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martes 23 abril 2019
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Jamás actuar con violencia sino amando y buscando el bien del adversario, dice Monseñor Sergio

Desde la Catedral Metropolitana el Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti hizo un llamado a la comunidad creyente a poner en práctica los principios y valores fundamentales de la vida del discípulo cristiano: El amor a los enemigos, el amor desinteresado y gratuito, el perdón y la misericordia.

“Frente a los insultos, al odio, a las acciones más agresivas e injustas y a la hostilidad el cristiano no debe actuar jamás con violencia, sino pacíficamente, amando y buscando el bien del adversario” señaló el Prelado cruceño.

“Ante este pedido de Jesús, podemos quedarnos admirados, pero al mismo tiempo desconcertados y dudosos. La sociedad desde siempre, más o menos abiertamente, se rige por la lógica del más fuerte, por la despiadada competencia del comercio y por la ley del talión o de la reciprocidad: “Ojo por ojo, diente por diente“. Por eso, el pedido de Jesús puede parecer una ilusión irrealizable o una forma de cobardía y pasividad que permite la instalación de la injusticia y la violencia en la convivencia humana. Sin embargo, esta propuesta es exactamente lo contrario; es el único camino que puede desarmar a los infiernos de la violencia, del odio y del mal.

En efecto, si se responde al mal con mal, se da al adversario el argumento de seguir con sus fechorías, en cambio, si se responde buscando su bien, se le quita la razón de seguir con sus malas acciones y se le ayuda a tomar conciencia de su error y a cambiar de actitud. Repito, buscar el bien del enemigo no es no una actitud cobarde, sino intrépida. Es poner en práctica la “no violencia activa”, la fuerza activa del amor y del perdón. Y esto exige valentía, esfuerzo y perseverancia”.

Monseñor Sergio reconoce que la propuesta de Jesús es muy exigente y difícil para poner en práctica si contamos solamente con nuestras fuerzas humanas por eso insistió en la necesidad de orar y recordar “La entrega voluntaria y libre de Jesús en la cruz es un ejemplo luminoso de amor gratuito y desinteresado, actitud que pide a todos los discípulos: “Hagan el bien y prestar sin esperar nada en cambio… Si aman a los que los aman,… si hacen el bien a los que se lo hacen a ustedes… y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué gracia tiene?”. Quien actúa de este modo es generoso sólo en apariencia, en realidad todo lo realiza por su propio interés personal. El verdadero amor de discípulo brota de la gracia fiel y creativa de Dios, un don que abre a la plena comunión con el Señor y que está llamado a testimoniar con su vida.

Con relación a la fuente del amor al prójimo, señaló de forma contundente que “El cristiano ama al prójimo, porque el prójimo es amado por Dios” y siguió señalando que “El cristiano que ama de verdad, no crítica, no juzga ni condena a los demás…”.

Con esta propuesta de Jesús, Monseñor Sergio aseguró que queda claro que “no son los conflictos, la violencia y la guerra que podrán solucionar los problemas en el mundo, menos aún podrán recrear una humanidad nueva, justa y en paz, sino la “no violencia activa”, la expresión del amor gratuito y misericordioso y sin distinciones del Padre hacia todos y cada uno de nosotros sus hijos.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI,

ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 24 DE FEBRERO DE 2019

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

En el evangelio de hoy Jesús propone la novedad sublime de los principios y valores fundamentales de la vida del discípulo cristiano: El amor a los enemigos, el amor desinteresado y gratuito, el perdón y la misericordia.

Jesús inicia su enseñanza a los discípulos diciendo: Amen a sus enemigos”. Hasta ese momento, la convivencia humana en varios pueblos antiguos, entre otros Israel, era regulada por la llamada “regla de oro”, principio de las relaciones personales y sociales: “Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes”. Jesús no se conforma con esta regla y la extiende incomparablemente, pidiendo a sus discípulos no sólo que respeten a los demás y no hagan el mal, sino que amen y  hagan el bien a los enemigos, a los que los odian”.

Y para que esto quede claro, Jesús acompaña sus palabras con tres ejemplos de amor verdadero: “la bofetada”, “el manto”, y el “préstamo”, mostrando cómo se debe vivir, en lo concreto y lo cotidiano, el amor al enemigo. Frente a los insultos, al odio, a las acciones más agresivas e injustas y a la hostilidad el cristiano no debe actuar jamás con violencia, sino pacíficamente, amando y buscando el bien del adversario.

Al respecto tenemos en la primera lectura el testimonio ejemplar de David, futuro rey de Israel que, teniendo en sus manos la posibilidad de eliminar al rey Saúl, que lo perseguía para matarlo, le salva la vida: “Hoy el Señor te entregó en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor”. En su actuación David descarta la venganza y la violencia como instrumentos para hacerse justicia y pone su confianza en la justicia de Dios.

