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martes 20 agosto 2019
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Bolivia: “Un proyecto de renovación democrática”, pide Arzobispo de Santa Cruz

En ocasión del Tedeum ecuménico que se ha celebrado este 6 de agosto como acción de gracias por Bolivia, Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, en su homilía aseguró que Bolivia necesita un proyecto de “renovación democrática” fundado sobre la igualdad social y política, la libertad y la justicia.

En el “Te Deum” por los 194 aniversario de la Independencia de Bolivia, estuvieron presentes las Iglesias que conforman el diálogo ecuménico en Santa Cruz: Iglesia Copta Ortodoxa, la Iglesia Anglicana, la Iglesia Luterana, la Iglesia Metodista y el Comité Central Menonita, Mons. Aurelio Pesoa, Obispo Auxiliar de La Paz, y Secretario General de la Conferencia Episcopal Boliviana, los Obispos Auxiliares; Mons. René Leigue, Mons. Estanislao Dowlaszewicz, los Vicarios Episcopales, sacerdotes, autoridades municipales, departamentales y nacionales y todo el Pueblo de Dios.

Mensaje del Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti en los 194 Aniversario de la Independencia de Bolivia

06/08/2019

Celebramos 194 años de independencia de nuestro país, un sueño de libertad y autodeterminación hecho realidad después de una larga lucha de nuestros antepasados. Cada aniversario es ocasión para alegrarnos y para reavivar la memoria de esos eventos y de los valores cívicos y libertarios que los impulsó. Pero también es motivo para preguntarnos cómo vivimos hoy ese legado, si de verdad la independencia ha traído más libertad, más unidad entre las distintas regiones del país, más justicia, equidad e igualdad, más fraternidad y solidaridad, y más bienestar para todos los bolivianos.

Este aniversario se da en el contexto de campaña electoral en vista a las próximas elecciones, en las que todos los ciudadanos estamos llamados a ejercer nuestro derecho y nuestro deber de elegir a las autoridades llamadas a servir el País en los próximos cinco años. La campaña electoral es siempre un proceso delicado e importante que amerita un clima de serenidad, seguridad y reflexión para que se desarrolle en forma pacífica y democrática.

Para que los electores puedan elegir consciente y libremente a los futuros gobernantes, hace falta una comunicación exhaustiva y veraz de las distintas propuestas de gobierno, y dejar las viejas prácticas de las falsas noticias, de las mentiras y medias verdades, de las promesas irrealizables y más aún de las dadivas que llevan a los electores a un juicio erróneo o interesado. Este es el momento apropiado para ofrecer programas de gobierno con metas claras y tareas concretas y evaluables, con miras a construir un sueño común de País, un proyecto de “renovación democrática” fundado sobre la igualdad social y política, la libertad, la justicia, en el marco del bien común y la paz. En la primera lectura que hemos escuchado, el profeta Isaías nos habla también de un sueño, el sueño de Dios para con Israel, su pueblo elegido, en un momento de grave decadencia social, económica y religiosa. Dios sueña que con su intervención logrará dar nueva vigencia al designio inicial de un pueblo unido y en paz, que ahora, por muchos años de mal gobierno, está sumido en el desierto de la confrontación, la división, la injusticia y la pobreza: “El desierto será un vergel y el vergel parecerá un bosque. Y en el desierto habitará el derecho y la justicia morará en el vergel. La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre”.

Considero que el sueño común para nuestro País es afianzar una democracia real y participativa, donde todo ciudadano, consciente de sus obligaciones y derechos, tenga la voluntad y sobre todo la posibilidad real de participar y aportar como sujeto de la historia común. Aunque la democracia no es un valor humano absoluto, sin embargo, es el sistema político posible hoy que garantiza la libertad y la participación de todos los ciudadanos en la convivencia pacífica y en la gobernanza de un país. Escuché una definición del sistema democrático representada con una imagen muy expresiva: la democracia es como una balsa, en ella todos se mojan los pies, pero todos se salvan.

