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domingo 19 enero 2020
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Practicar la justicia no es solo un acto humano, es también una expresión de fe en Dios, dice Mons. Sergio

Practicar la justicia entonces no es solo un acto humano, es también una expresión de fe en Dios. Esta es el motivo profundo que impulsa a nuestra Iglesia a hacerse eco del clamor que se eleva en nuestro país ante la administración de la justicia corrupta, amañada, politizada y servil y que causa tantas divisiones, tensiones y sufrimientos. No puede ni podrá haber reconciliación y paz hasta que no se restablezca una justicia libre, independiente, imparcial y transparente en el respeto de las personas, de su dignidad y sus derechos.

Homilía  Completa de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz /06/05/2018

«Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor». Estas palabras maravillosas de Jesús nos deberían llenar de estupor y alegría, sin embargo a menudo nos pasan desapercibidas y nos deja indiferentes. Tal vez porque no hemos tenido una experiencia de verdadero amor o porque la palabra amor hoy se ha devaluado y se confunde con sentimiento, emoción, pasión y cualquier otra cosa. El amor del que habla Jesús, es lo que ha movido Dios a entregar a su Hijo único al mundo para nuestra salvación y lo que ha impulsado al mismo Jesús a la entrega total de su vida hasta la muerte en cruz.

Es el «amor de comunión de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo», del que somos partícipes por la libre iniciativa de Dios, amor de profunda unión de voluntades, de correspondencia de intentos y entrega recíproca y total. San Juan, en 2da lectura que hemos escuchado, resume en dos palabras este misterio: “Dios es amor”, el Amor por excelencia y en sumo grado que nos fascina por su encanto y que se manifiesta en el bien, la verdad y la belleza.

Tan solo el hecho de saber que hemos recibido este don, debería movernos a amar a Dios como enamorados, con gratitud y alegría. Lo asombroso es que Jesús además nos indica también el camino para sumergirnos en esa corriente de amor: «Permanezcan en mí amor». No tenemos que inventar ni buscar nada, porque ya estamos inmersos en su amor, sencillamente tenemos que quedarnos en él y dejarnos amar, y no huir ni abandonarlo.

Pero, a veces nuestra respuesta es otra: elegimos amores secundarios y falsos, nos apegamos a bienes ilusorios y pasajeros que nos dejan vacíos e insatisfechos u optamos por encerrarnos en la esterilidad egoísta de nuestro propio yo. Ante esta realidad, Jesús, como buen maestro, nos indica cómo hacer para no caer en esas tentaciones y para que el amor a Dios no se quede en puro sentimiento, sino que se vuelva realidad en nuestra vida: «Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado». Jesús nos habla de un mandato, no al estilo de una ley humana que se nos impone por una voluntad ajena, sino que brota desde nuestro corazón agradecido y cautivado ante tanto amor del Señor que nos hace felices de «deber» amar. En este caso, sí podemos hablar de mandamiento del amor, pero el mandato más liberador del mundo.

“Ámense los unos a los otros”, Jesús no nos pide amar sencillamente a los otros, sino amar y ser amados, un amor recíproco, de ida y de vuelta, de dar y de recibir, fuente de la felicidad plena.

“Como yo los he amado”. Amarnos como él nos ama gratuita y libremente, que acoge y se hace servidor de todos, que privilegia a los pobres y descartados de la sociedad, que busca la oveja descarriada y que perdona a los que, también hoy, lo crucifican.

El Hijo de Dios, no por nuestros méritos, ni por esperar recompensa, nos ama al punto de hacerse uno de nosotros para liberarnos de la esclavitud y para que podamos sus amigos: “Ya no los llamo siervos… Yo los llamo amigos”. Una amistad en igualdad como la de dos amigos, donde no hay uno que manda y el otro cumple. Jesús quiere ser nuestro amigo sincero que entrega su vida, como máxima prueba de amor y que comparte con nosotros todo lo que el Padre le ha dado a conocer sin ocultarnos nada.

«Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos».
Y todo esto para nuestra alegría “Para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto”, no cualquier gozo sino el suyo “mi gozo”. Una vida feliz y serena, nos indica que estamos avanzando por el buen camino y que estamos preparados para dar frutos de bien y de amor. “Yo los he elegido a Uds. para que den fruto”. Dar fruto, siguiendo su ejemplo y amando con obras concretas y no de palabras.

La 1ªa lectura presenta un ejemplo de estos frutos: “Verdaderamente comprendo que Dios no hace distinción de persona, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato”. El apóstol Pedro, que se había dedicado a anunciar el Evangelio solo en medio de los judíos, movido por el Espíritu del Señor, se convierte, se libera de los prejuicios y prohibiciones del judaísmo, que impedía cualquier contacto con los paganos, y entra en la casa del capitán romano Cornelio.

Mientras está predicando, el Espíritu Santo desciende sobre Cornelio y su familia, hecho que mueve a Pedro a bautizarlos a todos a pesar de que son paganos, dando así un paso decisivo para que la Iglesia se abra y la salvación alcance a toda la humanidad.

«Dios no hace distinción de personas». Como Pedro nosotros también debemos dar fruto desterrando toda clase de distinción, discriminación y exclusión, porque Dios nos ama a todos por igual como hijos suyos. Es urgente que en nuestras relaciones con los demás, tanto a nivel personal como social, lleguemos a remover de nuestro corazón y de nuestra vida todo lo que nos divide: racismo, discriminación, intolerancia, sospechas, desconfianzas y enfrentamientos.

Pero sobre todo es necesario que trabajemos denodadamente para construir puentes de acercamiento, encuentro, diálogo y fraternidad, sobre la base de la justicia, la libertad y la verdad. El «que teme a Dios y practica la justicia le es grato». Llama la atención como Jesús pone en relación el temor a Dios y la práctica de la justicia. Tememos y agradamos a Dios cuando creemos en Él, acatamos su palabra y cumplimos voluntad, pero también cuando somos personas rectas y de bien que practican la justicia con todos, con una especial atención a los más abandonados e indefensos.

Practicar la justicia entonces no es solo un acto humano, es también una expresión de fe en Dios. Esta es el motivo profundo que impulsa a nuestra Iglesia a hacerse eco del clamor que se eleva en nuestro país ante la administración de la justicia corrupta, amañada, politizada y servil y que causa tantas divisiones, tensiones y sufrimientos. No puede ni podrá haber reconciliación y paz hasta que no se restablezca una justicia libre, independiente, imparcial y transparente en el respeto de las personas, de su dignidad y sus derechos.

Es una tarea que exige valentía y esfuerzos sincero. Jesús nos ofrece una ayuda con la palabra firme y orientadora del mandamiento nuevo del Amor, que abre a horizontes de esperanza, en particular a las víctimas de la injusticia: “Lo que Yo les mando es que se amen los unos a los otros“.

Asumamos con gozo la invitación de Jesús en señal de gratitud y correspondencia a Dios por el don gratuito de su amor y vayamos a compartirlo con los demás con alegría y entrega generosa. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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