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lunes 18 noviembre 2019
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El Resucitado nos pide renovar nuestra fe y poner nuestra confianza en Él, afirma Monseñor Sergio

El Evangelio de este domingo presentó dos apariciones del Resucitado a sus discípulos: una, la misma noche de la Resurrección y la otra, ocho días después. Al respecto, Monseñor Sergio se hizo eco de la reacción de Tomás ya que, según dijo, “En Tomás vemos representados a muchos de nosotros cristianos que pasamos por las dudas de fe y que tenemos dificultades en creer en la Resurrección de Jesús. Como a Tomás, el Resucitado mismo nos pide renovar nuestra fe y poner nuestra confianza en Él que está presente en nuestra vida, nos guía y sostiene en el camino hacia la luz, la vida y la gloria para siempre”.

“Por fin, conmovido por esa experiencia maravillosa, Tomás hace esa estupenda profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”, a la que Jesús responde: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Dichosos los que creen sin haber visto”.

Para Monseñor Sergio “Esta bienaventuranza vale para todos los cristianos que han creído y que creen en el Señor sin haberlo visto, como nosotros, aun si tenemos dificultad en creer, si lo buscamos a tientas. Lo que cuenta es que nos volvamos a levantar cuando caemos, y estemos dispuestos a reanudar nuestra amistad con él. Las palabras del Resucitado nos llenan de consuelo y esperanza: Él no nos juzga ni se escandaliza de nuestras dudas y vacilaciones en nuestra búsqueda sincera de encontrar la luz de la verdad. El Señor nos tiende sus manos, nos pide tocar los signos de su amor y nos anima a seguir adelante con confianza superando nuestros miedos y las dificultades en ser sus testigos en nuestro mundo distraído e indiferente a los valores sobrenaturales”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBSIPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 28 DE ABRIL DE 2019

El Evangelio de hoy, nos presenta dos apariciones del Resucitado a sus discípulos: una, la misma noche de la Resurrección y la otra, ocho días después. Las escenas se desarrollan mientras los discípulos están reunidos en un ambiente a puertas cerradas por miedo a los judíos, un miedo real y concreto, que no logran vencer ni ante la tumba vacía, ni ante el testimonio de María Magdalena que ha encontrado a Jesús resucitado.

De pronto, el Resucitado se hace presente en medio de ellos y les dice: “La paz esté con Ustedes“. La paz no es una promesa, es una realidad desde ese preciso momento: la paz es de ustedes y está en ustedes. La paz es el primer don del Resucitado, paz que brota de su presencia en nuestra vida, la paz de las relaciones nuevas con Dios y el prójimo, basadas en el amor, la paz de nuestra realización plena como hijos de Dios y la paz conjunto de todos los bienes a compartir con los demás como hermanos. Jesús acompaña su saludo mostrando sus manos con las marcas de los clavos y el costado abierto, signos de su crucifixión.

Los discípulos se alegraron”. Es la alegría que brota del encuentro con el Resucitado, don que acompaña la paz y que vence la tristeza de la despedida en la última cena y de la experiencia de la pasión. La presencia del Señor llena de gozo nuestras vidas, dicha que no desaparece ni en los momentos de dolor ni en los problemas de nuestra existencia. Paz, gozo y armonía, son las palabras que los Evangelios emplean para describir los frutos de la Resurrección, la última intervención de Dios en la historia de la humanidad, dones que, gracias a Jesucristo, podemos saborear ya ahora en nuestra vida. A continuación Jesús: “Sopló sobre ellos y añadió: – Reciban el Espíritu Santo”.

 Con estas palabras el Señor, cumpliendo lo prometido en la última cena, otorga a sus discípulos el más importante don de la Pascua: la comunicación personal de su propio Espíritu, él que había encomendado al Padre en la cruz: “Padre en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Es el don del Espíritu Santo de la nueva creación, de la nueva humanidad y de la vida nueva, Espíritu que constituye a es grupo de discípulos como Iglesia, el nuevo pueblo de Dios.

