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domingo 21 julio 2019
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Confesar a Jesús, cargar su cruz e ir contracorriente dejando el odio y la venganza para elegir el perdón y la reconciliación, dice Monseñor Sergio en domingo de ramos

En el inicio de la Semana Santa, Monseñor Sergio Gualberti presidió la Eucaristía del Domingo de Ramos invitando no quedarnos indiferentes ante el gesto de amor de Jesús crucificado  y profesar nuestra fe incondicional en él como el Hijo de Dios, nuestro único Señor, y a estar dispuestos a cargar su cruz junto a él e ir contra corriente dejando el odio y la venganza y eligiendo el perdón y la reconciliación.

Con la Eucaristía del Domingo de Ramos la Iglesia Católica ha iniciado la celebración de la Semana Santa. Concelebraron la Eucaristía los párrocos de las parroquias del casco viejo de la ciudad, Parroquia San Andrés, Parroquia La Merced, Parroquia San Roque, Parroquia Jesús Nazareno. El día de ramos Jesús entra en Jerusalén como rey, en ese sentido, Monseñor Sergio desde la Catedral Metropolitana de Santa Cruz, precisó que “Jesús, sí es rey, pero rey humilde y pacífico que no se resiste a la violencia ni se vuelca en contra de los que lo ultrajan y lo golpean y que no se apoya en la fuerza ni en el poder de los grandes, sino en el poder del amor de Dios, el único que salva”.

Monseñor invitó a que en este tiempo nos quedemos en silencio y meditar sobre nuestra vida y la del mundo que nos rodea… “Ante un Dios que ha tomado partido por el hombre y que nos ama con un amor sin límites, lo que corresponde es quedarnos en silencio y meditar sobre nuestra vida y la del mundo que nos rodea, para transparentarlas a la luz del misterio entrañable del Hijo de Dios que se entrega a la muerte para que nosotros tengamos vida”.

Señaló que “Solo desde esta mirada de fe podemos comprender que Jesús Crucificado, aún en medio de nuestras soberbias, debilidades desobediencias, está siempre presto a derramar con abundancia su misericordia, para establecer una relación de amor con cada uno de nosotros, cumpliendo el plan de salvación del Padre”.

“Ante el gesto de amor de Jesús crucificado no podemos quedarnos indiferentes, tenemos que dar nuestra respuesta profesando en primer lugar nuestra fe incondicional en él como el Hijo de Dios, nuestro único Señor, y amándolo en toda nuestra vida dispuestos a cargar su cruz junto a él.

Precisó que “Esto implica ir contracorriente, salir de nuestro egoísmo e intereses y optar por la justicia, la verdad y la libertad, dejar el odio y la venganza y elegir el perdón y la reconciliación. Cargar la cruz significa también aceptar las consecuencias dolorosas de las incomprensiones, las burlas y hasta la persecución que conllevan la entrega y el servicio al plan universal de salvación, animados pero por la certeza de que solo perdiendo la vida por Cristo y el Evangelio la vamos encontrar”.

El Prelado afirmó que, además de las causas históricas que llevaron a la condena a muerte en cruz de Jesús “La causa verdadera está en la historia de la humanidad marcada por el pecado, por nuestros pecados”.

La máxima autoridad de la Iglesia Católica en Santa Cruz, señaló que con la muerte de Jesús comienza un nuevo tiempo, el tiempo de la nueva alianza: “En este preciso momento en que parecería que Jesús ha sido derrotado definitivamente por el poder del mal, el velo del templo se rasga en dos, de arriba abajo. Es un signo claro: ha terminado  el poder del Templo y del culto judío, ahora inicia el tiempo de la Nueva Alianza donde Jesús mismo en persona es el nuevo Templo, el culto agradable al Padre”.

VEA LAS FOTOGRAFÍAS DE LA CELEBRACIÓN:

Compartimos un fragmento del a Homilía en Video:

 

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBIPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

DOMINGO DE RAMOS, 25 DE MARZO.

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

Hoy, domingo de Ramos, iniciamos la Semana Santa en la que seguiremos paso a paso los últimos días de Jesús en este mundo. La liturgia nos presenta dos acontecimientos aparentemente contrastantes: por un lado, la entrada de Jesús en Jerusalén entre el alboroto y alegría de la gentebendito sea el rey que viene en el nombre del Señor”, que nosotros hemos revivido en la procesión y bendición de ramos. Por otro lado, los trágicos eventos de la pasión y muerte de Jesús en la cruz a los cinco días de su entrada en la ciudad santa, como acabamos de escuchar.

Sin embargo, si miramos con detenimiento nos damos cuenta que hay mucha relación entre ambos hechos: el día de ramos Jesús entra en Jerusalén como rey, punto final de su misión, de un camino emprendido con decisión y consciencia plena de los riesgos a enfrentar. Jesús, sí es rey, pero rey humilde y pacífico que no se resiste a la violencia ni se vuelca en contra de los que lo ultrajan y lo golpean y que no se apoya en la fuerza ni en el poder de los grandes, sino en el poder del amor de Dios, el único que salva.

