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domingo 21 julio 2019
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Dejemonos permear por el amor misericordioso de Jesús, dice Monseñor Sergio

La palabra de Dios de este Domingo nos presenta un aspecto importante del mensaje pascual: la novedad de la vida cristiana y la oportunidad de renovarla a la luz de la vida nueva que nos ha traído Cristo Resucitado.

El texto de la segunda lectura de hoy, tomado del libro de Apocalipsis, con un lenguaje basado en símbolos, imágenes y similitudes, nos habla de una situación muy concreta: el sufrimiento de los primeros seguidores de  HYPERLINK “https://es.wikipedia.org/wiki/Cristo” \o “Cristo” Cristo a causa de las persecuciones del imperio romano. El libro ha sido escrito para animar y dar esperanza a esos cristianos, a partir de la gran novedad que el Señor resucitado aportó a la historia de la humanidad, en espera de su segunda venida, con la que llevará definitiva y plenamente a término su obra salvadora.

 “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”: es el nuevo mundo, el último evangelio, el último puerto de la vida y de la historia para los que creemos: todo es cualitativamente nuevo desde la perenne novedad de Dios.   Y es justamente Dios mismo que proclama: “Yo hago nuevas todas las cosas”. Sólo él lo puede hacer. No hace “cosas nuevas” sino que “hace nuevas todas las cosas”, llevando a la perfección plena y perpetua lo que ha creado. Dios no borra la primera creación ni la desconoce, sino que la renueva y transforma en el presente de la vida y de la historia, como anticipación de la meta final y gloriosa a la que nos ha destinado. Por eso, desde ya debemos tener una mirada llena de esperanza que nos haga reconocer las semillas de esta novedad.

Es Jesucristo que con su resurrección ha liberado y rescatado la creación al servicio de los seres humanos y ha instaurado la fraternidad y la solidaridad a dimensión universal en beneficio de toda la humanidad, a pesar de los graves problemas por los que pasa.

La creación no ha venido de la nada ni por sí misma, ha venido de Dios y no puede caer en la nada. Las palabras,  las circunstancias y los hechos no están en manos de un destino ciego sino en la mano de Dios que rige todo según su designio de amor, en el respeto de la libertad y los límites de las creaturas. Dios, autor de la creación del mundo y del hombre, guía y conduce su suerte hacia la realización plena y definitiva “Dios en todos y en todas las cosas”. 

“Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo”. La nueva ciudad que viene de Dios en el tiempo presente es la Iglesia y por ella, establece una nueva alianza con toda la humanidad. Y el Señor, el Emanuel, “el Dios con nosotros” de los israelitas se vuelve el “Dios con todos los hombres”, que habita con ellos. El Señor así se hace presente en manera directa en nuestra vida, nuestras familias, nuestro trabajo y camina en nuestras calles para secar nuestras lagrimas, primicia de la liberación definitiva de la muerte, la pena y el dolor.

Esta novedad cristiana es lo que anuncian los apóstoles Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero, la buena noticia de que Cristo trajo la salvación no solo para los judíos, el pueblo elegido, sino para los que eran considerados paganos. Dios, por medio de los apóstoles, abrió las puertas de la fe a todos ellos sin distinción, incorporándoles en la nueva comunidad de los cristianos.

El Evangelio de hoy, inicio del discurso “del adiós” de Jesús en la última cena, nos habla de la hora de las tinieblas, de las últimas voluntades, de la separación de los apóstoles y de su pasión. Pero misteriosamente, la hora de pasar de este mundo al Padre coincide con la hora de la glorificación, es decir de la irradiación de la presencia de Dios. 

Dios se hace presente justamente allá donde menos lo esperamos, en el sufrimiento, la pasión y muerte de Jesús.

Esta es la gran novedad: el amor del Padre aparece más en la humanidad de Jesús y en la debilidad del hombre, en el dolor, en las desgracias, en las víctimas de las injusticias, en los perseguidos y en los que dejan su patria para salvar su vida.  De ese mismo amor, Jesús quiere que nos amemos también entre nosotros: “Les doy un mandamiento nuevo, ámense los unos a los otros, así como yo los he amado”. El mandamiento nuevo es el don de participar de la capacidad de amar de Jesús, que con su entrega total en la cruz ha hecho posible que gocemos del amor y de la comunión que une el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La novedad, está en dejarnos permear y purificar por el amor misericordioso del Señor, y así poder amarnos los unos a los otros con ese mismo amor. “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos”, no hay otro signo para que nos reconozcan como cristianos y como comunidad creyente.

En estos días hemos sido testigos del fuerte terremoto que ha dejado muchas muertes, y sembrado gran dolor y graves pérdidas al hermano pueblo ecuatoriano. Caritas Nacional ha lanzado una campaña de solidaridad abriendo una cuenta bancaria e invitando a llevar víveres y agua al consulado de Ecuador. Qué nuestra generosidad y solidaridad sea un signo visible del amor de Dios por esos hermanos sufridos. 

Agradezcamos al Señor que nos ha hecho partícipes de la gran novedad de la Pascua y que nos permite ser testigos de la vida nueva, con las palabras del Salmo: “Que todas tus obras te den gracias Señor, y tus fieles te bendigan”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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