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miércoles 18 septiembre 2019
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El fin de nuestra vida es Dios y no el dinero, exhorta Monseñor Sergio

La enseñanza central del evangelio de este domingo está en la sentencia de Jesús “Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro… No pueden servir a Dios y al dinero”. Para Monseñor Sergio, estas palabras contundentes de Jesús no dejan dudas, nos sacuden y exigen un sincero examen de conciencia y una respuesta sincera: “¿Dónde nos jugamos nuestra vida? ¿En el dinero o en el Dios de Jesucristo?”

Monseñor afirmó en su homilía dominical que “No podemos dividir el señorío de nuestro corazón y de nuestra vida entre el Dios de Jesucristo y el ídolo, “el dios dinero”. Afirmó que “los bienes y el dinero por tanto son sólo un medio, un instrumento y no la finalidad de nuestra vida. El fin es Dios, y, como tal, tenemos que ponerlo al centro de nuestra existencia y amarlo por encima de todas las cosas”.

“…si miramos la historia de la humanidad, desde siempre ha estado muy presente una gran tentación: considerar al dinero y las riquezas como lo más importante en la vida personal y social, hasta el punto de endiosarlos, volverlos un ídolo. Sobre el altar del ídolo dinero se llega a sacrificar todo: tiempo, salud, afectos familiares, amistades, convicciones y hasta se vende el alma al diablo. Este ídolo atrapa, envuelve y esclaviza a las personas, y más aún exige la sangre de sus víctimas. ¡Cuántas personas han sido explotadas, sometidas, esclavizadas y sacrificadas sobre el altar del dios dinero!” dijo Monseñor.

En esta misma línea Monseñor denunció las consecuencias de la “tiránica ley del mercado –que- se ha absolutizado, entronizándose por encima del hombre y de Dios, como la nueva religión que tiene sus seguidores y adoradores”. Según Monseñor esto se constata con la crisis financiera de varios países del mundo occidental “donde los ricos se han vuelto más ricos, a costa del empobrecimiento de un gran número de personas obligadas a migraciones masivas jamás vistas en la historia de la humanidad”. El prelado advirtió que “Este es el resultado de la economía de mercado que se ha globalizado y extendido por todo el mundo, sembrando pobreza, desigualdad, injusticia, opresión, violencia y muerte”.

El Arzobispo de Santa Cruz puntualizó que “Poner al centro de nuestra vida a Dios, no significa despreciar los bienes materiales, sino ponerlos en su justo lugar, como dones al servicio de una vida sobria y digna. Por eso, la administración correcta de los bienes tiene que responder necesariamente no sólo a nuestras exigencias sino también al bien común y a las exigencias de los demás”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

DOMINGO 18/09/2016

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

Las lecturas de este Domingo nos hablan de la visión cristiana respecto al valor y al uso del dinero y de los bienes de este mundo. El Señor, además del don de la vida y de la fe, ha puesto en nuestras manos tantos otros dones, el amor, los talentos, las capacidades, las cualidades personales y también los bienes materiales. Reconocer que todo lo que somos y que tenemos es un don del amor de Dios, es creer que él es el único Señor, que quiere que todos indistintamente, durante nuestra peregrinación en esta tierra, podamos gozar de una vida digna de hijos suyos.

Dios ha puesto al ser humano como administrador de la tierra y de los bienes que encierra, por eso debemos cuidarlos y compartirlos con equidad, justicia y en fraternidad a fin de que a nadie le falte lo necesario para una existencia honesta y decorosa. Desde esta óptica, los bienes y el dinero por tanto son sólo un medio, un instrumento y no la finalidad de nuestra vida. El fin es Dios, y, como tal, tenemos que ponerlo al centro de nuestra existencia y amarlo por encima de todas las cosas.

Sin embargo, si miramos la historia de la humanidad, desde siempre ha estado muy presente una gran tentación: considerar al dinero y las riquezas como lo más importante en la vida personal y social, hasta el punto de endiosarlos, volverlos un ídolo. Sobre el altar del ídolo dinero se llega a sacrificar todo: tiempo, salud, afectos familiares, amistades, convicciones y hasta se vende el alma al diablo. Este ídolo atrapa, envuelve y esclaviza a las personas, y más aún exige la sangre de sus víctimas. ¡Cuántas personas han sido explotadas, sometidas, esclavizadas y sacrificadas sobre el altar del dios dinero!

Esta es la gran denuncia del profeta Amós en contra de los ricos y poderosos de Israel: acumulan riquezas a costa de los pobres,  corrompen a la justicia y viven lujosamente, apoyándose en la falsa seguridad de sus prácticas religiosas. El profeta  apunta a la raíz de estos males de la sociedad: la traición a la alianza con Dios no sólo en el corazón de las personas sino también de las instituciones.

La ambición y avaricia mostrada por esos ricos no tienen límites, aprovechan incluso el descanso de las fiestas para tramar engaños en contra de los más pobres, comprar su libertad y hacerlos esclavos por un puñado de dinero o un par de sandalias. Las palabras de Amós son terribles: “El Señor lo ha jurado… jamás olvidaré ninguna de sus acciones“… La explotación de los pobres, de los desamparados y los desproveídos, no tiene y no tendrá jamás el perdón de Dios.  

