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martes 23 abril 2019
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Forjadores de Paz y justicia sin violencia, dice Monseñor Sergio

“Siguiendo su ejemplo –Del Cardenal Julio Terrazas- y el de Juan el Bautista, testigos valientes del Evangelio de la vida y del amor, no caigamos en la tentación de recurrir a la violencia y seamos más bien forjadores de paz, en el respeto de la dignidad de toda persona, independientemente de lo que piensa, impulsando los valores de la justicia, la libertad y la verdad, fundamentos indispensables de toda democracia” señaló Monseñor Sergio Gualberti en su homilía dominical desde la Catedral Metropolitana de Santa Cruz.

Este domingo 9 de diciembre se ha recordado el 3 aniversario de fallecimiento del Cardenal Julio Terrazas por lo que el Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti, siguiendo el evangelio que desnuda la misión profética de Juan el Bautista, le dedicó gran parte de su homilía.

“Al mirar la figura de Juan el Bautista, me es espontáneo esta mañana pensar en un profeta que hemos conocido y que ha marcado la vida de nuestra Iglesia y país:  nuestro querido Cardenal Julio Terrazas, del que celebramos hoy el tercer aniversario de su partida a la casa del Padre. Nuestro pastor por tantos años que, con su testimonio y su voz cálida y cautivante proclamaba el Evangelio de la vida y los valores humanos y cristianos.

El profeta valiente que, con clarividencia y fuerza, denunciaba los atentados a la vida, las injusticias sociales, el uso a la violencia y los ataques a la democracia y a la convivencia pacífica. Él no se cansaba de defender a los últimos y descartados de la sociedad, porque en esos rostros sufridos y pisoteados está pisoteada la imagen y el rostro de Dios. Su expresión preferida “el Dios de la vida”, no era un eslogan vacío, sino el programa de su vida y misión que llevó con fidelidad y coherencia durante todo su ministerio de Pastor.

El compromiso del Cardenal Julio por la vida, la justicia y la democracia no nacía de un afán de poder o de prestigio, sino del deseo de ser “Servidor del Evangelio” y “Servidor de todos”, anunciando y testimoniando la Buena Noticia de Jesucristo, muerto y Resucitado, el Señor de la historia.  En esta misión, nada ni nadie lo hizo vacilar o callar, tampoco las incomprensiones y los ataques de parte de los poderes de turno y de grupos de intereses.

Muchos de los que estamos acá esta mañana en la Catedral lo hemos escuchado y seguido todos los domingos durante años y de la misma manera tantos otros hermanos a través de los medios de comunicación. Hagamos memoria viva y agradecida de sus palabras y testimonio que son más actuales que nunca en estos días de incertidumbre y de tensiones por el futuro incierto que se abre para la democracia en nuestro país..”#

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 9 DE DICIEMBRE DE 2018

La liturgia palabra de Dios de este tiempo de Adviento nos exhorta a emprender no solo caminos de conversión y a prepararnos al nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, sino que nos presenta a la Virgen María y a Juan el Bautista, como modelos de esa espera. Y este domingo nos propone la figura y el mensaje de Juan Bautista, “el precursor” del Salvador que, movido por el Espíritu de Dios, le abre el camino y prepara un pueblo bien dispuesto a acogerlo.

El año decimo quinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea…”. En estos pocos versículos, el evangelio nos dibuja el horizonte político y religioso difícil y hostil en el que Juan tiene que ejercer esa misión. Nos presenta una lista de autoridades que, en vez de trabajar por el bien del pueblo, se distinguían más bien por ser tiranos corruptos, preocupados por el poder y por enriquecerse a costa de los pobres.

En esa situación sombría y angustiosa, donde se debatía la mayoría de la gente abandonada a su suerte, apareció Juan el Bautista anunciando una Palabra de esperanza y de salvación. “La Palabra de Dios fue dirigida a Juan”, Palabra que toma posesión de Juan, se hace parte de su ser y lo vuelve testigo viviente de la ya próxima venida del Mesías.

Juan estaba en el desierto”: En la Biblia el desierto es más que un lugar geográfico, es el lugar de la tentación y de la prueba, Moisés, Elías y Jesús mismo, antes de iniciar su respectiva misión, tuvieron que pasar por la tentación del poder, del dinero y de la lógica del mundo, y solo cuando la vencieron, pudieron cumplir con el mandato recibido.

Pero el desierto también es el lugar del encuentro personal e íntimo con Dios, el encuentro entre los desiertos de nuestra existencia humana y la presencia amorosa de Dios, que lleva a la conversión del corazón y al cambio de nuestra manera de pensar y de vivir. Es el lugar del silencio del ruido del mundo y de la ausencia de toda distracción y superficialidad, el espacio de lo esencial y lo indispensable, en el que Dios busca cautivar al ser humano.

