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martes 20 agosto 2019
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El Arzobispo de Santa Cruz llama a no quedar indiferentes frente a la “barbarie” de los feminicidios.

Monseñor Sergio también pidió que el estado enfrente prioritariamente los problemas de la salud pública por encima del gasto en armamentos y megaproyectos costosos que no responden a las necesidades reales de la población.

El evangelio de este domingo narró la parábola del Buen Samaritano y en ese sentido, Monseñor Sergio aseguró que ésta parábola nos anima a practicar el amor misericordioso, amor que no conoce límites y barreras de ningún tipo…”.

Dijo que “Hacernos prójimo” por tanto implica no hacernos de la vista gorda ante el sufrimiento y la necesidad del otro, porque lo que es verdaderamente contrario a la misericordia y al amor, no es el odio, sino la indiferencia que ignora, que niega confianza y que mata. En esa línea llamó la atención del aumento de los feminicidios en el país señalando “ante esta barbarie nadie puede quedar indiferente, es un problema de toda las sociedad” y en ese sentido, pidió “que la justicia en estrecho cumplimiento de la ley no deje impune a los autores de esos crímenes horribles y cobardes -y-  que las instituciones estatales y civiles pongan en marcha mecanismos para superar la vigencia familiar y social y para concientizar a los ciudadanos desde la niñez y juventud sobre los valores humanos y cristianos, entre ellos el respeto sagrado de toda persona y de la vida humana y, la igual dignidad de la mujer y del varón”.

QUE EL ESTADO ENFRENTE DE MANERA PRIORITARIA EL PROBLEMA DE LA SALUD

Al referirse a los problemas de la salud pública que esta semana ha causado la muerte de tres personas, entre ellas dos médicos por el arenavirus, señaló que “Estos hechos ponen de manifiesto que es urgente que el Estado enfrente prioritariamente el problema de la salud pública con medidas sostenibles y eficaces, invirtiendo en políticas sociales y en el bienestar de la población por encima de armamentos y de megaproyectos dispendiosos que a menudo no responden a necesidades reales.

Hacernos prójimo, “Ve y haz tu lo mismo

En relación al Evangelio dominical, Monseñor Sergio aseguró que la parábola del buen samaritano nos anima a practicar el amor misericordioso, amor que no conoce límites y barreras de ningún tipo…”.

Hacernos prójimo” por tanto implica no hacernos de la vista gorda ante el sufrimiento y la necesidad del otro, porque lo que es verdaderamente contrario a la misericordia y al amor, no es el odio, sino la indiferencia que ignora, que niega confianza y que mata.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

DOMINGO 14 DE JULIO DE 2019.

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

Acabamos de escuchar la parábola del Buen Samaritano, un himno de Jesús a la misericordia, la virtud evangélica que no puede faltar en la vida de todo cristiano y de la Iglesia.

Un maestro de la ley se dirige a Jesús y le pregunta: “¿Qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?”. Debería ser un interrogante fundamental para todo creyente, pero preguntémonos con sinceridad ¿cuánto nos preocupa hoy el tema de la salvación? Jesús le contesta con otra pregunta: “¿Qué está escrito en la ley?”. Para un doctor de la ley la respuesta es bastante obvia: “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, tus fuerzas y con toda tu mente y a tu prójimo como a ti mismo”. Por eso Jesús le dice: “Haz respondido correctamente. Haz eso y vivirás”. Ama y vivirás. El amor es vida y en el amor a Dios y a los hermanos se resumen todos los demás mandamientos. No es cuestión de saber, sino de actuar, de amar y dar la vida.

Sin embargo, ese maestro necesita aclarar quién constituye su prójimo porque, en los círculos religiosos judaicos, este tema era objeto de discusión, aunque la mayoría consideraba prójimo solo el hermano de religión y el compatriota. Por eso él pregunta a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?.

A este interrogante Jesús no contesta con argumentos teóricos, sino con la parábola, considerada una pieza magistral no sólo del Evangelio, sino de toda la literatura mundial. “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y fue atacado por ladrones, que le robaron y golpearon, y se fueron dejándole medio muerto”. Un hombre, nada más, sin ningún adjetivo, bueno o malo, rico o pobre, de los nuestros o de los otros. En ese hombre está representada toda persona humana agredida, desamparada y necesitada de ayuda. A lado de ese hombre medio muerto, pasan tres personajes quienes,  con su actuar, ponen de manifiesto la calidad de su amor.

Los primeros dos son un sacerdote y un ayudante del templo de Jerusalén quienes, al ver al herido, no se inmutan ante su desgracia y pasan de largo. Como observantes de la ley, evitan tocar al herido por miedo a quedarse ritualmente impuros. Su actitud es propia de personas preocupadas en salvaguardar sus seguridades y en cumplir al píe de la letra las normas religiosas más que guiarse por el espíritu de la ley de Dios.

