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martes 15 octubre 2019
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Monseñor Sergio: El único camino de vida es cumplir con la ley de Dios

En la 1era lectura de este domingo Dios nos pone ante una opción para que nosotros decidamos, él no se impone ni nos obliga, respeta nuestra libertad y dignidad. “Si quieres, puedes observar los mandamientos y cumplir fielmente lo que agrada al Señor… Él pone ante ti el fuego y el agua: extiende la mano hacia lo que quieras. Ante los hombres están la muerte y la vida; a cada uno se le dará lo que él escoja”. Dios nos ha dado la suficiente capacidad para escoger, a cada uno la responsabilidad de elegir: o el camino de la vida, siguiendo fielmente los mandamientos o los caminos de muerte, viviendo según nuestros antojos y caprichos.

En el Evangelio, Jesús reafirma que el único camino de vida es cumplir con la ley de Dios: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús proclama con fuerza que ha venido no solo a ratificar la validez y la vigencia de la ley, sino a darle pleno cumplimiento y su verdadero sentido, que ya se había perdido en el pueblo de Israel.

En varias oportunidades él denunció la interpretación y la manera de aplicar la ley por parte de los fariseos y los rabinos, porque estaban más atados a la letra que al espíritu y porque llegaban al punto de anular la palabra de Dios anteponiendo la tradición que ellos mismos se habían transmitido. Implementaron una infinidad de preceptos y reglas que normaba la vida de las personas hasta en los más mínimos particulares, imponiendo a los demás cargas insoportables, que pero ellos no las asumían: “”¡Ay de ustedes, maestros de la Ley, que ponen sobre los hombres cargas difíciles de llevar, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo” (Lc 11,46).

Jesús, verdadero maestro de vida, con gran autoridad rechaza esta “justicia de los fariseos”, e indica cual es el camino para entrar en el dinamismo de la justicia de Dios, el Reino de Dios. Él quiere que conozcamos su proyecto y el espíritu que está detrás de la letra de la ley, para que adhiramos libremente a la misma y la acojamos con disponibilidad y fidelidad.

A continuación Jesús, a modo de ejemplo, se detiene a presentar algunos mandamientos de la ley de Moisés y la manera correcta de entenderlos en su verdadero sentido y en todo su alcance. Veamos la nueva visión de Jesús acerca de dos de estos mandamientos, muy actuales también en nuestra realidad.

“Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: no matarás… Pero yo les digo” todo el que tiene pleito, peleas, el que insulta al hermano…”. En la fuerte contraposición: “Ustedes han oído”, “pero YO” resalta la autoridad de Jesús sobre la ley. No matar, no es solo la prohibición de matar físicamente a una persona humana, sino la también la prohibición de matar moralmente, con la calumnia, y la mentira, pisoteando la verdad de los hechos. El refrán popular: “mata más la lengua que la espada” confirma que sigue siendo una práctica muy común descalificar con todos los medios al que se considera adversario y hasta perseguirlo a través de una justicia servil condenándolo a una muerte moral.

Otra manera de matar es la indiferencia y la ceguera egoísta ante las necesidades y humillaciones de tantos hermanos. El afán por los propios intereses y el apego al dinero, impide salir de nosotros mismos, prestar oído a la palabra de Dios y al clamor de tantas personas que luchan por la sobrevivencia. Esta semana hemos conocido el estremecedor hecho de una joven madre embarazada que, desesperada por encontrarse sola y sin medios para una vida digna, ha envenenado a sus dos hijitos y luego se quitó la vida. Independientemente de las circunstancias y personas involucradas, ante hechos como estos no podemos quedarnos en una conmoción pasajera, sino que tenemos que cuestionarnos a todos, porque son signo de que somos parte de una sociedad que, sumida en la lógica egoísta del consumismo y del individualismo, nos vuelve ciegos y sordos ante los sufrimientos y problemas de las personas. Las palabras de Jesús ponen en evidencia cuánto valga a los ojos de Dios la vida de cada persona, y cuanta preocupación y amor Él tiene hacia todos sus hijos, sin distinción alguna.

Por eso Jesús llama a todo cristiano y la Iglesia al compromiso indefectible de la defensa de la vida en todos los ámbitos y en todas sus etapas desde la concepción hasta la muerte natural y a la solidaridad con los pobres y necesitados.

Un segundo mandamiento que Jesús pone en su justa luz: “Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero YO les digo: el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón… El que se divorcie de su mujer, debe darle un acta de divorcio.” Pero YO les digo: el que se divorcia de su mujer la expone a cometer adulterio…

Jesús, en cuanto al matrimonio, re-propone el plan original de Dios, entendido como una alianza de amor para toda la vida entre un varón y una mujer, signo de la alianza de Dios con su pueblo: “¿Acaso no han leído que desde el principio el Creador los hizo varón y mujer?… Por esto el hombre abandonará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y formarán una sola carne… Por tanto ¡lo que Dios ha unido, el hombre no lo separe!”. Y si Moisés concedió al varón la posibilidad de divorciar, fue a causa de la terquedad del pueblo elegido, pero ahora Jesús con firmeza pone en vigencia el designio primario de Dios.

El papa Francisco en la carta encíclica Amoris laetitia, retomando la enseñanza de Jesús, pone de relieve la grandeza y hermosura del amor en la vida matrimonial y la enorme alegría que éste lleva consigo. En la óptica cristiana, el amor entre un hombre y una mujer unidos en matrimonio, es signo de “la comunión de vida y amor” que emana del mismo Dios, del Amor Trinitario entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Aún más, el amor entre esposos es imagen del amor de Cristo con su Iglesia y con el mundo, un amor de entrega total y sin límites. La fuerza vital del Espíritu de Dios presente en la relación matrimonial entre el hombre y la mujer, se convierten así en símbolo permanente de la nueva humanidad llamada a una vida definitiva y de plena comunión con Dios.

Desde la enseñanza de Jesús, nos damos cuenta que detrás de la ley de Dios hay una palabra: amor. Los mandamientos son instrumentos que Él ha puesto en nuestras manos para que nuestra vida se desarrolle a la insignia del amor. Nosotros nos realizamos como personas cuando instauramos una relación de confianza filial con Dios y una relación de hermanos con los demás. Así entendidos, los mandamientos son caminos que nos llevan a la vida y amor de Dios y que nos ayudan a no someternos a los falsos ídolos, portadores de muerte.

Por eso, San Agustín tiene esa afirmación tan certera y bella: “Ama y haz lo que quieras”, refiriéndose al amor auténtico, no al sentimiento pasajero ni a la pasión. Si uno ama verdaderamente a alguien, de ninguna manera lo despreciará ni le podrá hacer algún daño, más bien entregará su vida buscando el bien del ser amado.

Entendida en su verdadero sentido, la ley del Señor entonces no es otra cosa que un signo del amor de Dios, nuestro Padre, para con nosotros, el que “ve todas las cosas… y conoce todas las obras del hombre”, que nos conoce en lo más íntimo más que nosotros mismos y que nos la ofrece como luz y ayuda para que tengamos vida, seamos felices viviendo en comunión con Él y en paz y armonía con nuestro próximo.

Acoger libremente los mandamientos de Dios como su don de amor para con el ser humano, es el solo camino que abre, delante de nuestros ojos, horizontes sin ocaso de esperanza, descanso y paz, como decía San Agustín: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Hagamos nuestra la oración del salmista: “Abre nuestros ojos para que contemplemos las maravillas de tu ley y enséñanos a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón” así seremos “Dichosos al caminar en la voluntad del Señor”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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