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sábado 24 agosto 2019
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Comenzó el adviento y Monseñor Sergio pide despertar de la pasividad y la indiferencia para estar vigilantes y no perderse la visitia del Señor

♦ En este domingo, primero de Adviento en preparación a la navidad, Monseñor Sergio Gualberti ha dicho que en este tiempo se nos invita “salir de nuestra ceguera espiritual, a abrir nuestros horizontes, a “estar preparados”, a convertirnos, a creer y a esperar en el Señor”.

“El profeta nos invita también a nosotros hoy a subir a la montaña, a salir del conformismo, la rutina, la pasividad y superficialidad en la que muchas veces estamos sumidos, para dar a Dios el espacio que le corresponde y emprender con ardor y pasión sus caminos” señalò Monseñor.

El Prelado también comento la visión del profeta que invita a ser constructores de paz: “Con sus espadas forjarán arados, y con sus lanzas podaderas”. “No levantará la espada una nación contra otra, ni se ejercitarán más para la guerra”. En ese sentido dijo “¡Qué visión estupenda! Transformar armas en instrumentos de trabajo, dejar de invertir en armamentos, que en todos los países del mundo representan el gasto más alto de su presupuesto, para vencer el hambre en el mundo y crear condiciones de vida digna para todos. Renunciar de una vez por todas a la lógica de la prepotencia, la violencia y la guerra, y creer en la fuerza del amor, la misericordia, la reconciliación y la paz” señalò.

Frente al llamado de las lecturas de este domingo “Ya es hora de que despierten”  Monseñor acotó: “que despertemos de nuestra pasividad, indiferencia y estemos vigilantes, para no dejar pasar de largo la visita del Señor. Revístanse del Señor Jesucristo”. “Revestirnos”, identificarnos con Jesús, ponerlo al centro de todos los espacios de nuestra vida y asumiendo sus sentimientos y actitudes en nuestra conducta y en nuestras relaciones con los demás” finailzó.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

DOMINGO 27 DE NOVIEMBRE DE 2016.

Iniciamos hoy, con el Adviento, un nuevo año litúrgico, durante el cual acompañará nuestro camino espiritual el Evangelio según San Mateo. A través de su mirada reviviremos los misterios la historia de la salvación, de la presencia de Dios en medio de la humanidad, con el sólo propósito de hacernos partícipes de su vida. El Adviento es un tiempo privilegiado de espera del hecho más asombroso de la historia: la venida del Salvador, del nacimiento del Hijo de Dios que, libremente y por amor, se ha hecho hombre para darnos vida. Es un período de preparación y oración para acogerlo en nuestro corazón, a ejemplo de la Virgen María y Juan el Bautista.

En este 1er domingo la liturgia de la palabra nos presenta al mismo tiempo la memoria de esa primera venida de Jesucristo en nuestra historia y la profecía de la venida última y gloriosa del Señor. El mismo Jesucristo que nace de María Virgen en la debilidad de la condición humana, vendrá al final de los tiempos en toda su gloria para entregar al Padre la humanidad redimida. El Adviento nos invita, de esta manera, a relacionar nuestra vida terrenal con la vida que nos espera en toda su plenitud en el más allá, y a entrar y descubrir la dimensión de eternidad que está presente ya en semilla en los hechos y acontecimientos de cada día.

Dios, por su Hijo hecho uno de nosotros, ha convertido la historia de esclavitud y muerte de la humanidad en un escenario de liberación y de vida, con una perspectiva de alegre esperanza, que responde a un anhelo arraigado en lo profundo de nuestro ser. Que todo lo bueno que hemos hecho, nuestras buenas acciones y deseos de felicidad no se borren con la muerte sino que, por el contrario, se inscriban en el libro de la Vida y queden para siempre en Dios.

Esta mirada que escudriña la profundidad de los hechos y abre nuestros horizontes limitados, nos libera de la caducidad de una vida superficial que se debate entre la falsedad del acaparamiento de bienes caducos, la banalidad del consumismo y la ilusión de los placeres materiales. El Adviento nos invita justamente a esto, a salir de nuestra ceguera espiritual, a abrir nuestros horizontes, a “estar preparados”, a convertirnos, a creer y a esperar. Creer y esperar en el Señor, poniendo confiadamente nuestra existencia en sus manos, con la convicción de que el proyecto de vida y amor de Dios se va abriendo camino a pesar de tantos problemas y vicisitudes.

