo del Servidor del Señor, de Jesús y de San Pablo, nosotros estamos llamados a decir nuestro sí a Dios que nos ha llamado a anunciar la Buena Noticia de Jesús que, por amor, ha muerto y ha resucitado para nuestra salvación.  Llamados a testimoniar que, por la gracia del bautismo, nosotros somos participes de su vida y misión.

También Monseñor Sergio afirmó que nuestro sí a Dios implica un cambio radical en nuestra manera de pensar y actuar, a tener una mirada de fe sobre nuestra vida personal y social donde todavía está presente el pecado, aunque no se lo llame pecado.

Es el mal de las divisiones en la familia, de los feminicidios e infanticidios, de la pobreza, de la explotación, de la marginación y de la violación de los derechos humanos. Es el mal de la violencia y de las armas, de la destrucción de los bienes e instituciones del Estado, de la falta de respeto del otro, de las descalificaciones personales, de los enfrentamientos, de los atentados a la paz y a la convivencia fraterna, el mal del desprecio de la justicia, la libertad y la verdad, dijo el Arzobispo.

 

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

19/01/2020

Las lecturas de este domingo nos presentan la vocación de tres personajes bíblicos: “el Servidor del Señor”, Jesús y San Pablo, llamados por Dios a cumplir cada uno una misión específica. Un aspecto común a resaltar es que los tres elegidos dicen sí a Dios. El primer personaje, presentado por el profeta Isaías, es el “Servidor del Señor al que Dios le tiene reservada desde el seno materno la misión de reunir a los Israelitas desterrados en distintas regiones y llamarlos a la conversión de sus infidelidades e idolatrías renovando la alianza con Dios.

En el cumplimiento de su misión, el “Servidor del Señor” choca con la indiferencia y el rechazo de los Israelitas, como demuestra su desahogo: “En vano me fatigué, para nada, inútilmente he gastado mi fuerza“. Pero, a pesar de las hostilidades, encuentra la fuerza de seguir adelante porque experimenta la cercanía y el auxilio de Dios: “Mi derecho está junto al Señor y… yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza“. Este “Servidor del Señor” es el símbolo de todos los profetas de Israel y de los sufrimientos y obstáculos que enfrentaron como portavoces de Dios, y en particular de Jesús,  el “Servidor del Señor” por excelencia.

En efecto Jesús, en el cumplimiento de la misión recibida del Padre, de anunciar la Buena Noticia del reino de Dios con el poder de liberar a los poseídos por los espíritus malignos, de perdonar a los pecadores y de sanar enfermos, es rechazado por las autoridades civiles y religiosas. Sin embargo y a pesar de la oposición y persecución, Él no se acobarda ni desiste de su misión y, sin ofrecer resistencia alguna, acepta libremente y por amor la muerte en la cruz, en obediencia al Padre y en solidaridad con nuestra condición humana. De esta manera Jesús llega a ser la luz que disipa las tinieblas y oscuridades del pecado, los miedos y turbaciones de la humanidad, trayendo la salvación a todos los pueblos: “Yo te destino a ser luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra“.

El Evangelio de hoy, nos muestra a Juan el Bautista que presenta a Jesús con la imagen muy presente en la Biblia: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La expresión “Cordero de Diosrecuerda al cordero de la pascua del pueblo judío, conmemorando su liberación de la esclavitud de Egipto y también los corderos del sacrificio cotidiano de expiación y comunión en el templo de Jerusalén, ofrecidos para la reparación de los pecados del pueblo y para la reconciliación y la comunión con Dios y los hermanos.

Juan el Bautista al profesar su fe en Jesús “cordero de Diospreanuncia su muerte violenta en cruz, como cordero inocente y pacífico que, por su sangre, no solo lava y purifica el pecado del pueblo de Israel, sino que “quita el pecado del mundo”, liberando a la humanidad entera de la esclavitud del mal y la muerte.

