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martes 25 junio 2019
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El camino hacia una nueva humanidad es el amor y no la lógica del poder y la violencia, dice Monseñor Sergio.

En su homilía de este domingo desde la Catedral Metropolitana, Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, pidió a los creyentes abrir su corazón a la novedad del Evangelio de la vida de Jesucristo que es capaz de hacer nuevas todas las cosas.

Siguiendo las primeras lecturas del domingo, Monsñeor Sergio explica que “El nuevo cielo y la tierra nueva” es la novedad del mundo definitivo, el último evangelio de la vida y de la historia liberada y rescatada al servicio de la humanidad, el último puerto de la vida vencedora de la muerte, de la fraternidad y de la solidaridad universal que Cristo muerto y resucitado nos ha alcanzado. “El nuevo cielo y la tierra nueva”, que brotan de la perenne novedad de Dios de la que somos partícipes y herederos los que hemos recibido el don de fe”.

En referencia al Evangelio donde Jesús deja como testamento a sus discípulos el mandamiento que ilumina el verdadero sentido de todos los demás mandatos: “Les doy un mandamiento nuevo, ámense los unos a los otros, así como yo los he amado”, el Prelado explicó que “Cómo yo los he amado” es la novedad. Jesús manda, a los discípulos de ayer y de todos los tiempos, no sólo amarnos a su estilo y su manera, sino amarnos con el mismo amor divino, el amor de comunión y comunicación total que une el Padre, el Hijo y el Espíritu”.

“…Por eso, abramos nuestro corazón y nuestra vida para que el amor de Dios nos purifique y nos inunde y así poder amarnos los unos a los otros con su mismo amor” señaló la autoridad religiosa.

En ese sentido, Monseñor Sergio manifestó que “el camino hacia una humanidad nueva, reconciliada, solidaria y fraterna no pasa por la lógica del poder, de la violencia, del odio y del mal, sino por el amor, la fuerza que cautiva, que perdona, que reconcilia y que forja la unidad”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 19 DE MAYO DE 2019

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

“Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva”, son las palabras del libro del Apocalipsis que hemos escuchado en la segunda lectura de hoy. Al escribir este libro el autor, con un lenguaje cargado de símbolos, imágenes y visiones, tenía como propósito animar e infundir esperanza a los primeros cristianos que sufrían las duras persecuciones del imperio romano. No cualquier esperanza, sino la feliz esperanza del Señor resucitado que nos sostiene en la peregrinación terrenal y que nos hace vislumbrar, desde ahora, la luz gloriosa de la salvación última y plena con la segunda venida de Cristo.

Cuando hablamos de «nuevo», «novedad» pensamos siempre en un significado bueno y positivo. Nos gustan las cosa nuevas, despiertan interés y expectativas, así por ejemplo esperamos con mucho deseo el año nuevo, que nos traiga algo diferente y mejor en relación al anterior.

“El nuevo cielo y la tierra nueva” es la novedad del mundo definitivo, el último evangelio de la vida y de la historia liberada y rescatada al servicio de la humanidad, el último puerto de la vida vencedora de la muerte, de la fraternidad y de la solidaridad universal que Cristo muerto y resucitado nos ha alcanzado. “El nuevo cielo y la tierra nueva”, que brotan de la perenne novedad de Dios de la que somos partícipes y herederos los que hemos recibido el don de fe.

Es el mismo Dios que proclama: “Yo hago nuevas todas las cosas”, porque sólo él tiene el poder de hacerlo. Dios no hace “cosas nuevas sino que “hace nuevas todas las cosas, llevando a la perfección plena y perpetua lo que ha creado. La creación no ha surgido de la nada ni por sí misma, es obra de Dios, por eso el no puede desconocerla, ni borrarla, ni dejarla caer en la nada, sino que la rescata de toda clase de esclavitudes, la renueva y la transforma en el presente de la vida y de la historia, como anticipo de la meta final. En este camino de vida nueva, las palabras que decimos, los sentimientos que experimentamos, las situaciones por las que pasamos y todo lo que vivimos no están a la merced de un destino ciego sino en la mano providente de Dios que rige todo según su designio de amor, en el respeto de la libertad y de nuestros límites de creaturas. Dios, autor de la creación del mundo  y de todos los seres vivientes, guía y conduce nuestras suertes hacia la realización plena y última “Dios en todos y en todas las cosas.

