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viernes 23 agosto 2019
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Monseñor Sergio: Nuestro destino final no está en una tumba sino en la vida nueva en Dios

En su homilía de este domingo, Monseñor Sergio habló de la fe en la resurreción y dijo que esa es una verdad fundamental acerca del sentido de la vida humana, de nuestra existencia nuestro destino final no está en una tumba, está en la vida nueva y definitiva en Dios, gracias a la victoria de Jesús sobre la muerte” señaló.

Desde la Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz aprovechó para celebrar el Día Nacional del catequista a quienes agradeció por su “servicio generoso en bien de la niñez y juventud de nuestra Arquidiócesis” y les animó a ser “signos vivos del amor de Dios y misioneros del rostro misericordioso del Padre”.

En su reflexión sobre las lecturas de este domingo, Monseñor Sergio aseguró que “Cristo aceptó libremente la muerte en cruz no para darnos una vida perecedera, sino para darnos la vida nueva y hacernos hijos de Dios. Esto es el fundamento de la certeza en la resurrección que nos espera al final de nuestra existencia terrenal.

Estas palabras de Jesús nos aseguran que la meta final de la esperanza cristiana es la manifestación plena de la vida de hijos. Nosotros creemos firmemente que Jesús es “el viviente” por Dios, y en virtud de esta vida de íntima comunión con él, somos liberados para siempre de las garras de la muerte.

Para Monseñor Sergio, la fe en la resurrección es la que “suscita también la entrega generosa a los descartados de la sociedad consumista y de mercado, la solidaridad con los pobres y los que más sufren, la honradez de los justos en medio de una corrupción generalizada, la fidelidad de los esposos ante las corrientes contrarias al matrimonio y a la familia, y la fortaleza de los que se enfrentan a leyes de muerte, como las del aborto y de la eutanasia”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 6 DE NOVIEMBRE DE 2016

Este Domingo celebramos el día Nacional del catequista, y un buen grupo de ellos están esta mañana participando con nosotros en esta Eucaristía para dar gracias a Dios, por su servicio generoso en bien de la niñez y juventud de nuestra Arquidiócesis.

Han participado de un triduo de formación con el lema: “Catequista en una Iglesia Misionera”, profundizando en la espiritualidad propia del catequista, centrada en la Palabra de Dios que les anima a ser, con humildad y en sencillez, signos vivos del amor de Dios y misioneros del rostro misericordioso del Padre. Les acompañamos en su celebración festiva con sincera gratitud por la gran misión de introducir a los niños y jóvenes en el conocimiento consciente del misterio de Cristo, y en el encuentro personal con él.

La palabra de Dios que hemos escuchado, en sintonía con la solemnidad de Todos los Santos y Conmemoración de los difuntos que hemos celebrado hace unos días, reafirman una verdad fundamental acerca del sentido de la vida humana, de nuestra existencia: nuestro destino final no está en una tumba, está en la vida nueva y definitiva en Dios, gracias a la victoria de Jesús sobre la muerte.

La primera lectura del II libro de los Macabeos nos narra una historia ejemplar de una familia judía del siglo II a. C. En medio de la persecución contra el judaísmo, desatada por Antíoco IV, aparece la figura relevante de esta familia, una madre con siete hijos, a los cuales fueron torturando y asesinando por un único motivo: su fidelidad en el Dios de la vida. Todos los 7 hijos, uno por uno, y al final la madre, resisten hasta la muerte en el cumplimiento de los compromisos adquiridos como pueblo elegido de Dios. Ellos entregaron su vida con una valentía inaudita y con la libertad de los que tienen la certeza de vivir en la verdad y la esperanza inquebrantable en la resurrección,como  expresa con valentía ante el rey el cuarto de los hermanos: “Es preferible morir a manos de los hombres, con la esperanza puesta en Dios de ser resucitados por Él. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”.

El evangelio de San Lucas nos relata que Jesús, concluida la subida a Jerusalén, aprovecha los últimos días de su vida terrestre antes de su muerte en cruz, para anunciar en el Templo, símbolo y corazón de la religión judía, la buena noticia del Evangelio de la vida y del amor.

