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viernes 8 diciembre 2023
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Conflicto entre mineros y gobierno. Monseñor Sergio pide romper la lógica perversa de la violencia

“Es imperativo cambiar de rumbo y que tengamos el valor de romper esa lógica perversa, de vencer viejos resentimientos y el espíritu de revancha y que promovamos una cultura de paz, donde se respete la sacralidad de la vida y la dignidad de cada persona humana”.

En su homilía de este domingo desde la Catedral de Santa Cruz, Monseñor Sergio se refirió al grave conflicto entre los cooperativistas mineros y el Gobierno exhortando a “cambiar de rumbo” y romper con la lógica perversa del recurso a la violencia en nuestro país, por eso les pidió la valentía para “vencer viejos resentimientos y el espíritu de revancha y que promovamos una cultura de paz, donde se respete la sacralidad de la vida y la dignidad de cada persona humana”.

“En nombre del Dios de la misericordia y la paz, expreso mi reprobación por lo acontecido en esta semana en el grave conflicto entre cooperativistas mineros y el Gobierno. Hemos asistido a escenas violentas, intercambio de golpes, dinamita y gases, toma de rehenes y ensañamiento hacia los heridos. Es lamentable que en nuestro país, persista el recurso a la fuerza, la confrontación y la violencia como modo corriente para solucionar los problemas de cualquier orden, al punto que ya son parte de nuestra cultura. Es imperativo cambiar de rumbo y que tengamos el valor de romper esa lógica perversa, de vencer viejos resentimientos y el espíritu de revancha y que promovamos una cultura de paz, donde se respete la sacralidad de la vida y la dignidad de cada persona humana.

Hay un solo camino para una solución pacífica y duradera de los conflictos ¡El diálogo”.

“El Papa Francisco con mucha valentía y en distintas ocasiones ha advertido que hay un solo camino para una solución pacífica y duradera de los conflictos: “¡El Diálogo! El diálogo es indispensable… Si hay una palabra que tenemos que repetir hasta el cansancio es ¡diálogo!… Construir puentes en vez de levantar muros”. Pidamos al Señor que los involucrados en este y otros problemas y todos nosotros acojamos la exhortación del Papa Francisco y recurramos al diálogo sincero y en son de paz, lo único que nos garantiza un país reconciliado y unido”.

HOMILÍA COMPLETA DE S.E. MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRITR. DOMINGO 15/08/2016

En esta Eucaristía estamos celebrando el Jubileo de la Misericordia de los Laicos y Movimientos Apostólicos, personas que desde su testimonio de cristianos comprometidos en la Iglesia y en el mundo, quieren experimentar con intensidad el amor misericordioso de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza. A las hermanas y hermanos que pasan por la Puerta Santa y cumplen con las condiciones establecidas, el Señor los colma con su gracia y les perdona los pecados para que ellos también se porten “misericordiosos como el Padre” hacia los demás.

Jesús, en el evangelio de hoy, nos dice que ser sus discípulos y comprometernos con su misión, es una tarea ardua, como lo fue para él, que vino “a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡ y qué angustia siento”. Estas imágenes indican que la misión de Jesús no es ajena a nuestra historia, sino que entra en ella como un fuego que purifica de toda clase de males e injusticias, compromiso que le acarrea el bautismo de la cruz, del rechazo y del sufrimiento.

 El bautismo de la cruz es consecuencia de su fidelidad a la misión de anunciar y testimoniar que el Reino de Dios está cerca y que crece en la historia como un granito de mostaza, en forma de pobreza, pequeñez y debilidad, que pero quebranta los ídolos del poder, riqueza, soberbia, fundamentos de los reinos de este mundo.

Jesús tiene bien clara la consciencia del trago amargo que lo espera, como lo manifiestan sus palabras conmovedoras: ”¡Y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!” Angustia por los rechazos y amenazas a lo largo de su ministerio público y que se transforma en gotas de sangre en el Getsemaní. Jesús logra superar esa dura prueba gracias a la oración y asistencia del Espíritu que le da la fuerza de cumplir con fidelidad hasta el final el mandato del Padre.

La primera lectura nos presenta a otro testigo ejemplar y heroico en el cumplimiento de la misión: el profeta Jeremías. Él es perseguido, golpeado y está a punto de ser asesinado por mano de las autoridades judías, por anunciar el juicio de Dios a causa de la infidelidad a la alianza y de los graves pecados del pueblo. Jeremías no se acobarda ni se echa para atrás y tiene la valentía de hablar a pesar de todo, porque es fiel al mandato de Dios de pronunciar palabras que no son suyas: “Así habla el Señor...”.

