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martes 19 enero 2021
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“En este tiempo de recrudecimiento de la pandemia, Iglesia afirma que cuidar nuestra vida es cuidar la vida de los demás”

Campanas. Este domingo 10 de enero de 2021, desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, afirmó que En este tiempo de recrudecimiento de la pandemia, con su secuela de dolor y de muerte, cuidar nuestra vida es cuidar la vida los demás, un testimonio exquisito del amor de Cristo.  Por eso, tenemos que ser conscientes que la vida es un don de Dios que está por encima de todos los demás intereses y de la que un día tenemos que reponder.

La misa dominical fue presidida por Mons. Sergio Gualberti, Arzobipo de Santa Cruz y concelebrada por el Obispo Auxiliar, Mons. Estanislao Dowlaszewicz y el P. Hugo Ara, Rector de la Catedral y Vicario de Comunicación.

Hoy, domingo del Bautismo de Jesús, termina el tiempo de Navidad, en el que hemos celebrado y contemplado el misterio del amor de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre para que nosotros fuéramos hijos de Dios*.

El Evangelio nos presenta a Jesús que, antes de iniciar su misón pública, llega al río Jordán, donde Juan el Bautista predica la conversión y bautiza a mucha gente. La inmersión en las aguas del río, es solo un gesto de penitencia y conversión de las personas que se hacen bautizar y expresan públicamente su voluntad de cambiar vida e iniciar un camino nuevo, conforme a la voluntad de Dios.

El Bautismo es el sacramento de la gracia que libera del pecado y del mal, que nos hace hijos adoptivos de Dios, discípulos de Cristo

El prelado indicó que en la escena del bautismo de Jesús, al igual que las primeras comunidades cristianas, podemos reconocer en Cristo al nuevo Moisés que vino a inaugurar el nuevo y definitivo Exodo, llevando a cumplimiento el proyecto divino de salvación. Por eso, desde sus inicios, la Iglesia asumió el bautismo como el signo distintivo de los cristianos, el sacramento de la gracia que libera del pecado y del mal, que hace hijos adoptivos de Dios, discípulos de Cristo y miembros del Pueblo de Dios.

 Tenemos que redescubrir el gran valor del don del bautismo, acogerlo y testimoniarlo con una vida llevada conforme al Evangelio y a la voluntad de Dios

Así mismo el Arzobispo de Santa Cruz, asegyró que los cristianos tenemos que reconocer que no sabemos valorar en toda su importancia el don del bautismo y que, a menudo, se lo pide solo por tradición y costumbre. Por eso, debemos tener bien presente que, para ser cristianos, no es suficiente haber recibido el bautismo y vivir de renta del testimonio y de las enseñanzas que nos han dejado nuestros padres, hace falta una opción personal, redescubrir el gran valor de ese don, acogerlo y testimoniarlo con una vida llevada conforme al Evangelio y a la voluntad de Dios.

No somos cristiamos por temor, sino por amor, el amor infinito de Dios

El Señor no nos obliga a creer en Él, a ser sus discìpulos, tampoco nos presiona o infunde miedo para que lo sigamos. No somos cristiamos por temor, sino por amor, el amor infinito de Dios, dijo Mons. Gualberi desdela Catedral.

También Mons. Gualberti, afirmó que, vivir el bautismo es participar de la vida de la Iglesia, la familia más grande de los bautizados, siendo miembros activos de nuestras parroquias y comunidades como los primeros cristianos. La Iglesia es el hogar de todos los cristianos, el lugar donde encontramos la ayuda y los medios necesarios para crecer en nuestra fe y vivir en la gracia de Dios.

Vivir el bautismo también es ser misioneros, comprometidos con la misión de Jesús que vino a instaurar del Reino de Dios

Jesus vino a  anunciar la Buena Noticia a los pobres y a liberar a los cautivos y oprimidos por la injusticia humana. Para esto, hay que salir de nuestras seguridades y proyectos personales, meternos en la la sociedad y trabajar en en favor de la vida, el amor, el bien común, la solidaridad, la justicia y la paz.

Vivir el bautismo es estar preparados para dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza en nuestro mundo de hoy, marcado a menudo por la indiferencia a Dios, por la ausencia de los valores humanos y cristianos, por una vida superficial, sin sentido y sin horizontes.