En la parábola del Evangelio, Jesús define hijos de este mundo”, hijos del mal, a esas personas, cuyo dios es el dinero y cuya vida está regida por una mentalidad mundana, “económica”. El administrador de la parábola es un ejemplo de estas personas: habiendo sido despedido de su trabajo, se busca el favor de otros terratenientes descontando parte de las deudas que tenían con su dueño. El hacendado alaba al administrador no por corrupto sino porque ha actuado con prontitud, creatividad e inteligencia.

 Con esta afirmación Jesús rescata algo positivo en la actuación de los hijos de este mundo”, porque  estos, en su ambición de acumular riquezas, saben hacer un uso extraordinario de sus habilidadeslos hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Estos, en circunstancias adversas no se desaniman, ponen inmediatamente en juego todas sus capacidades para sacar ventajas y provecho.

Es lo que se ha constatado en la crisis económica y financiera que viven varios países del mundo occidental, donde los ricos se han vuelto más ricos, a costa del empobrecimiento de un gran número de personas  obligadas a migraciones masivas jamás vistas en la historia de la humanidad. Este es el resultado de la economía de mercado que se ha globalizado y extendido por todo el mundo, sembrando pobreza, desigualdad, injusticia, opresión, violencia y muerte. La tiránica ley del mercado se ha absolutizado, entronizándose por encima del hombre y de Dios, como la nueva religión que tiene sus seguidores y adoradores.

Jesús, pero recrimina también a “los hijos de la luz” porque no tienen la sana ambición y el anhelo de recurrir a todos los medios lícitos para dar testimonio de su fe y del evangelio y poner todas sus capacidades al servicio del Reino de Dios.

Jesús con esta palabras nos provoca para que reaccionemos, seamos inventivos y busquemos la manera de vencer adversidades y obstáculos, a fin de poder “administrar” nuestra existencia conforme a los valores del evangelio y entreguemos nuestra vida difundiendo la luz y la alegría de la fe en Dios, riqueza auténtica y decisiva del ser humano San Agustín, al respecto, nos dice que sólo en Dios encontramos el verdadero tesoro, nuestra plena realización y felicidad: “nos creaste para ti y nuestro corazón andará inquieto mientras no descanse en ti”.

Poner al centro de nuestra vida a Dios, no significa despreciar los bienes materiales, sino ponerlos en su justo lugar, como dones al servicio de una vida sobria y digna. Por eso, la administración correcta de los bienes tiene que responder necesariamente no sólo a nuestras exigencias sino también al bien común y a las exigencias de los demás.

Jesús nos desafía a dar un vuelco decisivo en nuestra vida: “háganse amigos con el dinero de la injusticia”. La única manera de hacernos amigos delante de Dios es devolver a los pobres y marginados los bienes acaparados, los que se han conseguido con la explotación, el engaño y la injusticia. Es el cambio radical que hizo Zaqueo, el cobrador de impuesto, conmovido por el encuentro con Jesús: “Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y, si he extorsionado a alguien, le devuelvo cuatro veces más”.

Hay que servirse del capital, que siempre y de todos modos es inicuo, porque fruto de la acumulación y fuente de la falsa seguridad, para crear solidaridad que sobrepase la lógica del mundo. Dar este paso no es nada fácil, exige una conversión profunda en nuestra manera de concebir la vida y sus valores, exige poner nuestra seguridad en Dios y no en los bienes y riquezas, exige salir del individualismo que nos aísla y vencer al egoísmo ciego y a la indiferencia ante el sufrimiento de los descartados de la sociedad.

Luego Jesús, con una sentencia lapidaria, concluye esta enseñanza central del Evangelio: “Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro… No pueden servir a Dios y al dinero”. No podemos dividir el señorío de nuestro corazón y de nuestra vida entre el Dios de Jesucristo y el ídolo, “el dios dinero”. Estas palabras contundentes de Jesús no dejan dudas, nos sacuden y exigen un sincero examen de conciencia y una respuesta sincera: “¿Donde nos jugamos nuestra vida? ¿En el dinero o en el Dios de Jesucristo?”

Querer actuar y vivir como “los hijos de la luz y tener una vida digna de personas que creen en el Dios verdadero es un don que lo conseguimos sólo con la oración como dice San Pablo en la 2ª lectura. “Ante todo te recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres… para llevar una vida digna y piadosa“.

Gracias a la oración podemos entender que la verdadera riqueza a buscar en nuestra vida, la que no se esfuma ni se apolilla, es la fe en Dios, de quien recibimos la gracia y la salvación.

Gracias a la oración nos reafirmamos en la opción por Dios, y  ponemos nuestra vida y los dones recibidos al servicio del Reino y de los demás. Esto nos pide ser misericordiosos con los necesitados y ponernos a su servicio, como medio para que, cuando dejemos nuestra labor de administradores en este mundo y nos presentemos ante el juicio de Dios, seamos acogidos por él como amigos de los pobres y buenos y fieles administradores.

San Pablo nos invita también a orar por los demás en especial por las autoridades, por los que detentan el poder, para que, en la óptica del bien común, pongan a la persona humana al centro de su servicio y por encima de cualquier otro programa y política, y así todos podamos “disfrutar de paz y tranquilidad y llevar una vida piadosa y digna“. Lo pedimos en particular en estos días en que celebramos las efemérides de nuestro Departamento y Ciudad de Santa Cruz, para que el Señor nos conceda que sepamos compartir la vida y los dones recibidos entre todos los habitantes de esta tierra bendita. Amén.

 Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Encargado


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