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miércoles 18 septiembre 2019
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Homilía. Para vencer las tentaciones hay que seguir los pasos de Jesús, dice Monseñor Sergio

Con el miércoles de ceniza hemos iniciado la cuaresma, los cuarenta días de peregrinación interior, de conversión y de reconciliación con Dios y los hermanos, para alcanzar la alegría del encuentro con el Resucitado en la Pascua.

Este primer domingo de Cuaresma, es conocido como el domingo de tentaciones, y esto porque la Palabra de Dios nos presenta a las tentaciones de Adán y Eva en el paraíso terrenal y de Jesús en el desierto después de cuarenta días de ayuno y oración.

En la 1ª lectura del Génesis hemos escuchado que Dios, insufla en Adán y Eva el soplo de la vida haciéndolos así semejantes a él y los coloca en un lugar preeminente del jardín del Edén, con a su disposición todos los bienes y animales creados. No obstante el gran don de esa dignidad y de la condición de felicidad, ellos siguen siendo criaturas y su libertad no es absoluta y está sujeta a la voluntad del creador: “No coman del árbol que está en medio del Jardín, ni lo toquen, porque de lo contrario quedarán sujetos a la muerte”. Pero allí entra en escena el tentador, presentado como una serpiente, que incita a Adán y Eva a desobedecer al Señor y así serán como Dios: “Cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal”.

La narración presenta a la tentación, con imágenes muy atractivas:”el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento”. La seducción es propia de la tentación y a menudo es irresistible, nos da la ilusión de que podemos disponer de nuestra vida a nuestro gusto y antojo, incita nuestra soberbia y orgullo y nos presenta una felicidad barata y embaucadora.

Adán y Eva caen en la trampa y comen el fruto prohibido, pero el resultado no es lo esperado: “Entonces se abrieron los ojos de los dos y descubrieron que estaban desnudos”. Sí, se destapan sus ojos, pero para mirar en toda su crudeza la desnudez causada por el pecado que les saca del Edén y les abre las puertas, no de la felicidad y la divinidad, sino de la fragilidad, del dolor y de la muerte.

En el Evangelio, hemos escuchado que también Jesucristo , antes de su ministerio público, experimenta la tentación de satanás aunque con resultado muy distinto de Adán, como nos dice San Pablo: “Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos… por la gracia de un solo hombre, la gracia y el don de Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente”.

En las tentaciones de Jesús el escenario es contrapuesto al del paraíso terrenal donde hay abundancia de bienes, es el desierto donde hay carencia hasta de lo indispensable para la vida y después de cuarenta días de ayuno y oración. La prueba a la que el diablo somete a Jesús se refiere al punto central de su misión de Mesías, le plantea que atraiga a los hombres al Reinado de Dios a través de la riqueza, el poder y la seducción de grandes milagros. Las tres tentaciones son la misma subversión del plan de Dios, la Buena Noticia de la salvación ofrecida por Jesús sin obligar ni seducir a los hombres con falsos ídolos.

Jesús, con la fortaleza espiritual de la oración y el ayuno, supera la prueba, no cae en el ardid del maligno y cumple su misión con total fidelidad al plan del Padre. Como la primera pareja humana y como Jesús, también todo ser humano pasa por las tentaciones, que responden a un propósito fundamental del demonio: desterrar el primado de Dios en nuestra vida y abrirse paso él mismo para dominar el mundo a través de falsos dioses e ídolos, esclavizándonos y sometiéndonos a la muerte para siempre.

Satanás pide que sustituyamos el plan de Dios con el suyo, desconociendo que somos hijos suyos, y que nos pongamos en plan de desafiarlo haciéndonos dioses mágicos y a nuestra medida: “Si eres Dios… tírate abajo… y los ángeles te llevarán en sus manos”. Además el tentador busca que cambiemos nuestra manera de relacionarnos con los demás, ya no como hermanos sino como antagonistas en lucha por el poder y el dominio: “te daré los reinos del mundo”, y también nuestra manera de relacionarnos con los bienes creados, sometiéndolos a la angurria de tener y poseer: “Que estas piedras se conviertan en pan”.

