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viernes 23 agosto 2019
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En el inicio de la Semana Santa Monseñor Sergio pide que carguemos con la cruz de los crucificados del mundo de hoy

El Arzobispo cruceño dijo que si elegimos seguir a Jesús, tenemos que estar conscientes de que sólo podemos seguirlo cargando la cruz del sacrificio y la entrega, de la solidaridad y el servicio al prójimo, en especial –dijo Monseñor- a los crucificados del mundo de hoy, los pobres, los indefensos, los descartados, las víctimas de la sociedad consumista, en quienes debemos reconocer al Cristo sufriente, oculto a nuestros ojos pero real”.

Iniciando la Semana Santa, Monseñor Sergio en su homilía de Domingo de Ramos, afirmó desde la Catedral Metropolitana que “Jesús, sí es rey, pero un rey que rompe los arcos de guerra, un rey de la paz y sencillez, un rey de los pobres y servidor de todos. Jesús no se apoya en la violencia y el poder de los grandes, su poder reside en la pobreza y paz de Dios, el único poder que salva.

Refiriéndose al sacrificio de Cristo en la Cruz, Monseñor Sergio exhortó a que “También nosotros, ante la cruz, tenemos que tomar posición, no podemos quedar neutrales: o elegimos a Jesús o bien la lógica y poderes del mundo. Si elegimos a Jesús, tenemos que estar conscientes de que sólo podemos seguirlo cargando la cruz del sacrificio y la entrega, de la solidaridad y el servicio al prójimo, en especial a los crucificados del mundo de hoy, los pobres, los indefensos, los descartados, las víctimas de la sociedad consumista, en quienes debemos reconocer al Cristo sufriente, oculto a nuestros ojos pero real”.

Lea la homilía completa:

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO DE RAMOS, 9 DE ABRIL DE 2017

Esta mañana del Domingo de Ramos, primer día de esta semana en la que la comunidad cristiana del mundo entero actualiza los misterios centrales de la redención, la liturgia de la Palabra nos invita a revivir dos acontecimientos temporalmente cercanos de la vida de Jesús, pero contrastantes entre sí. Por un lado, la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, acogido con alegría por el pueblo sencillo y que nosotros hemos vivido en la procesión y bendición de ramos, y por el otro los eventos trágicos de su pasión y muerte relatados en el Evangelio de San Mateo, propiciados por las autoridades religiosas y políticas.

Lo que mueve a los sumos pontífices, el sanedrín y la mayor parte del pueblo, a no reconocer a Jesús como el Mesías anunciado por los profetas, a rechazarlo y a exigir su muerte a Pilato, es que él no actúa conforme a su modelo de Mesías y por sus acusaciones en contra de los abusos que se cometían en el templo.

Jesús en varias ocasiones hace la denuncia, que detrás del culto centrado en el Templo de Jerusalén se oculta la mentira y el ansia de poder y que la religión se ha vuelto instrumento de explotación, enriquecimiento y dominación del pueblo.

Jesús, en su entrada a Jerusalén, se presenta como tiene que ser el Mesías verdadero. Él, al pedir un borrico sobre el que nadie ha montado todavía y al encaminarse sentado sobre él, reivindica el derecho del rey, del Mesías soberano que ha de venir, al cual los pueblos deben obediencia. El profeta Zacarías lo anunció: ”Mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado en un borrico”. Jesús, sí es rey, pero un rey que rompe los arcos de guerra, un rey de la paz y sencillez, un rey de los pobres y servidor de todos. Jesús no se apoya en la violencia y el poder de los grandes, su poder reside en la pobreza y paz de Dios, el único poder que salva.

El desarrollo y desenlace de la pasión, con todos los engaños de la justicia servil a los poderosos y la hostilidad de los enemigos de Jesús, mirados sólo desde la lógica humana, pueden parecernos tan solo como una muerte injusta y cruel de un hombre inocente y justo, al igual que tantas otras muertes injustas que se han dado y se dan a lo largo de la historia hasta nuestros días.

