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domingo 22 septiembre 2019
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Monseñor Sergio dice que despenalizar el aborto es nefasto para Bolivia y llama a defender la Vida

Con mucha contundencia, el Arzobispo de Santa Cruz pidió a los parlamentarios actuar en conciencia y no en base a consignas. Criticó que se quiera acabar con la pobreza eliminando a los pobres e indefensos.

En referencia a la aprobación de leyes en nuestro país, Monseñor Sergio dijo que “Parecería que hay corrientes interesadas en edificar un cultura y una sociedad sin ninguna referencia a principios y valores objetivos, válidos para todos, donde el abuso y el gusto de cada cual se presenta como derecho, la mentira como verdad, la arbitrariedad como justicia, el propio interés como bien común, la corrupción como honradez y los verdugos como víctimas”

La pretendida intención de despenalizar el aborto en Bolivia, fue calificada por Monseñor Sergio como un plan “funesto” y que contradice la Constitución Política del Estado “…la influencia de este plan funesto se nota también en nuestro país.  Es de estos días la noticia de que hay un proyecto de ley del Código del sistema Penal en el que, contradiciendo el derecho a la protección de la vida consignado en la Constitución, se pretende introducir más causales para la despenalización del aborto, entre otras la pobreza, como si se resolviera la pobreza eliminando a los pobres e indefensos”.

“También en el Parlamento se está considerando la aprobación de las Convenciones Interamericanas en contra de toda forma de discriminación e intolerancia. Si bien, como cristianos condenamos plenamente toda forma de discriminación, sin embargo el contenido revela otra intención: la de limitar la libertad de expresión y la libertad religiosa y de enseñanza.

Por eso, ante temas tan delicados que atañen a la vida y libertad de todos los bolivianos, es indispensable que los parlamentarios actúen en conciencia delante de Dios y no en base a consignas y otros intereses, y que se opongan firmemente a la aprobación de estas leyes nefastas”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

DOMINGO 12 DE MARZO DE 2017

Ya hemos recorrido diez días del camino cuaresmal hacia la Pascua siguiendo las huellas de Jesús y hoy subimos con el y los discípulos al monte Tabor para participar de la Transfiguración. Este hecho acontece a los inicios del viaje de Jesús a Jerusalén después haber anunciado a sus discípulos que allí lo esperan la pasión y la muerte, y además de haberles aclarado que, si ellos quieren ser sus seguidores, también tienen que cargar con la cruz.

Los discípulos, ante el escándalo de la cruz, sienten miedo y desconcierto como atestigua la reacción de Pedro: ”Lejos de ti, Señor! De ningún modo te sucederá esto!” Ellos están convencidos que en Jerusalén serán recibidos triunfalmente por eso no pueden pensar en un desenlace fatal de la misión de Jesús.

Ante el desánimo y las dudas de los discípulos, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, en representación de todos los discípulos, y sube con ellos al monte Tabor y les hace partícipes de su Transfiguración para que, llegado el momento de la pasión, no desfallezcan ni se acobarden.: “Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Toda la figura de Jesús se transforma y se vuelve resplandeciente, como anticipo de su victoria sobre la cruz y de su manifestación definitiva y gloriosa de Resucitado y de la dimensión divina de su ser en la gloria del Padre.

De pronto, a lado de Jesús se aparecen Moisés y Elías dialogando con él, símbolos respectivamente de la ley y de los profetas del Antiguo Testamento. Su presencia indica que Jesús es aquel que da cumplimiento a la ley y la profecía, representadas por los dos grandes personajes, instaurando la nueva alianza de la humanidad con Dios.

Los apóstoles ante Jesús transfigurado se sienten muy bien y en paz, al punto de desear instalarse ahí: “Qué bien estamos aquí… levantaré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Mientras están gozando de ese momento, una nube luminosa los envuelve a todos. La nube es signo de la presencia de Dios, presencia real pero que no se puede definir ni instrumentalizar. Y desde la nube se oye una voz: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Ya no puede haber dudas, Jesús de Nazareth, con quien ellos han compartido por mucho tiempo la misión y la vida cotidiana, es el Hijo amado de Dios Padre. Ante la voz y la “nube luminosa” ellos caen con el rostro en tierra, llenos de temor por la presencia de Dios mismo. Jesús se acerca, los toca y los anima: ”No tengan miedo”. Es el momento de alzar los ojos y colocar su mirada en Jesús, de abrir los oídos y escuchar su palabra y reconocerlo como el centro de su camino de fe, aquél que les proporciona la fortaleza para seguirlo.

Es también la fe que, como escuchado en la 1ra lectura, Dios pide a Abrahán cuando le manda: “Sal de tu tierra, la casa de tu padre y ve al país que Yo te mostraré”. Abrahán cree en Dios, deja sus parientes, tierra, entorno social y todas sus seguridades y, con mucha valentía, se pone en camino hacia lo desconocido, confiado sólo en la promesa del Señor. “Por la fe Abrahán partió sin saber adónde iba” (Hb). La fe es confianza plena en el Señor, que mueve a convertirnos y transfigurarnos cumpliendo su palabra, inicio de una vida nueva.