La fortaleza del profeta Jeremías y de Jesús es la que también ha sembrado de mártires el caminar de la Iglesia, desde San Esteban, el primero en derramar su sangre por Cristo, hasta los mártires de nuestros días en tantas partes del mundo, como el anciano sacerdote en Francia, degollado mientras celebraba la Eucaristía.

Estos ejemplos nos dejan claro que para ser seguidores fieles de Jesús, tenemos que fijar la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz sin tener en cuenta la infamia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios”, como nos exhorta el texto de la carta a los Hebreos que hemos escuchado.

Vivir como cristianos es tener como punto firme a Jesús, el primero y perfecto consumador de la fe para que corramos proféticamente nuestra vida, firmes en su seguimiento, en enfrentar el sacrificio y en perseverar en dar lo mejor de nosotros. Eso es posible solo gracias a nuestro encuentro personal con Él, madurado a través de la oración perseverante y el conocimiento de su Palabra.

Hay otra palabra del evangelio de hoy que pone en evidencia las reacciones que provocan el anuncio del Reino de Dios: “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? ¡No, les digo!”.

Esta afirmación parece contradecir lo pronunciado por Jesús en tantas ocasiones: “La paz esté con ustedes… la paz les dejo, mi paz les doy… Cuando entren en una casa, salúdenla invocando la paz”. ¿Es que Jesús enciende una esperanza en nosotros y luego la apaga? Veamos en profundidad lo que Jesús nos dice: … la paz les dejo, mi paz les doy, pero no como la da el mundo “. La paz de Jesús es muy distinta de la de los falsos profetas, como la de los jefes judíos que empujan al rey y al pueblo a rechazar la alerta de la inminente destrucción del país y a perseguir al profeta Jeremías. Como resultado lamentable e inevitable de esa ceguera y terquedad, la ciudad de Jerusalén será destruida y las autoridades llevadas al destierro en Babilonia.

La paz del mundo a menudo es “la paz de los cementerios”, decía nuestro querido Cardenal Julio, una paz lograda con la mentira, la violencia, la guerra y la violación de la dignidad y derechos de las personas, en particular de los pobres, los más débiles y vulnerables.

Por el contrario, seguir a Jesús es acoger su paz les doy mi paz”, acoger su propia vida que él nos comunica, don que exige la conversión de nuestro corazón y de nuestra existencia, y que nos hace capaces de misericordia y de perdón. Jesús sembró paz mostrando misericordia y haciendo el bien a todos, pobres, enfermos, poseídos por espíritus malignos, desdichados, pecadores y defendiendo la dignidad de toda persona humana sin distinción alguna.

Desde esta perspectiva, entendemos mejor la frase de Jesús que tal vez nos desconcierta: “He venido a traer la división”. La finalidad de su misión no es la división, sino que esta es consecuencia de su entrega fiel por el Reino de Dios. La división se da entre los que aceptan acoger el don del Reino y los que lo rechazan o son indiferentes, hecho que puede darse también entre los miembros de una misma familia.

Estas palabras fuertes nos enseñan que para seguir a Jesús y ser sus discípulos hace falta fortaleza, fidelidad al Evangelio y espíritu profético para salir del conformismo y la inercia, y romper la lógica de un “sistema que ya no se aguanta” (Cfr. Papa Francisco).  Por eso, no nos cansemos de pedir al Señor la valentía de ser testigos de paz y misericordia, ayudando al prójimo en sus necesidades corporales y espirituales y trabajando para la construcción de una sociedad más justa, solidaria y fraterna, sin dejarnos atemorizar por las incomprensiones y dificultades.

En nombre del Dios de la misericordia y la paz, expreso mi reprobación por lo acontecido en esta semana en el grave conflicto entre cooperativistas mineros y el Gobierno. Hemos asistido a escenas violentas, intercambio de golpes, dinamita y gases, toma de rehenes y ensañamiento hacia los heridos. Es lamentable que en nuestro país, persista el recurso a la fuerza, la confrontación y la violencia como modo corriente para solucionar los problemas de cualquier orden, al punto que ya son parte de nuestra cultura. Es imperativo cambiar de rumbo y que tengamos el valor de romper esa lógica perversa, de vencer viejos resentimientos y el espíritu de revancha y que promovamos una cultura de paz, donde se respete la sacralidad de la vida y la dignidad de cada persona humana.

El  Papa Francisco con mucha valentía y en distintas ocasiones ha advertido que hay un solo camino para una solución pacífica y duradera de los conflictos: “¡El Diálogo! El diálogo es indispensable… Si hay una palabra que tenemos que repetir hasta el cansancio es ¡diálogo!… Construir puentes en vez de levantar muros”. Pidamos al Señor que los involucrados en este y otros  problemas y todos nosotros acojamos la exhortación del Papa Francisco y recurramos al diálogo sincero y en son de paz, lo único que nos garantiza un país reconciliado y unido. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Encargado


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