El sacerdote y el levita, al no encontrar al hermano herido tampoco encuentran a Dios, ya que, como dice San Agustín, el camino a Dios pasa por el prójimo: Encuentra al hombre y alcanzarás a Dios”. En esta actitud indiferente y egoísta podemos caer también nosotros y pasar a lado de personas necesitadas con el miedo de que nos tengamos que parar y desatender nuestros quehaceres e intereses. Pretextos donde escudarnos no faltan: “No se quien es, me voy a meter en líos, no es mi problema y tengo otras urgencias.

Después de los dos personajes un tercer viandante pasa por ese camino: un samaritano despreciado por los judíos porque forastero y considerado cismático por no cumplir a plenitud la ley de Moisés. Este samaritano marginado, al ver al hermano que sufre, siente compasión y lo socorre sin hacerse preguntas: “¿Qué dice la ley? ¿Es o no es mi prójimo, es o no es de mi pueblo y religión?”

Tal vez él siente miedo y tiene dudas en parar en un lugar peligroso y aislado, pero más fuerte es su espíritu de misericordia. El Evangelista Lucas, con una sucesión vertiginosa de verbos, describe magistralmente el actuar premuroso del samaritano: vio al herido, se conmovió, se acercó, bajó del caballo, vació sus ampollas, vendó las heridas, lo subió a su cabalgadura, lo llevó a la posada, lo cuidó, pagó y lo encomendó al dueño del albergue. Esta actitud misericordiosa no nace por instinto, es una conquista, fruto de una lucha interior en la que el amor y la humanidad vencen al egoísmo, al miedo, a los prejuicios religiosos y a las fronteras.

Al terminar la parábola, Jesús pone una pregunta clave al maestro de la ley: “¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. Jesús no pregunta “¿quién es mi prójimo?”, sino ¿Quién se ha hecho prójimo de ese herido, quien se ha preocupado por él? Esta es la actitud para acercarnos al abatido y al que sufre, hacernos próximo de él, tomarlo en cuenta como persona humana igual que nosotros, sea quien sea, hacernos cercanos a él, dejarnos tocar por su dolor y miseria, sembrar esperanza en su corazón abatido y actuar con misericordia.

Hacernos prójimo” por tanto implica no hacernos de la vista gorda ante el sufrimiento y la necesidad del otro, porque lo que es verdaderamente contrario a la misericordia y al amor, no es el odio, sino la indiferencia que ignora, que niega confianza y que mata.

Luego Jesús se dirige al maestro de la ley con un imperativo:Ve y haz tú lo mismo”; ¡Ve y ama! Y esta mañana nos lo está diciendo a cada uno de nosotros: Tú también hazte samaritano, hazte prójimo de quien sufre y de quien te necesite, sin distinción alguna, míralo en los ojos y seas misericordioso. Y no se trata sólo de dar cosas materiales sino también de dar tu tiempo, algo de ti mismo y de responder al hambre de amor, amistad, perdón o compañía.

Ve y haz tu lo mismo”, es un imperativo a no quedarnos en palabras y a actuar en favor de los maltratados de este mundo tanto a nivel personal, como comunitario y social. También en nuestro país hay maltratados que necesitan nuestra acción solidaridad, pensemos en las víctimas de la violencia en particular en las mujeres ultrajadas y asesinadas.  En lo que va del año ya se ha alcanzado la escalofriante cifra de 71 feminicidios. Ante semejante barbarie, nadie puede quedar indiferente, es un problema de toda la sociedad. Que la justicia, en estricto cumplimiento de la ley, no deje impunes a los autores de esos crímenes horribles y cobardes.

Que las instituciones estatales y civiles pongan en marcha mecanismos para superar la violencia familiar y social y para concientizar a los ciudadanos desde la niñez y juventud sobre los valores y principios humanos y cristianos, entre ellos el respeto sagrado de toda persona y de la vida humana, y la igual dignidad de la mujer y el varón

También en estos días ha tomado más visibilidad el problema de la salud pública por el paro de los operadores de salud con la denuncia de la falta de seguridad y de recursos, hecho evidenciado en el tratamiento del “arenavirus” que ha causado tres víctimas mortales, entre ellas dos médicos. De la misma manera se ha elevado el clamor de las mamás de niños internados en el hospital oncológico de nuestra ciudad, que han tenido que recurrir a la huelga de hambre para pedir remedios y ambientes adecuados.

Estos hechos ponen de manifiesto que es urgente que el Estado enfrente prioritariamente el problema de la salud pública con medidas sostenibles y eficaces, invirtiendo en políticas sociales y en el bienestar de la población por encima de armamentos y de megaproyectos dispendiosos que a menudo no responden a necesidades reales.

Hermanos y hermanas, esta parábola del Samaritano bueno nos ilumina y nos anima a practicar el amor misericordioso, amor  que no conoce límites y barreras de ningún tipo; la savia vital que humaniza y que nos mueve a comprometernos con la promoción integral del ser humano y la liberación de todo lo que mancilla su dignidad y atenta a su vida, tanto en lo material como en lo espiritual. Es la propuesta desafiante de Jesús para cada uno de nosotros, acojámosla con generosidad y alegría sabiendo que de esa manera nuestra vida va a encontrar su sentido pleno:Ve y haz tu lo mismo, y vivirás. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Encargado


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