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viernes 23 agosto 2019
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Historias de sacerdotes, cuestión de fe y de amor

Cuatro historias de sacerdotes. son carismáticos y populares entre sus rebaños. dejaron familia, casa y pueblo para hacer la diferencia en el mundo. La Pascua es el día más grande del año. Lo dice el padre Diego; durante su homilía, lo grita. Es efusivo al hablar, mueve mucho las manos y mira directamente a los ojos de sus feligreses por turno. Está intentando hacerles entender que no es lógico que vayan más cristianos a velar el sepulcro, a llorar la muerte de Jesús, en lugar de acudir en mayor número a celebrar su resurrección.

“Estamos equivocados. Seguimos enfocándonos en la muerte, en el dolor, en sentirnos mal y en hacer hincapié en lo pecadores que somos. ¡Jesús resucitó, señores!, olvidemos el sufrimiento y regocijémonos en la vida, en la  alegría de su resurrección. Dios es un Dios de infinita misericordia y de amor, no es un Dios de castigo al que le gusta torturarnos”. Lo dice con un marcado acento colombiano. Es joven y nuevo, está entusiasmado, habla emocionado de la fe. La túnica blanca que viste no llega a cubrir los tenis que lleva puestos.

Es martes y hay muchos asientos vacíos. Entre los asistentes a la capilla Nuestra Señora del Rosario de la  calle Teniente Vega hay varios jóvenes, visten poleras con la imagen de la virgen María y están un tanto mojadas porque afuera ha llovido. Tienen cita con el sacerdote una vez termine la misa. Lo estiman y algunos de ellos lo han hecho su mentor, su guía en la fe. Al padre Diego esto le encanta. “Gratis me han dado, gratis tengo que devolver”.

No es que a él como a los otros tres religiosos que ilustran este artículo les estén por salir las alas. Son hombres de carne y hueso, que con días buenos y malos, en momentos de iluminación y de crisis de fe, están de pie, luchando sus propias batallas y velando por la fe de todos.
Cada uno en su debido momento se preguntó si el Señor se había olvidado de ellos. Sus historias de vida son una radiografía de que la perfección no existe, pero sí existen el perdón y la resurrección

 

Muy popular y requerido entre los jóvenes Fray Rafael estudió en el colegio Espíritu Santo. En la comunidad Betania y en La Mansión es muy solicitado y lo sienten cercano. Sacerdote dominico ordenado hace dos años. Trabaja en Cochabamba en la capilla Divino Maestro
Cuando se ordenó sacerdote en la Orden Predicadores como dominico hace un par de años todavía tenía la cara de un chiquillo, pecoso y con las mejillas coloradas.

Su testimonio de conversión está en Youtube, fue subido en marzo del año pasado y a la fecha tiene casi 11.000 visualizaciones. Fray Rafael Guzmán, cruceño de nacimiento, viste túnica y lleva capucha, ahora mismo vive en Cochabamba donde ha sido destinado, pero no siempre fue así. Antes era un ingeniero ambiental que trabajaba para una petrolera que le pagaba bien, pero también era alcohólico. Aprendió a tomar a los ocho años con los vaqueros en el campo, y siendo un adolescente ya le había tomado el gusto por completo al alcohol.

Su juventud fue marcada por la enfermedad de su madre, los médicos nunca encontraron respuestas a su fiebre, a sus pérdidas de conocimiento y a sus temblores. Cuando se fue la salud, también se fueron los recursos económicos y llegó la rabia y la impotencia al corazón de Rafael. Nada le daba paz y la religión solo lo aburría.

“Para mí los sacerdotes eran torturadores de la gente, en la misa me dormía. Tanta calma y pasividad me sacaba de mis casillas. Pensaba que Dios estaba mirándome para castigarme, para hundirme, imaginaba que solo quería desgraciarnos la vida, por eso yo solo quería apartarme de Él y así lo hice”.

Su vida consistía en no pasar un día sin alcohol, porque de lo contrario le temblaba el cuerpo. Y pensaba que su madre solo fingía su enfermedad para hacerle la vida miserable. “Yo le gritaba que se muera de una vez, le hice muchos escándalos, sentía mucha rabia. Los demás me querían poner reglas de mayores y me hice más rebelde. Al mismo tiempo estaba deshaciéndome el estómago de tanto beber y no soportaba estar en mi casa. En la calle andaba enojado con todo el mundo, conmigo mismo, solo quería lastimar a otras personas”.

En el peor momento de crisis, en el inicio de una Semana Santa acudió a un retiro espiritual solo porque quería salirse de su casa, estar con jóvenes y pensó incluso que podría conocer chicas. Pero en el retiro todos cantaban, oraban, acudían felices a misa y adoraban al Santísimo.

Los testimonios de otros jóvenes que aseguraban que Dios podía cambiar sus familias y sus vidas terminaron horadando su corazón y lo que vino después fueron mares de llanto. “Recién pude ver lo que estaba pasando con mi vida. Escuché muchos testimonios, me dio curiosidad por qué esos jóvenes felices y contentos alababan a Dios. Es increíble, nos hablan de Dios y dudamos, yo dudé, pero nos hablan de adivinos, de sacasuertes y creemos”.