Este domingo también la Iglesia nos exhorta a salir de  nuestras seguridades y proyectos personales y trabajar en en favor de la vida, el amor, el bien común, la solidaridad, la justicia y la paz

El prelado tambien dijo que, estamos llamados a unirnos en la misma barca de Jesús y a remar juntos en la misma dirección para que en nuestro mundo cesen el odio, la violencia y las guerras. Tenemos que presentarnos con humildad, sencillez y respeto de todos, conscientes de que somos pecadores necesitados de la misericordia y del amor de Dios, llamados a unirnos en la misma barca alrededor de Jesús y a remar juntos en la misma dirección para que en nuestro mundo cesen el odio, la violencia y las guerras, y con la mirada puesta en la vida y la felicidad eternas en Dios, nuestra meta definitiva.

Nuestro bautismo es el don precioso que nos ha hecho cristianos, seguidores de Jesús, nuestro único Salvador

La palabra de Dios de esta fiesta del bautismo de Jesús, nos ha recordado que nuestro bautismo es el don precioso que nos ha hecho cristianos, seguidores de Jesús, nuestro único Salvador. Agradecidos por tanto amor, comprometámonos a poner al Señor en el centro de nuestra vida personal y social compartiendo la alegría del Evangelio con todos los que Dios pone en nuestro camino.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

10/01/2020

Hoy, domingo del Bautismo de Jesús, termina el tiempo de Navidad, en el que hemos celebrado y contemplado el misterio del amor de  Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre para que nosotros fuéramos hijos de Dios.

El Evangelio nos presenta a Jesús que, antes de iniciar su misón pública, llega al río Jordán, donde Juan el Bautista predica la conversión y bautiza a mucha gente. La inmersión en las aguas del río, es solo un gesto de penitencia y conversión de las personas que se hacen bautizar y expresan públicamente su voluntad de cambiar vida e iniciar un camino nuevo, conforme a la voluntad de Dios.

 Jesús no tiene pecado y no necesita el bautismo, sin embargo se pone en fila con los penitentes y se hace bautizar, a indicar que se solidariza con nuestra suerte humana y asume sobre sí las debilidades y límites humanos.

Jesús, “apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo”. En las Sagradas Escrituras, el cielo representa la morada propia de Dios el lugar que, a causa del pecado original, se había cerrado al ser humano, imposibilitando así su relación con el Señor. En ese momento el cielo se abre y, gracias a la total comunión de Jesús con el Padre, se abren parala humanidad las puertas de la comunicación con Dios y se reaviva la esperanza y la alegría de tener acceso a la vida divina.

“Y vio al Espíritu Santo bajar hacia él como una paloma”;  es el Espíritu de la nueva creación, simbolizado por la paloma, que desciende sobre Jesús y lo habilita públicamente para instaurar el reino de Dios. En  esta escena, se manifiestan los dos elementos fundamentales de la misión de Jesús: fidelidad a la voluntad del Padre y solidaridad con nuestra condición humana.

Jesús desarrollará, en el marco de estos dos elementos, toda su predicación y actuación hasta su entrega total en la cruz. Es lo que afirma el Apóstol Pedro en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado: Jesús “pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caido en poder del demonio”. En verdad, Jesús pasó toda su vida pública caminando por ciudades, pueblos y de Israel haciendo el bien en abundancia. Todas las personas que se cruzaban en su camino, enfermos de toda clase, endemoniados, pecadores y hasta sus perseguidores, eran sanadas, perdonadas y salvadas. 

Se oyó una voz desde el cielo: – Tu eres mi Hijo amado, en ti mi predileccto”. Es la voz de Dios Padre que presenta oficialmente a Jesús como su Hijo muy querido en quién ha puesto todo su amor, el Primogénito de una gran multitud de hermanos, el Hombre Nuevo por quien los creyentes somos salvados y copartícipes de la vida divina.

