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sábado 25 mayo 2019
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El Papa catequista y la alegría incontenible de los pequeños

La Primera Comunión administrada personalmente por el Papa a 245 niños, gesto imprevisto, representa un hecho excepcional en la historia de los viajes papales.
 
ANDREA TORNIELLI

La Misa de Primera Comunión en Rakovski es un acontecimiento excepcional en la historia de los viajes papales. Aunque inicialmente se había previsto de otra manera, Francisco decidió a último momento distribuir personalmente la Eucaristía bajo las dos especies a 245 niños provenientes tres diócesis de Bulgaria. Es la liturgia más grande de las Primeras Comuniones celebradas por el Papa y para Francisco, una ruptura a la regla de su pontificado, ya que normalmente se limita a dar la comunión a los diáconos en el altar, pero no distribuye la Eucaristía a los fieles, excepto en muy raras ocasiones. En práctica, todos los niños búlgaros que hicieron su Primera Comunión este año la recibieron del Obispo de Roma.

Son éstos los momentos en los que el Papa se encuentra más a gusto, cuando puede ser pastor y celebrar los sacramentos para el pueblo de Dios. Siguiendo la estela de otro Papa pastor, San Pío X, que quiso bajar la edad de la Primera Comunión para dar cuanto antes la gracia sacramental a cada pequeño cristiano: el único requisito era que pudiera distinguir la diferencia entre el Pan Eucarístico y el pan que comemos diariamente en nuestras mesas. Una apertura que confiaba de manera particular en la acción de la gracia y, por tanto, en la acción de Dios a través del sacramento, más que en la preparación de los comulgantes. Una mirada de confianza que a veces corre el riesgo de ser olvidada.

En junio de 2016, Francisco, al recibir a un grupo de jóvenes discapacitados, dijo: «Cuando, hace más de cien años, el Papa Pío X dijo que los niños debían recibir la Comunión, muchos se escandalizaron. “Ese niño no entiende, es diferente, no entiende bien…”. Den la comunión a los niños, dijo el Papa, e hizo de la diversidad una igualdad, porque sabía que el niño entiende, de otra manera».

Estaba feliz, el Papa, en la iglesia de Rakovski inundada por el sol, y al final de la misa también por una cascada de pétalos blancos y amarillos. Y se lo vio en el diálogo no programado que quiso entablar con los niños, para explicar a cada uno de ellos cuál es nuestro documento de identidad: «Dios es nuestro Padre, Jesús es nuestro Hermano, la Iglesia es nuestra familia, nosotros somos hermanos, nuestra ley es el amor». Y nuestro «apellido» es «cristianos».

Graciela Arandia de Hidalgo



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