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miércoles 11 diciembre 2019
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“Dios es la auténtica riqueza y fuente de felicidad” asegura, Mons. Sergio

Campanas. Hoy domingo 22 de septiembre, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti en su homilía, aseguró que Dios es la auténtica riqueza y fuente de felicidad. Asi mismo afirmó que los bienes no son nuestros, son de Dios; nosotros somos solo administradores llamados a cuidarlos y a compartirlos en equidad, justicia y fraternidad a fin de que a nadie le falte lo necesario para una existencia digna.

Los bienes y el dinero no son la finalidad de la vida sino sólo medios, la finalidad es encontrar a Dios y gozar de la salvación y la vida eterna, dijo el Arzobispo.

También recalcó que la ambición y avaricia mostrada por la clase rica no tienen límites; aprovechan incluso el descanso sagrado de las fiestas religiosas para tramar en contra de los pobres y someterlos como esclavos. A la raíz de estos males está la traición a la alianza con Dios, un mal que ha impregnado también las instituciones del país.

 

Homilia de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Domingo 22/09/2019 – Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral

La palabra del Señor hoy nos orienta acerca de un tema importante: el uso del dinero y de los bienes materiales. Dios, además de la vida y de la fe, nos ha dado tantos otros dones como las capacidades y cualidades personales y los bienes necesarios para nuestro sustento. En cuanto dones, los bienes no son nuestros, son de Dios; nosotros somos solo administradores llamados a cuidarlos y a compartirlos en equidad, justicia y fraternidad a fin de que a nadie le falte lo necesario para una existencia digna. Así entendidos,  los bienes y el dinero no son la finalidad de la vida sino sólo medios, la finalidad es encontrar a Dios y gozar de la salvación y la vida eterna.

Sin embargo, desde los inicios de la historia de la humanidad hasta el día de hoy, ha estado presente una gran tentación: considerar al dinero y riquezas como la meta más importante en la vida personal y social, llegando al extremo de idolatrarlos. Y en verdad las riquezas son un ídolo que atrapa y envuelve a sus víctimas, que nunca se sacia y que se vuelve siempre más ávido. Sobre el altar del ídolo dinero no se duda en sacrificarlo todo: convicciones, tiempo, salud, afectos familiares, amistades y hasta se vende la propia alma. 

Es la gran denuncia que el profeta Amós lanza en contra de los ricos y poderosos de Israel: con tal de acumular riquezas roban, explotan a los pobres y corrompen a la justicia. La ambición y avaricia mostrada por la clase rica no tienen límites; aprovechan incluso el descanso sagrado de las fiestas religiosas para tramar en contra de los pobres y someterlos como esclavos. A la raíz de estos males está la traición a la alianza con Dios, un mal que ha impregnado también las instituciones del país. Las palabras de Dios puestas en boca de Amós son terribles: “El Señor lo ha jurado… – Jamás olvidaré ninguna de sus acciones –“. La explotación y opresión de los pobres, desamparados y desproveídos, no tiene el perdón de Dios.  

En la parábola del Evangelio, Jesús nos habla de un administrador que ha sido despedido de su trabajo. Consciente que ya no tiene fuerzas para trabajos manuales y que le da vergüenza pedir limosna, decide buscar el favor de los que deben a su dueño descontándoles parte de sus deudas. El hacendado, al enterarse de su actuación, no lo reprocha, sino que lo alaba. Pero, cuidado, no lo alaba por corrupto sino porque ha actuado con prontitud, creatividad e inteligencia.

 Jesús mismo lo aclara al finalizar la parábola: los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz“. Él rescata lo positivo de la actuación de los hijos de este mundo”, aquellos cuyo dios es el dinero, porque aprovechan muy bien sus habilidades en las relaciones sociales para alcanzar su objetivo. En cambio, recrimina a “los hijos de la luz“, a los justos que creen en el Señor, porque no recurren a todos sus talentos para dar testimonio de su fe en Dios.

 Jesús con esta parábola nos indica que Dios es la auténtica riqueza y fuente de felicidad. San Agustín, así expresa esta consoladora verdad: “nos creaste para ti y nuestro corazón andará inquieto mientras no descanse en ti”. Descansar nuestro corazón en Dios no significa despreciar los bienes materiales sino ponerlos en su justo lugar en la escala de valores de nuestra vida, donde el Señor está ante todo.

La novedad de la propuesta de Jesús exige una profunda conversión en nuestra manera de relacionarnos con el dinero: “Háganse amigos con el dinero de la injusticia, para que ellos los reciban en las moradas eternas”. Hacernos amigos de los pobres compartiendo en equidad “las riquezas injustas”, riquezas acumuladas en contra de la voluntad de Dios.

San Basilio hace una firme denuncia en contra de los que acumulan riquezas y no se interesan de los indigentes: “Al hambriento pertenece el pan que tú almacenas.  Al hombre desnudo, el manto  que  guardas en tu ropero. A aquel que camina desclaso, los zapatos que se marchitan en tu casa. Al mísero, el dinero che tú tienes guardado. Así tu oprimes tantas personas cuantas son aquellas que podrías ayudar”.

Compartir las riquezas injustas es difícil pero no imposible, como nos demuestra Zaqueo, el cobrador de impuestos. Su encuentro con Jesús, cambió totalmente su vida: “Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y, si he extorsionado a alguien, le devuelvo cuatro veces más”. Esta actuación de Zaqueo nos indica que en primer lugar hay que cumplir las exigencias de la justicia: “Si he extorsionado a alguien, le devuelvo cuatro veces más”.  Después se puede compartir lo demás: “Doy la mitad de mis bienes a los pobres”,  porque no hay que dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia: “

Su testimonio es un llamado a no poner nuestra seguridad en el dinero, sino en Dios, gracias al cual logramos transformar los bienes acumulados en un don al servicio del bien común, compartiéndolos y siendo solidarios con las necesidades y sufrimientos de tantos hermanos y hermanas que sobreviven en condiciones infrahumanas.  Jesús concluye su enseñanza con una sentencia lapidaria: “Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro… No pueden servir a Dios y al dinero”. No podemos dividir el señorío de nuestra vida entre el Dios de Jesucristo y “el dios dinero”. Preguntémonos con sinceridad: ¿Dónde nos estamos jugando nuestra vida: en el dinero o en Dios?

 Estamos en el mes de las efemérides de nuestro Departamento y Ciudad, y creo particularmente significativa para nosotros la exhortación de San Pablo a su discípulo Timoteo que hemos escuchado en la 2da lectura: “Ante todo, te ruego que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias  por todos los hombres… y por todas las autoridades, para que podamos disfrutar de paz y tranquilidad y llevar una vida piadosa y digna“.

Hagamos nuestra la invitación de Pablo y oremos a Dios especialmente por el clima de incertidumbre y crispación de este tiempo de campañas electorales y por el gran sufrimiento causado por los incendios en la Chiquitania. Este desastre que ha causado ya la pérdida de vidas humanas y ha dejado a tantas familias sin nada, sigue provocando heridas mortales a nuestra casa común, contaminando el aire y el agua y devastando especies de la flora y la fauna. Elevemos nuestras súplicas sinceras al Señor para que toque los corazones de todos nosotros, ciudadanos y autoridades, a fin de que asumamos un estilo de vida más austero y solidario, libre de intereses egoístas y mezquinos y pongamos todos nuestros esfuerzos en crear un clima de paz y en la salvaguarda y el cuidado de la Creación, don de Dios y casa de todos. Amén

OFICINA DE PRENSA DE LA ARQUIDIÓCESIS DE SANTA CRUZ

Graciela Arandia de Hidalgo



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