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martes 29 septiembre 2020
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“Dios nos confía la misión de anunciar el Evangelio y trabajar para que plan de salvación de Dios se haga realidad”, dice Arzobispo

Campanas: Desde la Basílica Menor de San  Lorenzo Martir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti afirmó, que “Dios nos confía la misión de  anunciar el Evangelio y trabajar para que el plan de salvación de Dios sea conocido y se haga realidad en bien de toda la humanidad”.

Hoy domingo 23 de agosto, la Misa fue presidida por Monseñor Sergio Gualberti y, Arzobispo de Santa Cruz y  concelebrada por  los Obispos Auxiliares: Monseñor Estanislao Dowlaszewicz, Monseñor René Leigue, Padre Francisco Posada, asesor de la Comisión de Catequesis y Biblia, P. Hugo Ara,  Rector de la Catedral, y el P. Mario Ortuño, Capellán de Palmasola.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

23/08/2020

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús que, estando ya próximo a iniciar su último viaje a Jerusalén, hace como un sondeo e investigación para averiguar lo que la gentes y sus propios discípulos han entendido acerca de su identidad personal.

E primer lugar dirige una pregunta indirecta a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del Hombre?¿quién dicen que es?“. Ellos no tienen alguna dificultad en responder; algunos consideran que es Juan Bautista revivido de su muerte violenta, otros piensan que es Elías, el Profeta llevado al cielo en un carro de fuego y cuyo regreso era esperado por el pueblo judío y también hay quienes creen que es el profeta Jeremías venido a liberar al pueblo de la dominación del imperio romano.

Jesús calla ante estas respuestas parciales que lo consideran tan solo como un profeta del Antiguo Testamento. A continuación él se dirige a sus discípulos a quienes ha instruido personalmente durante mucho tiempo, ellos que han sido testigos de sus prodigios y que, como amigos, han compartido con él su vida cotidiana: “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?”. En nombre de todos ellos, responde Simón: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Su respuesta es certera: él no solo reconoce en Jesús el Mesías largamente esperado por el pueblo de Israel, sino que lo profesa como el Hijo de Dios vivo, en quien se manifiesta en modo único su presencia y su poder. Él es el Hijo enviado por el Padre para liberar del pecado y de la muerte y traer vida en abundancia a su pueblo elegido y a toda la humanidad. Jesús alaba a Simón: “Feliz de ti, Simón, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. Feliz porque ha recibido la gracia de conocer los misteriosos planes de Dios, no por sus propios méritos, ni por medios humanos, “ni la carne ni la sangre”, sino porque el Padre se lo ha revelado.

Luego Jesús se dirige a Simón con autoridad: “Yo te digo: Tú eres Pedro…”. Entre Simón y Jesús se da un reconocimiento recíproco: “Tú eres Cristo” y “Tú eres Pedro”.  Con el cambio de nombre Jesús da a Simón una nueva identidad, una nueva vida y una nueva misión. A partir de ese momento él ya no es Simón, el pescador del mar de Galilea, sino Pedro, el pescador de hombres.

Dios, también a cada uno de nosotros nos ha llamado por nombre en el bautismo y nos ha invitado a seguir el ejemplo del apóstol Pedro, a profesar nuestra fe en Jesús su Hijo y a jugarnos la vida por él y así poder escuchar un día también nosotros esa palabra: “Feliz tú”. Felices porque podemos gozar de la vida nueva de Cristo, ser miembros del pueblo de Dios y participar de su misma misión.

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…” Con estas palabras lapidarias, Jesús, la piedra angular de la Iglesia, establece a Pedro como la roca firme de la misma Iglesia, el Pastor del pueblo de Dios llamado a custodiar y confirmara los hermanos en la fe y vida cristiana. “Edificaré mi Iglesia”, la Iglesia es de Jesucristo no nuestra, no es obra humana. Él la va edificando por los caminos de la historia sobre el apóstol Pedro, la piedra, el principio y el fundamento perpetuo y visible de unidad,  caridad y paz. “Y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella…”. La Iglesia es de Cristo, por eso vencerá a los poderes de la muerte y del mal, la mala hierba que, al crecer junto al buen trigo, amenaza con ahogarla.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo”. Jesús está hablando directamente al apóstol Pedro e indirectamente a los otros apóstoles y les confía su misma autoridad para que continúen la misión que él ha iniciado en la tierra: anunciar el Evangelio y trabajar para que el plan de salvación de Dios sea conocido y se haga realidad en bien de toda la humanidad.

La misión que Cristo ha confiado a Pedro continua hasta el día de hoy con sus sucesores, los Papas, que la han llevado durante dos mil años y que ha permitido a la barca de la Iglesia sobrellevar muchas tempestades causadas tanto por las debilidades e infidelidades humanas internas como por las persecuciones e hostilidades del mundo.

Actualmente el sucesor de Pedro es nuestro querido Papa Francisco, a quien agradecemos su testimonio de buen Pastor al servicio de Dios, de la Iglesia y del mundo, un servidor muy cercano a las personas, en particular a los pobres, sufridos y descartados de la sociedad , que lleva su misión con entrega, generosidad y fidelidad. En estos años de ministerio, el Papa Francisco se ha vuelto un referente firme y confiable no solo para nosotros católicos sino para la humanidad. estando siempre muy atento y pronto, desde la Palabra de Dios, a iluminar los problema y temas cruciales del mundo y a defender la sacralidad de la vida, la creación y el medio ambiente, la dignidad de la persona humana, los derechos humanos y los valores universales de la libertad, la justicia y la verdad, la reconciliación y la paz.

En particular, en este tiempo de miedo, desconcierto y sufrimiento por la pandemia que ha azotado a la humanidad, ha tenido gestos concretos, como la conmovedora bendición para el mundo entero bajo una fuerte lluvia a las puertas de la Basílica de San Pedro, acompañada por sus palabras de consuelo y esperanza y por la exhortación a no temer y a poner nuestra confianza en Cristo: “Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe… a ir hacia ti y confiar en ti… a tomar este tiempo de prueba como un momento… para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”.

También nos ha llamado a que miremos a tantos compañeros de viaje que, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es el caso de tantos profesionales sanitarios en su atención a enfermos del COVID19, de tantos otros que luchan en primera línea en contra de la pandemia, de tantos voluntarios, de las comunidades parroquiales con sus sacerdotes que se solidarizan con los más pobres y de muchos catequistas que, a través de los medios virtuales, dedican su tiempo para formar a niños y jóvenes en el seguimiento de Jesús.

Justamente hoy se celebra el Día Nacional del Catequista con el lema: “La persona saca el bien del buen tesoro de su corazón” (Lc. 6,45), y entre nosotros está un representación de estos hermanos que han tenido la sabiduría y el coraje de sacar el tesoro de Cristo de su corazón para compartirlo con nuestras jóvenes generaciones. 

Gracias por su testimonio queridos catequistas y por todos ustedes que entregan su vida para el reinado del amor de Dios. Ustedes nos animan a no tener miedo y a responder a la pregunta de Jesús con las palabras del apóstol Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo”. Una respuesta hecha vida para que nuestra profesión de fe sea creíble y para que el mundo crea en Cristo al ver nuestro testimonio inspirado al amor, servicio, comprensión y solidaridad con el prójimo, en especial con los más necesitados y sufridos. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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