En esta escena del bautismo de Jesús, al igual que las primeras comunidades cristianas, podemos reconocer en Cristo al nuevo Moisés que vino a inaugurar el nuevo y definitivo Exodo, llevando a cumplimiento el proyecto divino de salvación. Por eso, desde sus inicios, la Iglesia asumió el bautismo como el signo distintivo de los cristianos, el sacramento de la gracia que libera del pecado y del mal, que hace hijos adoptivos de Dios, discípulos de Cristo y miembros del Pueblo de Dios.

Sin embargo, los cristianos tenemos que reconocer que no sabemos valorar en toda su importancia el don del bautismo y que, a menudo, se lo pide solo por tradición y costumbre. Por eso, debemos tener bien presente que, para ser cristianos, no es suficiente haber recibido el bautismo y vivir de renta del testimonio y de las enseñanzas que nos han dejado nuestros padres, hace falta una opción personal, redescubrir el gran valor de ese don, acogerlo y testimoniarlo con una vida llevada conforme al Evangelio y a la voluntad de Dios.

Vivir el bautismo es experimentar la vida nueva de hijos de Dios e instaurar nuevas relaciones con Él, respondiendo con amor a su amor de Padre. Una relación emprendida libremente, cautivados por la persona de Cristo, por su amor y por su entrega. El Señor no nos obliga a creer en Él, a ser sus discìpulos, tampoco nos presiona o infunde miedo para que lo sigamos. No somos cristiamos por temor, sino por amor, el amor infinito de Dios.

Vivir como hijos del mismo Padre y hermanos de Jesús, conlleva necesariamente vivir como hermanos entre nosotros, reconociendo que todos tenemos igual dignidad, sin distinciones ni supremacías de ningún tipo, como nos dice San Pedro: “Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de persona, y que, en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a Él”.

Vivir el bautismo es participar de la vida de la Iglesia, la familia más grande de los bautizados, siendo miembros activos de nuestras parroquias y comunidades como los primeros cristianos que al convertirse se incorporaban a la comunidad de los apóstoles, escuchaban sus enseñanzas, participaban de la eucaristìa, compartían solidariamente lo que tenían y oraban juntos. La Iglesia es el hogar de todos los cristianos, el lugar donde encontramos la ayuda y los medios necesarios para crecer en nuestra fe y vivir en la gracia de Dios.

Vivir el bautismo también es ser misioneros, comprometidos con la misión de Jesús que vino a instaurar del Reino de Dios, a anunciar la Buena Noticia a los pobres y a liberar a los cautivos y oprimidos por la injusticia humana. Para esto, hay que salir de nuestras seguridades y proyectos personales, meternos en la la sociedad y trabajar en en favor de la vida, el amor, el bien común, la solidaridad, la justicia y la paz.

En este tiempo de recrudecimiento de la pandemia, con su secuela de dolor y de muerte, cuidar nuestra vida es cuidar la vida los demás, un testimonio exquisito del amor de Cristo.  Por eso, tenemos que ser conscientes que la vida es un don de Dios que está por encima de todos los demás intereses y de la que un día tenemos que reponder.

Vivir el bautismo es estar preparados para dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza en nuestro mundo de hoy, marcado a menudo por la indiferencia a Dios, por la ausencia de los valores humanos y cristianos, por una vida superficial, sin sentido y sin horizontes.

 Utilizando una imagen del deporte, vivir el bautismo implica ponernos la camiseta de Cristo y de la Iglesia, no tener miedo de dar testimonio público de nuestra fe, no con actitudes de superioridad y, menos aún con la presunción de ser perfectos y mejores que los demás. Tenemos que presentarnos con humildad, sencillez y respeto de todos, conscientes de que somos pecadores necesitados de la misericordia y del amor de Dios, llamados a unirnos en la misma barca alrededor de Jesús y a remar juntos en la misma dirección para que en nuestro mundo cesen el odio, la violencia y las guerras, y con la mirada puesta en la vida y la felicidad eternas en Dios, nuestra meta definitiva.

La palabra de Dios de esta fiesta del bautismo de Jesús, nos ha recordado que nuestro bautismo es el don precioso que nos ha hecho cristianos, seguidores de Jesús, nuestro único Salvador. Agradecidos por tanto amor, comprometámonos a poner al Señor en el centro de nuestra vida personal y social compartiendo la alegría del Evangelio con todos los que Dios pone en nuestro camino. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo