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lunes 19 abril 2021
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El Resucitado nos llama a ser operadores de paz, siendo solidarios con las personas que sufren por el COVID, la pobreza y la marginación, afirma Mons. Gualberti

Campanas. “Cristo ha Resucitado ¡Aleluya, Aleluya!… ¡Vive el Señor de veras!… ¡Alegría! “, estas son algunas de las tantas expresiones de júbilo de este día porque Cristo ha vencido a su muerte y a nuestra muerte para siempre. Desde la Catedral este domingo de Pascua el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti afirmó que, “El Resucitado nos llama a ser operadores de paz, siendo solidarios con las personas que sufrensufren en carne propia las consecuencias de la pandemia del COVID y con los que sufren la pobreza y la marginación”

El evangelio de hoy relata que el primer día de la semana, los apóstoles Pedro y Juan, alertados por María Magdalena, corren al sepulcro de Jesús. Pedro entra primero y lo encuentra vacío; las vendas mortuorias están puestas en su sitio y el sudario, que había cubierto su rostro, colocado a parte. También el otro discípulo entra y ambos, al ver esos signos, por fin creen porque, como dice el evangelio, “hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos”. Tal vez su estado de ofuscación se debe a la gran sacudida que la pasión de Jesús provocó en ellos.

¡Jesús en verdad ha resucitado! Esto es el precioso legado de las primeras comunidades cristianas que profesaron su fe en Él a partir del testimonio vivo de los apóstoles, a quienes, en distintas oportunidades, se les apareció el Señor Resucitado.

También el Arzobispo aseguró que, la Resurrección de Jesús es creída y vivida por la primera comunidad cristiana como la verdad central de su fe, transmitida también como legado fundamental para las siguientes generaciones.

Somos llamados a ser “testigos de Jesús resucitado”, a anunciar la Buena Noticia que ha cambiado para siempre la historia de la humanidad

Como discípulos, también nosotros somos llamados a ser “testigos de Jesús resucitado”, a anunciar la Buena Noticia que ha cambiado para siempre la historia de la humanidad y a hacerla conocer a todos los corazones para que se abran al Señor de la vida.

Como discípulos de Jesús, tenemos la misión de ser testigos del cielo nuevo y la tierra nueva en el Resucitado, donde no hay ni luto ni lágrima, ni muerte ni tristeza, porque Dios será todo en todos.

 Esta es la gran labor que nos espera, ser “testigos del Resucitado nuestra esperanza”, la luz que ilumina y sostiene nuestro camino y nuestra vida nueva en este mundo siempre más sediento de verdad, de esperanza y de Alguien en quien confiar. Por eso, la esperanza del Resucitado, que está en nuestro corazón, nos preserva del egoísmo, nos conduce a la dicha de la caridad y nos hace acercar, con un sano optimismo y serenidad, a ser sus testigos en nuestra sociedad distraída, despreocupada de Dios y a menudo hostil, expresó Monseñor.

Así mismo el prelado aseveró que, el Resucitado nos llama a ser testigos y operadores de la paz y reconciliación, allí donde hay víctimas de la violencia, de la injusticia, de las divisiones y de los enfrentamientos y en todos los ámbitos donde hay dolor y exclusión.

Ser operadores de paz promoviendo la sacralidad de la vida y de la dignidad de toda persona, como el principio conductor para construir una sociedad en paz y de paz, pidió Monseñor.  

Pascua de Resurrección: Homilía del Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti

/04/04/2021

 “Cristo ha Resucitado ¡Aleluya, Aleluya!… ¡Vive el Señor de veras!… ¡Alegría! “, estas son algunas de las tantas expresiones de júbilo de este día porque Cristo ha vencido a su muerte y a nuestra muerte para siempre.

El evangelio de hoy relata que el primer día de la semana, los apóstoles Pedro y Juan, alertados por María Magdalena, corren al sepulcro de Jesús. Pedro entra primero y lo encuentra vacío; las vendas mortuorias están puestas en su sitio y el sudario, que había cubierto su rostro, colocado a parte. También el otro discípulo entra y ambos, al ver esos signos, por fin creen porque, como dice el evangelio, “hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos”. Tal vez su estado de ofuscación se debe a la gran sacudida que la pasión de Jesús provocó en ellos.

A los que habían querido la muerte de Jesús a fin de callarlo para siempre, a los que habían gritado “crucifícalo” y a los que, todavía hoy, lo quieren desterrar conscientemente de nuestro mundo, Dios responde resucitándolo y constituyéndolo Señor de la vida.

Cristo vive, y el pecado y la muerte ya no tienen dominio sobre el mundo, aunque sus consecuencias siguen presentes en nuestra historia personal y en la de la humanidad, lo que nos puede causar desconcierto y desesperanza. Pero, la certeza de que Cristo ha resucitado nos reanima en la fe y la esperanza, los gérmenes de la gracia divina y de la vida eterna, que Él ha puesto en nosotros y en toda la creación y que van creciendo paulatinamente en el tiempo, hasta encontrar su plenitud en el encuentro definitivo con Dios. La sed de esperanza y de un horizonte seguro presentes en lo íntimo de todo ser humano, aunque a menudo de manera inconsciente, encuentran su respuesta verdadera en el gozoso anuncio pascual: “¡Vive el Señor de veras!” y “es nuestra vida“.

¡Jesús en verdad ha resucitado! Esto es el precioso legado de las primeras comunidades cristianas que profesaron su fe en Él a partir del testimonio vivo de los apóstoles, a quienes, en distintas oportunidades, se les apareció el Señor Resucitado.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, San Pedro hablando a la comunidad dice: “Ustedes conocen lo que aconteció en Judea… Jesús de Nazaret, consagrado por el Espíritu Santo en el bautismo, pasó haciendo el bien y sanando a todos, lo crucificaron, Dios lo ha resucitado y está vivo… Y nosotros somos testigos“.

La certeza de la resurrección de Jesús era tan fuerte en los primeros cristianos que se consideraban a sí mismos como “testigos del Resucitado”, haciendo realidad la promesa que el Señor había hecho a los discípulos: “Permanezcan en la ciudad; recibirán el Espíritu y serán mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra”. La Resurrección de Jesús es creída y vivida por la primera comunidad cristiana como la verdad central de su fe, transmitida también como legado fundamental para las siguientes generaciones.

Como discípulos, también nosotros somos llamados a ser “testigos de Jesús resucitado”, a anunciar la Buena Noticia que ha cambiado para siempre la historia de la humanidad y a hacerla conocer a todos los corazones para que se abran al Señor de la vida.

Nuestra vida ha sido unida a la de Jesús resucitado y, junto a él, entrarán en nuestra vida las esperanzas y los dolores de la humanidad, significados en las heridas de los clavos y de la lanza aún presentes en su cuerpo. Como discípulos de Jesús, tenemos la misión de ser testigos del cielo nuevo y la tierra nueva en el Resucitado, donde no hay ni luto ni lágrima, ni muerte ni tristeza, porque Dios será todo en todos.

Esta es la gran labor que nos espera, ser “testigos del Resucitado nuestra esperanza”, la luz que ilumina y sostiene nuestro camino y nuestra vida nueva en este mundo siempre más sediento de verdad, de esperanza y de Alguien en quien confiar. Por eso, la esperanza del Resucitado, que está en nuestro corazón, nos preserva del egoísmo, nos conduce a la dicha de la caridad y nos hace acercar, con un sano optimismo y serenidad, a ser sus testigos en nuestra sociedad distraída, despreocupada de Dios y a menudo hostil.

Ser “testigos del Resucitado…que es nuestra paz”. La paz esté con ustedes…les doy mi paz“, es el saludo del Señor en su primera aparición a los discípulos. No cualquier paz, sino la del Resucitado, fruto de su entrega libre y total a la pasión y muerte. Paz que no es tan solo falta de conflicto y de guerra, sino vida digna, segura y fraterna para todos, paz que se construye sobre nuevas relaciones: de hijos con Dios nuestro Padre y de hermanos entre todos los seres humanos.

El Resucitado nos llama a ser testigos y operadores de la paz y reconciliación, allí donde hay víctimas de la violencia, de la injusticia, de las divisiones y de los enfrentamientos y en todos los ámbitos donde hay dolor y exclusión. Ser operadores de paz, siendo solidarios con las personas que sufren en carne propia las consecuencias de la pandemia del COVID y con los que sufren la pobreza y la marginación. Ser operadores de paz promoviendo la sacralidad de la vida y de la dignidad de toda persona, como el principio conductor para construir una sociedad en paz y de paz.  

La vida, la esperanza y la paz, son signos de la salvación, que Cristo Resucitado nos ha adquirido, signos para nuestra vida cotidiana, nuestros trabajos, nuestras relaciones con los demás. San Pablo en la carta a los Colosenses nos invita a revelar estos dones del Señor abriéndonos a la gracia del Espíritu del Resucitado: “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios”.

Buscar los bienes de arriba, implica una conversión radical, el cambio de mentalidad, de corazón y de conducta, implica tener la mirada fija en los bienes imperecederos y eternos y no en los bienes materiales perecederos: “Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra”. Pensar en las cosas del cielo, no es escapar de nuestras responsabilidades terrenales, sino tener consciencia que lo que hacemos en esta tierra tiene valor de eternidad.

Agradecidos a Dios Padre por el don del Resucitado, celebremos hoy con mucha alegría la Eucaristía, el sacramento de la Pascua siempre nueva y eterna, que nos hace partícipes de la vida nueva y nos colma de esperanza, amor y paz. A todos Uds. aquí presentes y a ustedes hermanos que nos acompañan con los MCS, mis sinceros y gozosos augurios de vida, de amor y de paz. “Cristo ha Resucitado“¡Vive el Señor de veras! Aleluya”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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