Jesús profundiza su enseñanza pidiendo a sus discípulos que: “Bendigan a los que los maldicen”. Bendecir o “decir-bien” de quien nos maldice, de quien “dice-mal” de nosotros. Ante este  pedido de Jesús, podemos quedarnos admirados, pero al mismo tiempo desconcertados y dudosos. La sociedad desde siempre, más o menos abiertamente, se rige por la lógica del más fuerte, por la despiadada competencia del comercio y por la ley del talión o de la reciprocidad: “Ojo por ojo, diente por diente“. Por eso, el pedido de Jesús puede parecer una ilusión irrealizable o una forma de cobardía y pasividad que permite la instalación de la injusticia y la violencia en la convivencia humana. Sin embargo, esta propuesta es exactamente lo contrario; es el único camino que puede desarmar a los infiernos de la violencia, del odio y del mal.

En efecto, si se responde al mal con mal, se da al adversario el argumento de seguir con sus fechorías, en cambio, si se responde buscando su bien, se le quita la razón de seguir con sus malas acciones y se le ayuda a tomar conciencia de su error y a cambiar de actitud. Repito, buscar el bien del enemigo no es no una actitud cobarde, sino intrépida. Es poner en práctica la “no violencia activa”, la fuerza activa del amor y del perdón. Y esto exige valentía, esfuerzo y perseverancia.

Solo un amor que genere vida y nuevas relaciones de justicia, solidaridad y fraternidad, puede romper la espiral de la violencia, del abuso y de la injusticia en la convivencia humana. En esta opción ya no es el egoísmo personal o de grupo el criterio de las relaciones con los demás, sino el amor que nos hace solidarios y partícipes de las necesidades de los demás.

Por cierto, la propuesta de Jesús es muy exigente y difícil para poner en práctica si contamos solamente con nuestras fuerzas humanas. Hace falta acoger la exhortación de Jesús a orar porque, sin la oración, no se podrá bendecir ni amar a los enemigos. Jesús mismo nos ha dado el testimonio de orar por sus enemigos mientras lo están crucificando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

La entrega voluntaria y libre de Jesús en la cruz es un ejemplo luminoso de amor gratuito y desinteresado, actitud que pide a todos los discípulos: “Hagan el bien y prestar sin esperar nada en cambio… Si aman a los que los aman,… si hacen el bien a los que se lo hacen a ustedes… y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué gracia tiene?”. Quien actúa de este modo es generoso sólo en apariencia, en realidad todo lo realiza por su propio interés personal. El verdadero amor de discípulo brota de la gracia fiel y creativa de Dios, un don que abre a la plena comunión con el Señor y que está llamado a testimoniar con su vida.

El cristiano ama al prójimo, porque el prójimo es amado por Dios. “Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo”. Qué expresión muy hermosa: ser cristianos es ser “hijos del Altísimo”. Esta es la meta última de una vida de amor y al mismo tiempo la fuente, desde aquí y ahora, del amor de Dios sin condiciones ni reservas.

Jesús nos pide ser: “misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso”. El amor de misericordia es el amor de Dios,  un amor sin límites que define su ser y su actuar en relación a nosotros sus criaturas. Jesús termina su enseñanza con tres breves exhortaciones que expresan el actuar misericordioso del Padre y que debe ser propio de cada cristiano: “No juzguen…y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados”. El cristiano que ama de verdad, no crítica, no juzga ni condena a los demás. Quien juzga y condena no sólo manifiesta una condición de superioridad sobre los demás, sino que se endiosa poniéndose en el lugar de Dio, el único que, conociendo los corazones y las intenciones de las personas, puede juzgar, mientras los humanos sólo vemos las apariencias.

Jesús formula la tercera exhortación en forma positiva: perdonen y serán perdonados”. Jesús nos pide un perdón ilimitado y misericordioso, como nos dice otra sentencia del Señor: “Si tu hermano peca siete veces al día contra ti, y siete veces se arrepiente… tú lo perdonarás”. Es lo mismo que pedimos con el Padre Nuestro, la sola oración que Jesús nos ha enseñado: ”Perdona nuestra ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Por tanto, el único camino para gozar de la misericordia y de la salvación de Dios, es abstenernos de juzgar y condenar al prójimo y perdonarlo siempre a imagen del Padre, que es “bueno con los ingratos y malos. La vivencia del amor cristiano, es una acción y una tarea que desbordan el simple sentimiento, es asumir con alegría el amor misericordioso de Dios como conducta habitual y estilo de vida marcado por la entrega y el perdón gratuito. Un amor hecho de compasión, ternura, benignidad, acogida y solidaridad hacia los demás, en particular hacia los más necesitados, marginados y descartados de la sociedad.  

Con esta propuesta de Jesús queda claro que no son los conflictos, la violencia y la guerra que podrán solucionar los problemas en el mundo, menos aún podrán recrear una humanidad nueva, justa y en paz, sino la “no violencia activa”, la expresión del amor gratuito y misericordioso y sin distinciones del Padre hacia todos y cada uno de nosotros sus hijos. Confiemos en él y oremos para que,  como dice el salmo de hoy, podamos ser en todo momento testigos alegres del “Señor misericordioso, compasivo y cariñoso con sus fieles”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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