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miércoles 8 abril 2020
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El Señor nos desafía a ser luz con nuestras buenas obras, en medios de las tinieblas, dice Mons. Sergio

Campanas. Este domingo desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, afirmó que el Señor nos desafía a ser luz con nuestras buenas obras, en medios de las tinieblas y de los intereses oscuros del mundo.  Así mismo aseguró que nuestra luz despuntará en medio de las tinieblas si nos comprometemos en espacios concretos de caridad, solidaridad y justicia al servicio del bien común y de los pobres.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz- 09/02/2020

 El texto del Evangelio de hoy, que sigue a las Bienaventuranzas, es parte del “Discurso de la  Montaña“, el núcleo central de las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios.

Jesús se dirige a los discípulos con dos imágenes de la vida cotidiana muy comprensibles: “Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo“. La sal es un elemento indispensable en la vida humana, se la utiliza para dar sabor y hacer gustosos a los alimentos y también para preservarlos de la corrupción, por eso la sal en la Biblia es signo de las cosas buenas que perduran en la vida y también símbolo de la sabiduría. El hombre sabio es aquel que tiene un comportamiento justo y correcto con Dios y con los demás, que se relaciona con propiedad y respeto, que sabe ubicarse en la realidad que lo rodea y que encuentra en el Señor el sentido y la dicha de su vida.

Nosotros somos discípulos de Jesús, por esos estas palabras de Jesús “Ustedes son la sal de la tierra”, valen también para nosotros. A esto estamos llamados: a dar sabor a las realidad y transformar nuestra conducta y forma de vida para que sean conformes a la voluntad de Dios y mantengamos las virtudes y los valores cristianos en nuestro mundo, aunque tengamos que ir a contracorriente con las modas imperantes.

A estas palabras Jesús añade: “Ustedes son la luz del mundo. En el libro de la Génesis, la luz es la primera obra creada por Dios, de ella dependen todas las formas de vida en el mundo. Los discípulos tienen que haberse sorprendido al escuchar “ustedes son luz”, ya que Jesús, en varias ocasiones, se había presentado a sí mismo como la luz: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

Cuando Jesús dice “Ustedes son”, él no se dirige a todo el mundo, sino a sus seguidores, a los que han tomado el camino de las bienaventuranzas y por tanto también a nosotros. El Papa Francisco nos dice que seamos “luz para los demás y sal para los demás, porque la sal no se da sabor a sí misma, ni la luz ilumina a sí misma, están siempre al servicio”. Ser misioneros al servicio de Cristo, luz del mundo, es la identidad y vocación de cada bautizado y de toda la Iglesia.

Jesús nos indica también como cumplir con esta desafiante misión: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo”. Nuestras buenas obras no deben estar ocultas, tienen que ser vistas como la ciudad puesta en la cima de la montaña y al mismo tiempo tienen que alumbrar como la lámpara puesta sobre el candelero, para que los demás vean lo que está pasando y glorifiquen a Dios Padre.

Las “buenas obras” son las Bienaventuranzas, los caminos de la felicidad y santidad, las normas de conducta del cristiano: de una vida sobria y entregada al reino de Dios, de humildad y mansedumbre, de justicia y paz, de solidaridad y misericordia con los pobres y sufridos, de honradez e integridad, de sinceridad y pasión por la verdad, y de compromiso cotidiano por el Evangelio. La luz que atrae a los demás hacia Cristo, no son los discursos y medios que deslumbran, ni los prodigios, sino el testimonio de una vida llevada conforme a las Bienaventuranzas.

San Pablo entendió muy bien esta enseñanza de Jesús y así se expresaba con los cristianos de Corinto: “No llegué a ustedes con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado. Por eso me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante…. para que ustedes basaran su fe… en el poder de Dios. Pablo logró convertir al Evangelio a muchos judíos y a paganos, no con su oratoria y su predicación erudita, sino con el poder del crucificado, para que los cristianos basaran su fe no en la sabiduría humana sino en la de Dios.

El profeta Isaías, como hemos escuchado en la primera lectura, también nos desafía a ser luz con nuestras buenas obras, en medios de las tinieblas de los intereses oscuros del mundo. “Si compartes tu pan con el hambriento y albergas a los pobres sin techo, si cubres al que ves desnudo y no te despreocupas de tu prójimo, entonces tu luz despuntará como auroradelante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor“.  Nuestra luz despuntará en medio de las tinieblas si nos comprometemos en espacios concretos de caridad, solidaridad y justicia al servicio del bien común y de los pobres.

Por eso, una vida coherente con la fe que profesamos, es el mejor anuncio de Jesús que como cristianos podemos proclamar a nuestra sociedad hoy. Es también la mejor manera de ser sal y luz de una nueva humanidad, como personas anticonformistas que no nos acomodamos pasivamente a la lógica mundana, sino que, con la fortaleza del Espíritu Santo, buscamos salimos de la uniformidad y mediocridad de las masas.

Ser sal de la tierra y luz del mundo, es nuestra misión, la ardua tarea que esta mañana Jesús nos confía a todos,  en particular a ustedes, queridos jóvenes, reunidos en la XI Asamblea Arquidiocesana de Pastoral Juvenil, con el lema: “Los jóvenes somos tierra sagrada, el ahora de Dios”.

Ahora, no mañana ni pasado mañana, ahora Jesús les llama a dar testimonio alegre y valiente de su Jesucristo, del amigo que ha cambiado su vida. Y nosotros todos, juntos a Uds. jóvenes, seamos generosos no tengamos miedo en entregar nuestra vida por Cristo y por los valores del Evangelio y en cumplir con su mandato: “Brille así vuestra luz delante de los hombres de modo que, den gloria al Padre que está en los cielosy reconozcan su bondad y su actuación misericordiosa en bien de toda la humanidad.

El próximo martes 11, fiesta de la Virgen de Lourdes,  se celebra la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, con la invitación de Jesús: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré”, para que en su dolor experimenten la ternura, consuelo y protección del Señor. Esta jornada toma una particular significación en esta circunstancia del contagio de dengue en nuestro país y de la amenaza mundial del coronavirus.

El Señor nos pide ser corresponsables en implementar las medidas preventivas implementadas por las autoridades, ser solidarios con las personas enfermas y encomendarlas en nuestras oraciones a la Virgen María, Salud de los enfermos, así como a sus familias y a los agentes sanitarios. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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