Al ceder a esta tentación, entramos en la lógica diabólica de dejar a un lado a Dios, considerado como algo secundario frente a otras realidades efímeras que aparentan más urgentes e importantes. Como hemos escuchado, el tentador es mentiroso y astuto “: ¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del Jardín? Para convencernos de la bondad de su propuesta, llega al extremo de presentarnos a Dios como nuestro enemigo que nos pone vetos y que está en contra de nuestra libertad y felicidad.

Esta tentación es muy común, aunque no se la reconoce fácilmente, porque no ataca directamente a Dios, sino a su voluntad, a los mandamientos que él nos ha dado, en particular a las normas morales y éticas consideradas cosas del pasado e imposiciones que merman nuestra libertad. Quien asume esta actitud de libertinaje moral, está desconociendo de hecho a Dios, porque no se puede pensar que se cree en el Señor si no se acepta también vivir conforme a su voluntad.

Los mandamientos son un instrumento para poner límites al libertinaje y la arbitrariedad y expresión del amor de Dios, que Él ha puesto a nuestro alcance para que podamos realizarnos en plenitud como personas y son la luz que nos ayuda a discernir entre la vida y la muerte.“Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros” (Papa Francisco). Esta es la belleza de la voluntad de Dios, del plan que nos lleva hacia la vida plena y la felicidad auténtica. Otros caminos son ilusorios, son espejismos que se esfuman ante las contradicciones y dificultades de la vida y que nos dejan a la merced del sin sentido, del dolor y de la muerte.
Vista en la perspectiva de Jesús la tentación no es algo puramente negativo, sino una oportunidad para demostrar nuestro sí convencido a Dios, para expresarle nuestro amor y para reconocer con humildad nuestra condición de criaturas que libremente y con alegría se acogen a su voluntad y a su amor.

El camino a recorrer no es fácil, por eso, para salir airosos de este combate espiritual, para que nos deje el tentador, : “Entonces el demonio lo dejó”, tenemos que seguir los pasos de Jesús. Hay que abandonarnos, con un acto de fe y de amor, en los brazos de Dios nuestro Padre y participar de la gracia abundante que Jesús nos ha merecido con su entrega en la cruz y su resurrección. Sigámoslo en esta cuaresma en el camino del desierto, vivido en la escucha y meditación de la palabra de Dios, la oración, el ayuno y la caridad.

“La palabra de Dios”: Jesús ha vencido al demonio recurriendo siempre a la Sagrada Escritura: “Está escrito”. La palabra de Dios es la que nos brinda la luz y la fortaleza en el seguimiento de Jesús, hagamos una lectura orante cada día de un texto del Evangelio.

“La oración”: Orar es entrar en un diálogo de confianza y amor con el Señor, descubrir su voluntad y tener la fortaleza para ponerla en práctica, por eso hace falta hacer desierto en nuestra vida y lograr el silencio interior ante tantas palabrerías y ruidos de nuestro mundo.
“El ayuno y la mortificación”: asumamos un estilo de vida sobrio y esencial, ante la mentalidad consumista de la sociedad de hoy y, no tanto para cuidar nuestra salud o por motivos estéticos, sino para que nuestra voluntad aprenda a conformarse a la voluntad de Dios.
“La Caridad ”: “Unos ángeles se acercaron para servirlo” seamos también nosotros ángeles y pongámonos al servicio de los más necesitados compartiendo con ellos lo que Dios nos ha dado. En nuestra Arquidiócesis como el anterior año, está en pleno desarrollo la campaña “Ángeles de la vida-dando amor a nuestros niños”, con una gran rifa, donde el premio mayor es una casa. Con la suma recabada vamos a ayudar a más de 2000 niños huérfanos o abandonados, y 300 adultos mayores desamparados, acogidos con tanto cariño y afecto en nuestro Hogares.

Aprovechemos la oportunidad de destinar el fruto de nuestras privaciones cuaresmales “dando amor a nuestro niños” y siendo también nosotros “Ángeles de la vida”. Hermanos y hermanas, iniciemos este camino de conversión abriendo nuestra vida al Señor, para llegar a celebrar con alegría la luz y la vida nueva de la Pascua. Amén

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Graciela Arandia de Hidalgo



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