Nosotros, esta mañana, releemos la pasión de Jesús con la mirada de la fe puesta en la Pascua, para poderlas entender en su sentido verdadero. Desde esta mirada comprendemos que Dios aún en medio de las maldades del hombre lleva adelante sus designios, dando cumplimiento a su plan de salvación, el reino de amor y vida que se va desarrollando en la contradicción, entre su voluntad salvadora, la soberbia y desobediencia humanas. Jesús, en todos los terribles momentos de su pasión, consciente del papel que desempeña y de su condición de Mesías e hijo de Dios, no actúa como víctima resignada, pasiva e impotente, sino siempre como el protagonista que cumple el plan del Padre hasta el final.

Por eso Jesús, al igual que el siervo sufriente del que nos habla el profeta Isaías en la 1era lectura, no se se echa atrás“, no se resiste a Dios y tampoco huye de la pasión, más bien se pone en sus manos y le abre su oído. Como Él ha fraguado su vida en la oración, la escucha y obediencia a la Palabra del Padre, se ha colmado de la fuerza espiritual que le permite enfrentar el camino de la cruz, como un recorrido de generosidad y libertad, sin flaquezas ni resistencias.

La carta de San Pablo a los cristianos de Filipo señala, de la misma manera, que Jesús es el Servidor que por amor ha venido a hacer realidad el Reino de Dios.

Por eso se ha solidarizado con nuestra condición humana, despojándose de su condición divina y haciéndose uno de nosotros, aceptando libremente la cruz para liberarnos de la esclavitud del pecado y la muerte. Sólo su anonadamiento y humillación, expresiones de su amor y entrega total, nos han abierto a la vida y la gracia. Cristo no se ha aferrado a su condición de Dios, ni se ha aprovechado de su poder, al contrario, lo ha ejercido rebajándose a la condición de esclavo y como servidor de todos.

En cada momento de la Pasión del Señor, que acabamos de escuchar, hemos podido comprobar la magnanimidad y bondad de Jesús que, aún en medio de grandes sufrimientos, es capaz de amar y de perdonar, incluso a los que lo están crucificando.

La misión de Jesús se presenta ardua y sombría, sobre todo porque es consciente de nuestra ingratitud y debilidad, representada en el sueño que envuelve a los tres apóstoles sus amigos preferidos, que caen en el sueño y no lo acompañan con la oración en la angustia de su agonía en la huerta del Getsemaní.

Y es justamente en la oración filial que Jesús, ante el peso de la pasión y muerte que lo esperan, encuentra la fuerza de cumplir la voluntad del Dios: “Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mí voluntad, sino la tuya“, voluntad que cumple hasta el final a pesar de cargar sólo la carga del pecado y el odio: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”.

Jesús, al cumplir el plan de Dios, ha “desandado” íntegramente el camino de “rebelión“, de la “desobediencia” y del pecado de la humanidad, y ha emprendido el camino de la obediencia, de la gracia y de la vida.

Semejante amor no muere, vive para siempre en Jesús exaltado como Señor en la Gloria del Padre, amor que despierta en nosotros la esperanza de que un día podamos gozar de esa gloria. “Por eso Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre… y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: “Jesucristo es Señor!”, como nos ha dicho San Pablo.

La cruz, desde ese día hasta hoy, se ha vuelto signo de contradicción entre fe e incredulidad, entre aceptación y rechazo de Jesús como Mesías e Hijo de Dios. Pilato, Herodes y los Sumos Sacerdotes, lo rechazan, en cambio, los paganos, los pobres y marginados, y ahora el oficial romano que asiste a la crucifixión al lado de Juan el discípulo amado, la Virgen María y las mujeres que seguían al maestro, reconocen a Jesús como “verdaderamente Hijo de Dios“.

También nosotros, ante la cruz, tenemos que tomar posición, no podemos quedar neutrales: o elegimos a Jesús o bien la lógica y poderes del mundo. Si elegimos a Jesús, tenemos que estar conscientes de que sólo podemos seguirlo cargando la cruz del sacrificio y la entrega, de la solidaridad y el servicio al prójimo, en especial a los crucificados del mundo de hoy, los pobres, los indefensos, los descartados, las víctimas de la sociedad consumista, en quienes debemos reconocer al Cristo sufriente, oculto a nuestros ojos pero real.

Jesús ha dado su vida para hacernos amigos suyos, hijos de Dios y hermanos unos de otros. Respondamos con gratitud y generosidad este don extraordinario, pongámonos al servicio del plan de Dios, para que la pasión de Jesús siga siendo fuente de vida, solidaridad, fraternidad y paz. Amén.

Encargado


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