Luego el Resucitado les confía el mismo mandato misionero que Él recibió del Padre; anunciar al mundo la Buena Noticia de la Salvación: ”Cómo el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes”. La Iglesia nace misionera, enviada a anunciar y testimoniar la alegría del Evangelio de la Vida a todo el mundo.

Y, por el mismo Espíritu, Jesucristo también constituye a los discípulos ministros del perdón, la reconciliación y la misericordia: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen”. El Papa San Juan Pablo II, para subrayar la grandeza del ministerio del perdón confiado a la Iglesia, dedicó a la Divina Misericordia este 2º domingo de Pascua, para que pudiéramos comprender el valor de  este don y experimentar el perdón del Señor, recurriendo al sacramento de la penitencia o confesión.

En esa noche, Tomás no estaba presente y los otros discípulos le comparten la alegría de haber “visto al Señor”. Sin embargo, Él se muestra incrédulo: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en ellas y la mano en su costado, no lo creeré”.

Ocho días más tarde, los discípulos nuevamente están reunidos en el mismo lugar y con ellos también Tomás.

El Resucitado se presenta en medio de ellos y después del saludo de paz, invita a Tomás a poner sus dedos y su mano en las marcas de la pasión, al mismo tiempo que lo reprende: ”No seas incrédulo, sino hombre de fe”. Las marcas de la pasión y crucifixión en las manos, los pies y el costado de Jesús, no desaparecen con la resurrección: el Resucitado es el mismo crucificado

En Tomás vemos representados a muchos de nosotros cristianos que pasamos por las dudas de fe y que tenemos dificultades en creer en la Resurrección de Jesús. Como a Tomás, el Resucitado mismo nos pide renovar nuestra fe y poner nuestra confianza en Él que está presente en nuestra vida, nos guía y sostiene en el camino hacia la luz, la vida y la gloria para siempre.

En la actuación de Tomás, es significativo de que, a pesar de no haber creído en el testimonio de sus amigos, sin embargo no los deja y sigue en la comunidad. Gracias a que se ha quedado Tomás puede ver y tocar las llagas del Resucitado. Por fin, conmovido por esa experiencia maravillosa, Tomás hace esa estupenda profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”, a la que Jesús responde: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Dichosos los que creen sin haber visto”.

Esta bienaventuranza vale para todos los cristianos que han creído y que creen en el Señor sin haberlo visto, como nosotros, aun si tenemos dificultad en creer, si lo buscamos a tientas. LO que cuenta es que nos volvamos a levantar cuando caemos, y estemos dispuestos a  reanudar nuestra amistad con él. Las palabras del Resucitado nos llenan de consuelo y esperanza: Él no nos juzga ni se escandaliza de nuestras dudas y vacilaciones en nuestra búsqueda sincera de encontrar la luz de la verdad. El Señor nos tiende sus manos, nos pide tocar los signos de su amor y nos anima a seguir adelante con confianza superando nuestros miedos y las dificultades en ser sus testigos en nuestro mundo distraído e indiferente a los valores sobrenaturales.

 Ambas apariciones del Resucitado se realizaron en la noche del primer día de la semana, el Domingo. Por eso la Iglesia, desde sus inicios, ha considerado el Domingo como el día de la resurrección, el día de fiesta en el que celebra con alegría la Eucaristía, la acción de gracias por los misterios de la salvación y de la vida nueva en el Resucitado.

Por eso los católicos estamos invitados a participar con alegría en la Eucaristía dominical, “todos juntos con el mismo espíritu”, como dicen los Hechos de los Apóstoles. En esa celebración, además de gozar de los frutos de la muerte y Resurrección de Jesús, estamos fortalecidos en nuestra fe por el testimonio de los hermanos junto a los cuales aclamamos a una sola voz: “Señor mío y Dios mío“.

El Evangelista San Juan concluye este texto, que es el final también de su Evangelio, con estas palabras: “Estos (signos) han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su nombre”.

Con las palabras del salmo, acojamos con gratitud esta invitación de San Juan Evangelista, para disfrutar de los dones de la paz, la alegría y el perdón, frutos del Espíritu Santo, el más grande don del Resucitado: “Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Encargado


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