Fortalecido por el encuentro con Dios e impulsado por su palabra, Juan “comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán”. El sale del desierto en búsqueda de la gente por las aldeas y pueblos exhortando a que se arrepientan de su mala conducta: “Anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”.

El mensaje central de Juan Bautista es la urgencia de reconocer nuestra condición de pecadores y la necesidad del perdón de Dios en nuestra vida para acoger la salvación que trae el Señor. Juan acompaña su palabra con el bautismo de penitencia, sumergiendo en las aguas del Jordán a los que se arrepienten y quieren cambiar su vida.

Juan en su misión se presenta como el profeta anunciado por el profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto”. La palabra y el mensaje son de Dios, Juan le presta su voz, voz que grita con valentía, que sacude los corazones de las personas y que despierta a las conciencias adormecidas. “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos… rellenen valles, aplanen montañas… enderecen senderos y nivelen caminos...”

El profeta Isaías, con estas imágenes sugestivas, anunciaba a los israelitas cautivos en Babilonia la noticia consoladora de un nuevo éxodo, de la intervención de Dios que los liberaría de la esclavitud y los traería de vuelta a su tierra. Juan el Bautista, en su predicación, retoma esas imágenes para hacer entender que la conversión exige rellenar los barrancos de las injusticias, aplanar los montes de la opresión y enderezar los caminos torcidos de la mentira y del engaño.

Con su palabra y ejemplo el Bautista nos llaman a despojarnos tanto a nivel vida personal como social de todas las maldades que impiden a Dios hacerse presente en nosotros, porque donde hay pecado, ahí no está Dios. Solo con el corazón libre del mal, podremos acoger al Señor que viene para transformar nuestra vida y hacernos hombres nuevos. Para eso hace falta crear condiciones favorables, disponer nuestro ánimo al silencio de tantos ruidos y hacer el desierto interior de las preocupaciones materiales y distracciones que nos impiden escuchar la voz del Señor.

Entonces todos los hombres verán la “salvación” de Dios”. No somos nosotros que nos salvamos por cuenta propia, la salvación es de Dios que, en su bondad y misericordia, la ofrece a toda la humanidad. Salvación que nos ha hecho cercana el Hijo de Dios al tomar nuestra carne.

Al mirar la figura de Juan el Bautista, me es espontáneo esta mañana pensar en un profeta que hemos conocido y que ha marcado la vida de nuestra Iglesia y país:  nuestro querido Cardenal Julio Terrazas, del que celebramos hoy el tercer aniversario de su partida a la casa del Padre. Nuestro pastor por tantos años que, con su testimonio y su voz cálida y cautivante proclamaba el Evangelio de la vida y los valores humanos y cristianos.

El profeta valiente que, con clarividencia y fuerza, denunciaba los atentados a la vida, las injusticias sociales, el uso a la violencia y los ataques a la democracia y a la convivencia pacífica. Él no se cansaba de defender a los últimos y descartados de la sociedad, porque en esos rostros sufridos y pisoteados está pisoteada la imagen y el rostro de Dios. Su expresión preferida “el Dios de la vida”, no era un eslogan vacío, sino el programa de su vida y misión que llevó con fidelidad y coherencia durante todo su ministerio de Pastor.

El compromiso del Cardenal Julio por la vida, la justicia y la democracia no nacía de un afán de poder o de prestigio, sino del deseo de ser “Servidor del Evangelio” y “Servidor de todos”, anunciando y testimoniando la Buena Noticia de Jesucristo, muerto y Resucitado, el Señor de la historia.  En esta misión, nada ni nadie lo hizo vacilar o callar, tampoco las incomprensiones y los ataques de parte de los poderes de turno y de grupos de intereses.

Muchos de los que estamos acá esta mañana en la Catedral lo hemos escuchado y seguido todos los domingos durante años y de la misma manera tantos otros hermanos a través de los medios de comunicación. Hagamos memoria viva y agradecida de sus palabras y testimonio que son más actuales que nunca en estos días de incertidumbre y de tensiones por el futuro incierto que se abre para la democracia en nuestro país.

Siguiendo su ejemplo y el de Juan el Bautista, testigos valientes del Evangelio de la vida y del amor, no caigamos en la tentación de recurrir a la violencia y seamos más bien forjadores de paz, en el respeto de la dignidad de toda persona, independientemente de lo que piensa, impulsando los valores de la justicia, la libertad y la verdad, fundamentos indispensables de toda democracia.  Amén

Erwin Bazán Gutiérrez



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