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viernes 18 octubre 2019
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Homilía. El amor humilde y servicial es el camino que abre paso al Reino de Dios, dice Monseñor Sergio Gualberti

Con la solemnidad de Cristo Rey termina el Año Litúrgico para nuestra Iglesia, año especial marcado por el Jubileo de la Misericordia, a lo largo del cual hemos ido celebrando todos los misterios principales de la salvación en Jesucristo: desde el Adviento, la Navidad, la Pascua y Pentecostés hasta la fiesta de hoy, en la que nuestro recorrido de fe asume todo su sentido y valor.

Esta tarde en nuestra Arquidiócesis, al cerrar la puerta santa de la Catedral, clausuramos el Año Santo de Misericordia junto a toda la Iglesia universal, el tiempo de gracia en el que el Señor nos ha ofrecido sobradas ocasiones para experimentar el amor y misericordia de Padre, al perdonarnos los pecados y reconciliándonos con él. Hemos tenido la oportunidad de acercarnos a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía, de hacer una obra de caridad y solidaridad, realizar una peregrinación y cruzar la Puerta Santa.

El Papa Francisco ha querido que este evento coincidiera con la fiesta de Cristo Rey del Universo, rey de todas las personas y pueblos, de todos los corazones y conciencias. Con este atributo dado a Jesucristo, la Iglesia quiere manifestar su rol insustituible en la historia de la humanidad y recordarnos a los cristianos que él es nuestro único Salvador y Señor ante el cual arrodillarnos, aquel que puede pedir la adhesión de toda nuestro ser y hacia el cual tenemos que orientar nuestra historia personal y comunitaria.

Sin embargo, ya desde la vida terrenal de Jesús, la realeza de Jesús no ha sido entendida en su verdadero sentido, como expresión del amor y el poder misericordioso de Dios. Al contrario, el pueblo judío, incluso sus propios discípulos, pensaban que Jesús, como mesías, tenía que ejercer su reinado sobre Israel al estilo del rey David, con todos los poderes y con la fuerza militar.

Es esta equivocación que, al momento de la crucifixión, hace exclamar a los jefes del pueblo: “Ha salvado otros, que se salve a si mismo”… Se mofan de Jesús provocándolo para que demuestre su poder al salvarse a sí mismo de la muerte. Pero, justamente cuando se hacen la burla, no se dan cuenta que están proclamando una gran verdad: Jesús es el salvador que ha perdonado a los pecadores y hecho revivir incluso muertos y que, no solo ha sanado, sino salvado a ciegos, cojos, leprosos, endemoniados, paralíticos. Además proclaman otra gran verdad: Jesús es el hombre para los demás y no para sí y no piensa en su propia salvación.

Esta es la novedad cristiana: en Cristo aparece la nueva imagen de Dios que no pide sacrificios al hombre, sino que es el Dios que se sacrifica por la humanidad, entregando a su Hijo único por amor hacia nosotros sus creaturas. Jesús no es un rey que se pone él al centro de la atención y que pide ser servido, sino que es él que ha venido a servir y a liberar al ser humano de la esclavitud del mal y del pecado, para que tenga vida en abundancia: “La gloria de Dios es que el hombre viva” (S. Ireneo) y Jesús mismo dijo: “Yo he venido para que tengan vida y vida en plenitud”. Él es el rostro visible del Dios de la vida, del Padre amoroso y misericordioso que no quiere nuestra muerte, ni siquiera la del pecador, sino que se convierta y viva.

Otro aspecto de Jesús lo pone en evidencia uno de los dos ladrones al dirigirse a su compañero: “Nosotros sufrimos (la pena) justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Jesús no ha hecho nada malo, este es el secreto del verdadero rey: en aquel hombre no hay nada malo, es la inocencia total, ninguna semilla de odio, de rencor, de resentimiento, nada que ver con la violencia, el engaño, la trampa, la corrupción o la traición. San Pedro en su predicación propone esta afirmación en pocas palabras y en forma positiva: “Jesús pasó su vida haciendo el bien”.

Para el buen ladrón el hecho de que Jesús no ha hecho ningún mal ha sido suficiente para que se anime a abrirle su corazón y pida que ser parte de su reino. «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Jesús anuncia el inicio de un futuro distinto, de una nueva humanidad, de un reino de bondad, perdón, misericordia, justicia y paz, como atestigua su respuesta que va mucho más allá de toda expectativa del ladrón: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

Es el primer paso de la historia que cambia, es el reino de vida que va creciendo en la humildad, la sencillez y el dolor, a pesar de de nuestros errores e incongruencias, es la gran esperanza que sostiene la historia de la humanidad. En Jesús nada es perdido definitivamente ni tampoco hay nadie que no pueda esperar, si es que, como el ladrón, le abre su corazón. Su vida y misión han revelado una gran verdad: Dios es Padre de bondad y misericordia que sólo quiere nuestro bien y nuestra vida.

Jesús, delante de Pilato, no dejará dudas acerca de su realeza: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos… yo soy rey y… he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”.

!Sí!, Jesús es rey, pero no sólo de los Judíos, sino de todo el género humano. No un rey sentado en un trono lujoso y rodeado por sus ministros, sino un rey clavado en la cruz como un esclavo, abandonado, dolorido, insultado. Ante Cristo en la cruz, no hay como equivocarse acerca de su poder: es servicio, amor humilde y entrega total por nosotros: “Yo no he venido para ser servido, sino para servir y dar mi da en rescate por todos”.

Que diversidad entre el Reino de Dios y los reinados del mundo, donde el poder es dominación, opresión, explotación, un poder al servicio de sus intereses, que se endiosa y que busca perpetuarse. “Saben que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder”.

El Reino de Dios es toda otra cosa, como lo presenta el hermosísimo prefacio de hoy: “Jesús ofreciéndose a si mismo como víctima perfecta y pacífica en el altar de la cruz… sometiendo a su poder la creación entera, y redimiendo a la humanidad, entrega a Dios Padre:

– el reino eterno y universal, para siempre y para todos los hombres de todos los tiempos, una dimensión eterna y definitiva, que se inicia y se va manifestando aquí y ahora, en nuestra vida diaria e historia.

– el reino de la verdad y la vida: la verdad base de las relaciones personales y sociales, versus la mentira, el engaño y la corrupción tan difundidos en nuestra sociedad.

– El reino de la santidad y la gracia: en el que todos estamos llamados a gozar de su gracia que nos hace santos, de acuerdo con nuestra vocación cristiana: “Sean santos, como Dios es Santo”.

– El Reino de la justicia, el amor: valores y virtudes fundamentales de nuestras relaciones con Dios y los demás, medios para desterrar toda iniquidad e injusticia, causa de pobreza y de exclusión de tantos hermanos.

– El Reino de la paz, restablecida con Dios y los hermanos gracias a la muerte de Cristo en la cruz. La verdadera paz, que pedimos en cada eucaristía: “concédenos la paz”. Don y compromiso, para nuevas relaciones de amor, justicia y solidaridad.

Cristo Rey nos llama hoy a ser parte de su reino, a ser sus testigos y servidores, en una sociedad y cultura donde parecería ausente, hacerlo a su estilo, con espíritu de servicio, con docilidad, apacibilidad, misericordia y con un lenguaje y acciones concretas de paz. Este amor humilde y servicial es el camino que abre paso al Reino de Dios hacia la realización plena y definitiva, en Jesucristo, inicio y fin de la historia de la salvación, agradecidos porque “nos ha hecho dignos de participar de la herencia luminosa de los santos”.

Graciela Arandia de Hidalgo



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