Jesús “quita el pecado“, “no los pecados”, es decir el pecado que está al origen de todos los demás. Es el pecado de desconocer el reinado de Dios, el pecado de la soberbia y del orgullo de creerse iguales a Dios y dueños de su propia vida y destino, el pecado de la autosuficiencia que hace prescindir del Señor y de su plan de salvación, el pecado de la desobediencia a su voluntad parar vivir según sus propios caprichos y antojos, el pecado que lleva a la muerte espiritual.

Es el pecado original, no en el sentido de que es el primero en el tiempo, el que ha cometido la primera pareja humana engañada por el maligno, sino que es el pecado que causa y subyace a todos los pecados de todos los seres humanos. Jesús no se conforma con perdonar los pecados, sino que “quita el pecado” de nuestra existencia, poniendo en nuestro ser el germen de la vida divina y eterna de Dios.

Él es el “Cordero de Dios” ofrecido en la nueva Pascua, la nueva alianza que supera la antigua y anula, de una vez por todas, la sangre de los animales. La certeza de que Jesús nos ha liberado y redimido del pecado para que seamos hijos de Dios, compartamos su vida y caminemos en su amistad, nos colma de gozo y esperanza y nos fortalece en la vivencia de nuestra vocación cristiana.

Este es el llamado que nos hace también San Pablo, el tercer personaje que nos presenta la Palabra de Dios. En el saludo inicial de su carta a los cristianos de Corinto (2ª lectura) Pablo se presenta como “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios“, enviado para anunciar la buena noticia de que “hemos sido santificados en Jesucristo y que estamos llamados a ser santos en el nombre de Jesús”.

 Santificados es lo mismo que salvados, por eso estamos llamados a ser santos, a vivir conforme a esta nueva realidad y a dejar a un lado el espíritu mundano. Pablo nos da el ejemplo: de pecador y perseguidor de Jesús, se convierte en su discípulo y apóstol que entrega toda su vida a anunciar el evangelio, superando toda clase de persecuciones hasta derramar su sangre por el Señor.

Siguiendo el ejemplo del Servidor del Señor, de Jesús y de San Pablo, también nosotros estamos llamados a decir nuestro sí a Dios que nos ha llamado a anunciar la Buena Noticia de Jesús que, por amor, ha muerto y ha resucitado para nuestra salvación.  Llamados a testimoniar que, por la gracia del bautismo, nosotros somos participes de su vida y misión. Nuestro sí a Dios implica un cambio radical en nuestra manera de pensar y actuar, a tener una mirada de fe sobre nuestra vida personal y social donde todavía está presente el pecado, aunque no se lo llame pecado.

Es el mal de las divisiones en la familia, de los feminicidios e infanticidios, de la pobreza, de la explotación, de la marginación y de la violación de los derechos humanos. Es el mal de la violencia y de las armas, de la destrucción de los bienes e instituciones del Estado, de la falta de respeto del otro, de las descalificaciones personales, de los enfrentamientos, de los atentados a la paz y a la convivencia fraterna, el mal del desprecio de la justicia, la libertad y la verdad.

La palabra de Dios de hoy nos afianza en nuestra fe en Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado y los males del mundo, y nos anima a descubrir la presencia liberadora del Señor en medio de esos peligros y dificultades. Animados por su cercanía digamos sí a Dios y seamos misioneros del evangelio, dando testimonio de que Él es la respuesta a nuestras inquietudes y preguntas vitales, Aquel que nos colma de felicidad y paz.

Hoy hemos tenido la oportunidad de profundizar el sentido de la expresión “Cordero de Dios, palabras que pronunciamos tres veces en la Santa Misa y que el sacerdote dice al presentar la hostia consagrada, el Cuerpo de Cristo: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. En cada Eucaristía, digamos estas palabras con recogimiento, espíritu de adoración y gratitud a Dios, por el don de su Hijo que quiso quedarse para siempre con nosotros y que entregó su vida como cordero inocente para quitar el pecado de toda la humanidad.

Confiados en la cercanía y amor paternal de Dios hagamos nuestra la oración del salmista, abramos nuestro oído y corazón a su palabra y renovemos con generosidad nuestro sí a su llamada: “Señor me has abierto el oído… Aquí estoy, para hacer tu voluntad.  Amén

 

Oficina de Prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Graciela Arandia de Hidalgo



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