Creer haciendo nuestro el sueño del profeta Isaías que avizora un mundo donde toda la humanidad esté en paz, una paz para todos y de todos fundada en la profunda experiencia de Dios. El profeta describe, en una gran visión, una procesión grandiosa de “todas las naciones” y “pueblos numerosos” que suben al Templo de Jerusalén, símbolo del Señor, en búsqueda del maestro y guía de la paz. “Vengan, subamos a la montaña del Señor,… él nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas. Porque de allí saldrá la Ley y la palabra del Señor”.
El sueño de Isaías no conoce confines y se abre a todos los pueblos, invitándolos vivir según los designios de vida y de justicia propuestos por Dios, sin barreras de ningún tipo, sin nacionalismos, fundamentalismos y racismos. El profeta nos invita también a nosotros hoy a subir a la montaña, a salir del conformismo, la rutina, la pasividad y superficialidad en la que muchas veces estamos sumidos, para dar a Dios el espacio que le corresponde y emprender con ardor y pasión sus caminos.

Esto es posible si nos dedicamos a profundizar con perseverancia el conocimiento del Señor con la lectura y meditación de su Palabra, en actitud de escucha, apertura y disponibilidad. “Caminemos por sus sendas”, insiste el profeta Isaías, sendas que nos llevan a nuevas relaciones con el Señor y con los demás, y que nos comprometen a trabajar por una sociedad más justa y en paz: “Con sus espadas forjarán arados, y con sus lanzas podaderas”. “No levantará la espada una nación contra otra, ni se ejercitarán más para la guerra”. ¡Qué visión estupenda! Transformar armas en instrumentos de trabajo, dejar de invertir en armamentos, que en todos los países del mundo representan el gasto más alto de su presupuesto, para vencer el hambre en el mundo y crear condiciones de vida digna para todos. Renunciar de una vez por todas a la lógica de la prepotencia, la violencia y la guerra, y creer en la fuerza del amor, la misericordia, la reconciliación y la paz.

San Pablo nos insta a revestirnos de las armaduras de vida y amor, a las que nos convoca este tiempo de espera del Salvador: “Ya es hora que se despierten, porque la salvación está ahora más cerca… Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con las armaduras de la luz. Procedamos como en pleno día”.

“Ya es hora que se despierten”: despertemos de nuestra pasividad, indiferencia y estemos vigilantes, para no dejar pasar de largo la visita del Señor. Revístanse del Señor Jesucristo”. “Revestirnos”, identificarnos con Jesús, ponerlo al centro de todos los espacios de nuestra vida y asumiendo sus sentimientos y actitudes en nuestra conducta y en nuestras relaciones con los demás.

“Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz… Abandonar las obras de la noche, los excesos, la violencia, la envidia, la prepotencia, la mentira y la muerte. Abandonar las tinieblas del vacío interior, la desorientación, la tristeza y la soledad de una sociedad individualista y consumista, con sus ilusiones y quimeras y revestirnos de las armaduras de la luz, el amor, la justicia, la verdad y la libertad: revestirnos de Cristo.

Como pequeño pero significativo signo visible de esa luz, tenemos a la corona de Adviento, una corona de ramas de árbol perenne, ramas verdes a significar la vida para siempre a la que estamos llamados y decorada con cuatro velas que se van encendiendo una cada domingo, indicando la luz que poco a poco va creciendo en todas las dimensiones de nuestra vida.

No confundamos la luz verdadera que es Cristo, con las luces del comercio que ya inundan las plazas y calles de nuestra ciudad, ni con la figura de papá Noel y la ostentación de tantos regalos en las vitrinas. Estos son tan solo artificios del consumismo que ha transformado hasta las fiestas religiosas en objeto de mercado. Acojamos la invitación de San Pablo, estemos preparados y hagamos que el Adviento sea el tiempo por excelencia de esperanza y de vida nueva, porque la certeza de que Dios vuelve a nacer para quedarse y caminar con nosotros nos da la fortaleza y certeza de que podemos superar los miedos, los desánimos y las dificultades.

Esta tarde, tendremos una señal luminosa y alegre de esta venida del Señor, ya que en nuestra Catedral nos visitará su madre, la mamita de Cotoca y se quedará hasta mañana en la noche. En su sencillez María nos abre sus brazos de madre amorosa, para que junto a ella anunciemos la Buena Noticia de su hijo Jesús, como dice el lema de la fiesta de este año:” Unidos a María, misioneros de la Buena Noticia”. Y en verdad el nacimiento de Jesús sigue siendo la Buena Noticia también para los hombres de nuestro tiempo, oremos para que sea acogida y así de nosotros frutos de amor, esperanza y vida.

En este tiempo de Adviento acojamos la invitación de Isaías a caminar juntos a él: “¡ Ven caminemos a la luz del Señor!” y también no nos cansemos de elevar la invocación de los primeros cristianos: “¡Ven Señor Jesús!”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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