Por eso, ya ahora en nuestra vida terrenal, gracias al amor de Cristo Resucitado, los cristianos tenemos una mirada llena de esperanza que nos hace reconocer y disfrutar de los destellos de la novedad de la vida plena y para siempre y por eso estamos convocados a trabajar con esmero por el cuidado de la vida en todas su expresiones y en la creación entera, en la espera de la novedad definitiva de Dios.

 Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo”. La nueva ciudad que viene de Dios en el tiempo presente es el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia fundada por el Resucitado, sacramento de la Nueva Alianza de Dios con toda la humanidad. Desde ese momento, el Emanuel, “el Dios con nosotros” del pueblo israelita se ha vuelto el “Dios con todos los hombres, que se ha hecho uno de nosotros y que ha puesto su morada en medio de nosotros.

¡Qué realidad más consoladora! En nuestra vida de cada día, en nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestras ocupaciones, en nuestras calles, en nuestros dolores y perturbaciones sueños y esperanzas, no estamos solos.

El Señor está en medio de nosotros y camina con nosotros y “Él secará todas las lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”.  

Ese mismo mensaje, de esperanza y de vida nueva del Resucitado, nos lo trae el Evangelio de hoy en una hora que parecería de tinieblas. Es el inicio del discurso “del adiós” de Jesús en la última cena, de las últimas voluntades, de la separación de los apóstoles y de su pasión. Pero misteriosamente, la hora del paso de Jesús de este mundo es también la hora de la glorificación, la hora de la presencia de Dios que hace vislumbrar la luz de la vida nueva que triunfa sobre muerte y del amor sobre el odio.

El amor del Padre se hace presente justamente allí donde menos lo esperamos, en la humanidad, sufrimiento, pasión y muerte de Jesús y de la misma manera en la debilidad del hombre, en el dolor, en las desgracias, en los pobres, en las víctimas de las injusticias, en los perseguidos, en los refugiados y en los descartados de un mundo egoísta.

En el clima de intimidad y amor de la última cena, Jesús deja como testamento a sus discípulos el mandamiento que ilumina el verdadero sentido de todos los demás mandatos: “Les doy un mandamiento nuevo, ámense los unos a los otros, así como yo los he amado”.  

Cómo yo los he amado”, está es la novedad. Jesús manda, a los discípulos de ayer y de todos los tiempos, no sólo amarnos a su estilo y su manera, sino amarnos con el mismo amor divino, el amor de comunión y comunicación total que une el Padre, el Hijo y el Espíritu.

Nosotros, por el bautismo, hemos tenido la dicha de gozar de este amor divino gracias al Hijo de Dios, hecho hombre, que nos amó hasta el extremo entregando su vida en la cruz. Por eso, abramos nuestro corazón y nuestra vida para que el amor de Dios nos purifique y nos inunde y así poder amarnos los unos a los otros con su mismo amor.

Esta verdad consoladora nos confirma que el camino hacia una humanidad nueva, reconciliada, solidaria y fraterna no pasa por la lógica del poder, de la violencia, del odio y del mal, sino por el amor, la fuerza que cautiva, que perdona, que reconcilia y que forja la unidad.

Ámense los unos a los otros como yo los he amado” es el don que nos confía el Señor, la bandera que nos identifica como cristianos: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos”. No hay otro signo para que el mundo descubra la gozosa y esperanzadora novedad del Evangelio y para que nos reconozca como cristianos y como Iglesia de Jesucristo.

Animados por el mandato de Jesús los apóstoles Pablo y Bernabé, como hemos escuchado en la primera lectura, salieron en su primer viaje misionero por distintas ciudades y aldeas paganas que no conocían a Dios para anunciar el Evangelio, la buena y gran novedad de Cristo que por amor abrió las puertas de la fe y de la salvación a todos los pueblos y naciones, incorporándolos, con el bautismo, en el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia.

Sigamos el ejemplo de Pablo y Bernabé y seamos también nosotros misioneros que con gozo y valentía anuncian a todo el mundo el mensaje esperanzador de “un cielo nuevo y una tierra nueva” en Jesucristo Resucitado. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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