Unos saduceos, pertenecientes a una clase social rica y aristocrática que no creía en la otra vida y de los cuales muchos eran funcionarios del templo, se acercan a Jesús para ponerlo a prueba. Le plantean, la cuestión de la resurrección de los muertos, en base a la ley del levirato del Antiguo Testamento que prescribe que: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”, garantizando de esta manera la continuidad del apellido y la línea de sucesión. Con una caricatura indigna de Dios, plantean un caso inverosímil de una mujer esposa de siete hermanos que van muriendo sin hijos y la pregunta final es ¿de quién será esposa esta mujer en la resurrección, si ha estado casada con los siete?

Jesús, en primer lugar, afirma rotundamente la resurrección de los muertos gracias a la intervención del Dios, el Dios de  los vivientes y no de los muertos, y por quien y para quien viven todos los seres humanos. Jesús sostiene que Dios, al resucitar al ser humano, lo introduce en su misma vida.

La vida nueva y plena de hijos de Dios, sin más amenazas de muerte, donde ya no hay tiempo ni espacio y donde también se verán transformadas las relaciones humanas: “Los que son dignos de la resurrección… ya no pueden morir, son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección”.

Estas palabras de Jesús nos aseguran que la meta final de la esperanza cristiana es la manifestación plena de la vida de hijos. Nosotros creemos firmemente que Jesús es “el viviente” por Dios, y en virtud de esta vida de íntima comunión con él, somos liberados para siempre de las garras de la muerte.

En efecto, Cristo aceptó libremente la muerte en cruz no para darnos una vida perecedera, sino para darnos la vida nueva y hacernos hijos de Dios. Esto es el fundamento de la certeza en la resurrección que nos espera al final de nuestra existencia terrenal.

De esta firme convicción emanan nuevos compromisos y formas de vida, a menudo incomprensibles para la sociedad actual que busca una vida despreocupada, placentera y acomodada. Es la fe en el Señor Resucitado que suscita hoy el valor de los mártires cristianos en varias partes del mundo, como esa familia presentada por el libro de Macabeos. Es la misma fe que suscita también la entrega generosa a los descartados de la sociedad consumista y de mercado, la solidaridad con los pobres y los que más sufren, la honradez de los justos en medio de una corrupción generalizada, la fidelidad de los esposos ante las corrientes contrarias al matrimonio y a la familia, y la fortaleza de los que se enfrentan a leyes de muerte, como las del aborto y de la eutanasia.

El creer que Jesús, por su muerte y resurrección, nos ha abierto también a nosotros las puertas de la vida para siempre,  cambia la visión de la realidad de este mundo. Ya no hay cabida para el miedo a la muerte, sino que resplandece la luz de la esperanza cierta y consoladora de la victoria de la vida sobre la muerte. Para nosotros cristianos, la eternidad comienza desde cuando nacemos y la vamos construyendo cada día en nuestro caminar como peregrinos hacia la casa eterna del Padre Dios.

Sin embargo, esta mirada más allá de los horizontes limitados de la historia, no nos hace desentender de nuestro compromiso ante los desafíos de cada día y de la historia, por el contrario hace surgir una esperanza serena que vence la angustia y el miedo a la muerte y es un aliciente al optimismo y al compromiso más consciente y decidido con la realidad, para que en ella se vaya manifestando el reino de Dios en toda su plenitud.

Creer en la resurrección, entonces es apostar por la vida presente y por el hombre y es exigirnos que lo que hacemos durante nuestra existencia, sea conforme al designio que Dios tiene sobre cada uno de nosotros, porque nuestro destino bienaventurado y dichoso ya ha comenzado aunque todavía no ha llegado a su plena manifestación.

La fe en la vida eterna es la respuesta al deseo profundo de nuestro corazón, de que las cosas más bellas y amadas, como la misma vida y el amor, no tengan ocaso. Expresemos nuestra fe, alegría y gratitud al Señor con las palabras del Apocalipsis que hemos escuchado en el Aleluya: “Jesucristo es el Primero que resucitó de entre los muertos. ¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Graciela Arandia de Hidalgo



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