Encerrado en el baño se arrodilló, clamó por ayuda y después sudó, lloró, tembló y pasó tres semanas en vela. Desde entonces, lleva 16 años sin tomar una gota de alcohol. Pero eso no fue todo, su madre se sanó. “Dios transformó mi vida y yo estaba tan agradecido y tan necesitado de Él que no estuve tranquilo hasta que dediqué mi vida a Dios”. Y así lo hizo, aunque le ofrecieron subirle el sueldo cuando renunció a su trabajo para vestir el hábito. ¿Había perdido la cordura? Sus acciones no tenían sentido y sin embargo Rafael nunca antes sintió que estuviera tan cuerdo

Lucas Casaert. Sacerdote oblato con 51 años de vida religiosa. Actualmente es parte de la parroquia San Martín de Porres y es la cabeza de la Fundación Niño Feliz, por medio de la cual se patrocina a niños con alimento, salud y educación (incluso musical)

 Tiene la tez y la cabellera blancas, es belga, pero su hablar es camba. Es sacerdote hace 51 años, pero también es un cantante y un trabajador social que hace la diferencia con su fundación Niño Feliz. No estudió música, pero sus oraciones y alabanzas a Dios las vuelca en canciones que, muchas de ellas, le han dado la vuelta al mundo.

Tiene un registro de 16 discos y una canción en especial tocó el corazón del papa Francisco, cuando aún era Jorge Mario Bergoglio. Qué detalle Señor has tenido conmigo, se llama el tema, el mismo que le hizo pedirle en Argentina: “Lucas, nunca dejes de cantar”.

Y no lo ha hecho. Si tuviera que inventar nuevas canciones que hablen de sus vivencias tendría que hacer una sobre sus aprietos en el confesionario cuando, novato aún, no entendía los pecados confesados en quechua, o cuando fue acusado de comunista por estar del lado de los trabajadores mineros durante el golpe militar de García Meza. En ese entonces, años 80, repartieron volantes que decían que él y los otros sacerdotes oblatos eran lobos disfrazados de ovejas.
Pero ninguna canción lo describiría tan bien como la que lo llevó a dar conciertos en el extranjero y que el mismo papa elogió. “Es mi testimonio, es mi historia”, reconoce. Tal como canta, dejó casa y pueblo por seguir la aventura que le propuso Dios.

Pero no siempre fue así, quería ser piloto. Cuando falleció su padre empezó a preguntarse sobre la vida y lo que debía hacer con ella. Después conoció a los Misioneros Oblatos de María Inmaculada y se le ocurrió que con ellos podría volar lejos y ‘dejarse elevar’. Por eso a los 19 años tomó la decisión de ser sacerdote y el 66 fue ordenado. Ese mismo año llegó a Bolivia.

Fue una decisión difícil, porque iba a abandonar la casa y con ella a su madre y a sus tres hermanas menores. “Me ofrecí a trabajar un par de años para ayudar a mis hermanas con sus estudios, pero mi madre dijo, que si esa era la voluntad de Dios, yo tenía que seguir con mi camino y que el Señor no les  iba a hacer faltar nada”.

De Bélgica arribó a un centro minero en Llallagua. La altura y el frío no fueron importantes porque, según sus propias palabras, se trajo una maleta llena de idealismos.
El idioma tampoco fue una barrera, aprendió rápido. Llegó un 2 de noviembre con Todos los Santos y el primer domingo de diciembre hizo su primera prédica, temblando, con todo lo que tenía que decir escrito en español en un papel, leído y corregido varias veces.

¿Habla con Dios todos los días? “¡Por supuesto!, si Dios es mi padre y Jesús es mi amigo. La respuesta no llega siempre, y no siempre la espero, lo que sí sé es que Dios escucha mi oración y algún día, si Él quiere y si me conviene, me va a dar lo que le pido”.

José María (Chema).- Hernando Sacerdote de la Congregación de la Pasión de Jesucristo. Actualmente es el párroco de la capilla de Hamacas

Si hay un partido de la Champion League, el padre Chema no se lo pierde, más aún si juega el Real Madrid. Mientras que la pila de DVDs que tiene con las películas nominadas a los premios Óscar aún sigue en espera dentro de su larga lista de quehaceres.

Sin la indumentaria eclesiástica, parece cualquier mortal, de camisa a cuadros azules, pantalón y zapatos. Pero lo cierto es que tiene 31 años de sacerdocio y 28 de ellos los ha vivido en Bolivia. Está entusiasmado, la remodelación de la capilla de Hamacas lo tiene contento.