Como Abrahán, también San Pablo, gracias a la confianza puesta en el Señor, ha encontrado la fortaleza de superar las grandes pruebas e incontables sufrimientos experimentados durante su misión. La fe en Jesús y en el Evangelio es su razón de ser y de vivir, por eso con entusiasmo invita a su discípulo y colaborador Timoteo a que siga sus pasos: “Comparte conmigo los sufrimientos por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios… El nos salvó y nos eligió… por su propia iniciativa y por su gracia”.

También nosotros, estamos llamados a poner nuestra fe y confianza en Jesús, a subir con él al monte Tabor, a transformarnos, a desinstalarnos de la mediocridad, a dejar vanidades, a hacer callar tantas palabras vacías, a superar las dudas y vivir la experiencia extraordinaria del encuentro con el Señor que nos hace personas nuevas y que nos ofrece un día “la gloria”, condición definitiva de los discípulos. Sin embargo, solo logramos esta meta si, como y con él, cargamos con la cruz, porque la vida cristiana no es el paraíso ya alcanzado, sino el final de un camino arduo, marcado por pruebas y sufrimientos, que exige fortaleza y perseverancia.

En los momentos difíciles, cuando nace el desánimo y la tentación de desistir del seguimiento de Jesús, tenemos que recurrir a la palabra del Señor: “escúchenlo”. “Escuchar al Señor”, es algo más que oír su palabra, es hacerla vida en nosotros, es caminar por sus sendas con firmeza y decisión, y es encarnarla en la realidad de nuestro mundo de hoy.

“Escuchar al señor” es cumplir, como Abrahán, con su mandato: “Sal de tu tierra”, salir de de nosotros mismos, de nuestros esquemas, modos de pensar y criterios de juicio, dejar nuestras seguridades y nuestras presunciones para seguir a Jesús y convertirnos en signo de esperanza, de vida y bendición para los demás.

“Escuchar al Señor” es superar nuestros miedos y dejarnos tocar por la mano de Jesús que nos invita: “Levántense, no tengan miedo”. Sus palabras y su toque nos alientan y nos dan la fuerza de levantarnos y de perder todo temor, porque él está a nuestro lado y sostiene nuestra esperanza de que nuestra transfiguración y conversión tendrán éxito.

“Mientras bajaban del monte”. Jesús no permite que los apóstoles hagan tres tiendas e interrumpan la misión que les espera. Con el ardor brotado por esa experiencia maravillosa, tienen que bajar del monte para reemprender el camino hacia Jerusalén, hacia la misión y pasar por la terrible experiencia de la pasión y muerte de Jesús.

Como los apóstoles, también nosotros no podemos guardar para nosotros mismos la experiencia gratificante del encuentro con Dios que nos transfigura, tenemos que bajar del monte, salir de la seguridad de nuestra comunidad eclesial, para compartir nuestra fe con los demás, en especial con los que no conocen a Jesús, con los que se han alejado y con los desfigurados de nuestra sociedad.

Hace falta que seamos testigos de la luz de Jesús transfigurado en medio de un mundo asechado por tantos hechos de muerte, entre noticias y acontecimientos contradictorios que se sobreponen y entre el temor y el desconcierto ante la falta de un rumbo certero.
Parecería que hay corrientes interesadas en edificar un cultura y una sociedad sin ninguna referencia a principios y valores objetivos, válidos para todos, donde el abuso y el gusto de cada cual se presenta como derecho, la mentira como verdad, la arbitrariedad como justicia, el propio interés como bien común, la corrupción como honradez y los verdugos como víctimas.

La influencia de este plan funesto se nota también en nuestro país. Es de estos días la noticia de que hay un proyecto de ley del Código del sistema Penal en el que, contradiciendo el derecho a la protección de la vida consignado en la Constitución, se pretende introducir más causales para la despenalización del aborto, entre otras la pobreza, como si se resolviera la pobreza eliminando a los pobres e indefensos.
También en el Parlamento se está considerando la aprobación de las Convenciones Interamericanas en contra de toda forma de discriminación e intolerancia. Si bien, como cristianos condenamos plenamente toda forma de discriminación, sin embargo el contenido revela otra intención: la de limitar la libertad de expresión y la libertad religiosa y de enseñanza. Por eso, ante temas tan delicados que atañen a la vida y libertad de todos los bolivianos, es indispensable que los parlamentarios actúen en conciencia delante de Dios y no en base a consignas y otros intereses, y que se opongan firmemente a la aprobación de estas leyes nefastas.

La Transfiguración del Señor, en efecto, no sólo nos llama a una transformación personal, sino también a la transformación del rumbo actual de la sociedad. Si queremos que todos contemos con condiciones de vida digna y en paz, hay que poner las bases firmes de las relaciones interpersonales sobre los valores humanos y cristianos de la verdad, la libertad, la justicia, el amor, el respeto de los derechos humanos y la dignidad de todo ser humano, sin discriminación alguna. Siguiendo las palabras del salmo, estamos llamados a ser testigos de la luz del Señor que “ama la justicia y el derecho” y que en verdad: “llena la tierra de su amor”. El camino de la transfiguración que nos lleva a la vida nueva de la Pascua, está trazado, es Jesús mismo: ”Escuchémoslo”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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