La actuación de Jesús no responde a las expectativas de autoridades religiosas y civiles judías que esperan a un Mesías poderoso al estilo del rey David, que los libere del yugo opresor del imperio romano y devuelva la dignidad a su pueblo. Además están embravecidos con Jesús porque en varias ocasiones se ha confrontado con ellos denunciándoles porque a través del culto del Templo de Jerusalén, no sirven a la gloria de Dios, sino que con engaño se sirven de la religión como medio de poder, de enriquecimiento y explotación del pueblo.

Estas seguramente son las causas históricas que llevaron a la condena a muerte en cruz de Jesús. Sin embargo, detrás de todo, está el designio de salvación Dios que quiere que todos los hombres de todos los tiempos se salven. En este entendido, la muerte de Jesús no ha sido causada por el rechazo de los sectores de poder y de los tribunales religiosos y políticos de su tiempo, ellos lo han ejecutado. La causa verdadera está en la historia de la humanidad marcada por el pecado, por nuestros pecados.

En los días siguientes a su entrada en Jerusalén, Jesús avanza hacia la pasión con el grupo de los discípulos, pero poco a poco se va encontrando solo y abandonado. Al momento en que apresan a Jesús todos los discípulos huyen, Pedro, que tímidamente lo acompaña desde lejos, lo niega cobardemente. Jesús en la cruz, es rodeado por sus adversarios que lo insultan y torturan, solo quedan su madre, las mujeres y Juan, el discípulo amado, testigos silenciosos de ese crimen.

El miedo y la incomprensión de los discípulos manifestado en la última etapa de la vida de Jesús, alcanza ahora su punto culminante: es el escándalo del hijo de Dios entregado en manos de los pecadores. La soledad extrema de Jesús se vuelve un grito hacia el Padre: ”¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” y con este grito Jesús expira. En este preciso momento en que parecería que Jesús ha sido derrotado definitivamente por el poder del mal, el velo del templo se rasga en dos, de arriba abajo. Es un signo claro: ha terminado  el poder del Templo y del culto judío, ahora inicia el tiempo de la Nueva Alianza donde Jesús mismo en persona es el nuevo Templo, el culto agradable al Padre.

En la Nueva Alianza todos están llamados a participar, no solo el pueblo judío, incluso los enemigos que lo están crucificando. La identidad divina de Jesús que sus discípulos y el pueblo Judío no habían reconocido, ahora es profesada públicamente por un pagano, el oficial romano que, al verlo expirar, exclama: “¡Realmente este hombre era Hijo de Dios!” Jesús de Narareth, el hijo del carpintero, aquel que trabajó como carpintero, pisó los camino de tierra santa predicando, sanando enfermo y perdonando pecadores, que ha sufrido la pasión y la muerte en cruz, no es solo un gran profeta, él es el Hijo de Dios, el Salvador.

Jesús, en todos los terribles momentos de su pasión, no actúa como víctima resignada, pasiva e impotente, sino siempre como el protagonista que acepta libremente el sufrimiento y llega al extremo de entregar su vida en la cruz. Él, consciente que este es el camino para hacer suyo el deseo de salvación del Padre, se solidariza y se identifica en todo, menos en el pecado, con nuestra condición humana y nuestros límites: el dolor y la muerte. “Siendo de condición divina… se hizo la nada del mundo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres”. Solo de esa manera Jesús vence de una vez por todas al pecado y a la muerte, verdaderos enemigos del hombre.

Ante un Dios que ha tomado partido por el hombre y que nos ama con un amor sin límites, lo que corresponde es quedarnos en silencio y meditar sobre nuestra vida y la del mundo que nos rodea, para transparentarlas a la luz del misterio entrañable del Hijo de Dios que se entrega a la muerte para que nosotros tengamos vida.

Solo desde esta mirada de fe podemos comprender que Jesús Crucificado, aún en medio de nuestras soberbias, debilidades desobediencias, está siempre presto a derramar con abundancia su misericordia, para establecer una relación de amor con cada uno de nosotros, cumpliendo el plan de salvación del Padre.

Ante el gesto de amor de Jesús crucificado no podemos quedarnos indiferentes, tenemos que dar nuestra respuesta profesando en primer lugar nuestra fe incondicional en él como el Hijo de Dios, nuestro único Señor, y amándolo en toda nuestra vida dispuestos a cargar su cruz junto a él.

Esto implica ir contracorriente, salir de nuestro egoísmo e intereses y optar por la justicia, la verdad y la libertad, dejar el odio y la venganza y elegir el perdón y la reconciliación. Cargar la cruz significa también aceptar las consecuencias dolorosas de las incomprensiones, las burlas y hasta la persecución que conllevan la entrega y el servicio al plan universal de salvación, animados pero por la certeza de que solo perdiendo la vida por Cristo y el Evangelio la vamos encontrar.

Es una tarea ardua ante la que nos podemos acobardar, pero nosotros elevamos nuestra oración confiada al Señor, pidiendo que nos acompañe con su cercanía y fortaleza, al igual que el autor del salmo que hemos aclamado: “Pero Tú, Señor, no te quedes lejos; Tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme”. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Erwin Bazán Gutiérrez



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