Estar activo le da sentido a su vida. Así fue siempre, como cuando años atrás, junto a los demás sacerdotes pasionistas se las ingenió para adquirir un motor para llevar de nuevo la luz a Coro Coro, un pueblo que con la relocalización se había vuelto casi una comunidad fantasma en la que faltaban casi todos los servicios básicos. Además de llevar la palabra de Dios, tuvo que atender otras cosas, que también hacían bien al espíritu, como convertir un salón grande de la parroquia en discoteca, organizar paseos y actividades deportivas, creando incluso una liga de fútbol en la que él mismo jugó.

Parece que Chema (así ya le decían desde niño) siempre estuvo destinado a la vida sacerdotal; con solo 11 años en España, ingresó al seminario, una especie de colegio manejado por curas que le permitió atesorar los mejores recuerdos de su infancia, con muchos deportes de por medio.
Ya en los últimos años, cuando tenía que tomar la decisión de ir o no al noviciado, con aproximadamente unos 18 años, tuvo una crisis para decidirse, porque el tema del enamoramiento surgió. “Ya estaba en otro colegio, también era de la congregación, pero había chicos y chicas. Miré mi pasado, pensé en lo que yo quería y al final opté por ir al noviciado, y a partir de ahí las cosas han sido más sencillas”.

Reconoce que como hombre de Dios no siempre tiene todas las respuestas, pero su misión es estar para la gente y hacer lo que se pueda. “El buen sacerdote no tiene recetas. Se trata de escuchar y de buscar alguna luz y dar la sensación de que eres un amigo. Después de un fracaso económico no puedo improvisar un banco que les dé un préstamo, por ejemplo, pero sí puedo infundirles esperanza y confianza de que todo puede mejorar”.

Está habituado a escuchar y  a dar lo mejor de sí. A la semana atiende unas 50 confesiones que lo han convertido incluso, en experto en muchos temas mundanos.

Por ejemplo, el padre Chema se precia de tener un conocimiento muy general y particular de la vida matrimonial, por las confesiones que ha escuchado. “Hay casos que te sirven para ayudar a otras personas, incluso te puedes anticipar a muchas situaciones a partir de las experiencias de otros”, reconoce este pasionista, muy requerido por las parejas de enamorados que se quieren casar

 

Diego Villalobos.- Sacerdote salesiano, párroco de la capilla Nuestra Señora del Rosario. Ordenado hace cuatro años

Terminó la misa y salió de la capilla de jeans, tenis y polera e inmediatamente se puso a revisar su teléfono celular. Sin los ornamentos religiosos, parece un muchacho, pero hablando se transforma. Es elocuente y habla en voz alta con un acento colombiano que no puede ni intenta disimular. Antes de convertirse en sacerdote católico estuvo casi un año viviendo en una comunidad hare krishna.

El padre Diego fue antes budista, porque se enamoró de una muchacha que lo era y se dejó llevar. “Ahí aprendí el arte de la reflexión, de la meditación, del silencio y del amor y respeto por el cuerpo. Duré solo un año, pero saqué  experiencias positivas. De no haber aprendido ahí el arte del silencio, no oraría con la misma profundidad que lo hago  ahora; también aprendí a respetar las diferencias. Hay quienes se escandalizan o rechazan lo diferente, yo no, estoy abierto para muchas cosas”. Vistió la franja blanca sobre la túnica de manga larga y usó la cinta clara en la frente, pero abandonó todo porque comenzó a sentir la necesidad de la confesión y de la virgen María.

El salesiano viene de un país tremendamente religioso y de una familia que ha  traído al mundo nueve sacerdotes. Y aunque soñaba con ser médico o formar parte de la Policía Nacional colombiana, terminó siendo cura, primero en una comunidad rural en Colombia y más tarde en Montero y en la ciudad de Santa Cruz.

Las piedras en el camino no han faltado, como cuando las FARC lo amenazaron y le dieron ocho horas para abandonar la comunidad donde trabaja, porque no comulgaba con la manera de cómo reclutaban a los más pequeños a sus filas. O la angustia latente de tener a su madre con un tumor cerebral, que no deja de ser algo que sacude su vida.

“A las personas se les olvida que antes de ser sacerdotes somos seres humanos y no entienden que necesitamos de la misericordia de Dios y de la gente.  Claro que hay momentos muy difíciles. Los religiosos también tenemos crisis de fe. ¿Será que la Iglesia sigue teniendo sentido en un mundo como hoy? ¿Será que vale la pena luchar por el evangelio?  Uno se sacude. Hace tres años estuve hospitalizado, se me dormía la cara, tenía problemas para dormir, bajé de peso, pero ya aprendí y no pierdo la paz interior”.

Su receta y a la vez exigencia para con el mundo cristiano es: “Tenemos que sonreír más. No se acostumbren a poner cara de puñal; un cristiano que cree en Dios, pero tiene la vida amargada, no es un cristiano, para mí es un ritualista, es un fanático o cualquier otra cosa. Los cristianos estamos llamados a ser felices”.

Por Gina Justiniano 
Fotos: Gabriel Vásquez
Rolando Vilegas
Gina Justiniano

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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