Hoy, es más necesario que nunca reafirmar nuestra adhesión a la democracia, porque en el mundo se van perdiendo los espacios democráticos y se incrementan sistemas populistas, nacionalistas y “soberanistas”, y el poder político se hace cada vez más defensor irracional de intereses particulares. Estos regímenes disfrazan de democracia el autoritarismo y el caudillismo, anulan la separación de poderes y concentran toda la autoridad en el dirigente electo, que pretende legitimarse solamente sobre el único criterio de los resultados electorales a él favorables. Todo dirigente no debe olvidar que los electores lo han elegido con un mandato determinado, en servicio del bien común y para un programa concreto, y no para dominar a su libre albedrío. Además, concluido el mandato, él volverá a integrarse a la sociedad como simple ciudadano.

Al respecto, son muy ilustrativas las palabras de Jesús a sus discípulos, como hemos escuchado en el Evangelio: “Entre ustedes,… el que es más importante sea como el menor y el que tiene autoridad sea como el que sirve… Yo estoy entre Uds. como el que sirve”.

Entendida desde la óptica de servicio, la democracia no es solo un sistema de gobierno, sino más bien una forma de vida que se construye día a día entre todos los miembros de una comunidad, a fin de convivir de manera armónica y pacífica. Se fundamenta en la dignidad inviolable de toda persona, en el respeto de los derechos humanos, en la asunción del «bien común» como fin y criterio regulador de la vida política y social, en la equidad y la justicia, en la libertad y en la tolerancia de las distintas opiniones, creencias e intereses.

Si no se logra un consenso general y compartido sobre estos valores, ya no se puede levantar en alto la bandera de la democracia; es solo una adulteración de la misma que sirve a los autoritarios para sustentarse en el poder. Tenemos que estar conscientes que la democracia es un bien que ha costado sacrificios y hasta vidas en la historia de la humanidad, y que no se conquista de una vez por todas ni que se deja como herencia. Es un sistema al que cada generación tiene que dar su adhesión convencida y libre y constantemente renovarla y perfeccionarla.

Por eso, ante los múltiples intentos de manipular a la democracia, hay que estar siempre alerta y hacer una constante labor de concientización sobre la bondad de la misma y mantener viva la memoria histórica, de manera que cada ciudadano, sector y grupo la asumamos, la hagamos nuestra y la defendamos. Construir juntos un sueño común de país democrático, implica por tanto la participación de todos los ciudadanos, no sólo los partidos, en la labor ineludible de superar desigualdades, injusticias, rivalidades y divisiones y trabajar unidos para instaurar una convivencia más humana, justa y solidaria, sin discriminados ni descartados.

La participación en la vida de la comunidad no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de toda democracia, además de ser garantía de permanencia de la misma. Esta participación democrática y responsable asegura que los ciudadanos no se conviertan en instrumentos, sino en protagonistas del futuro del País.

 

Si es verdad que esta tarea nos involucra a todos, sin embargo, implica en primera persona a los gobernantes, llamados al servicio del pueblo y para el pueblo. En consecuencia, las autoridades deben salir de sí mismas, de sus intereses y de los del partido, y pensar en toda la gente e informar y escuchar a los diversos sujetos de la sociedad. Y si optan por privilegiar a algunos sectores, estos no deben ser sus partidarios, sino los pobres y descartados de nuestra cultura consumista, egoísta e indiferente a la persona concreta y a sus necesidades. Desde esta opción viene el deber moral de que las autoridades den prioridad a las políticas sociales.

Otra de las mayores amenazas para las democracias actuales es el relativismo ético, que induce a considerar inexistente un criterio objetivo y universal para establecer el fundamento y la correcta jerarquía de valores y que por tanto considera verdad lo que es determinado por la mayoría o por un acuerdo circunstancial. Este tipo de verdad puede ser fácilmente instrumentalizada para fines de poder y para instaurar una democracia sin valores que se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

Por eso, en el ejercicio de gobierno, es indispensable guiarse no solo por el mandato del pueblo y por criterios sociológicos e históricos, sino también por la ley moral «que tiene a Dios como primer principio y último fin»; la ley moral objetiva, superior a la realidad externa y al hombre mismo, absolutamente necesaria y universal y, por último, igual para todos. Este criterio es el fundamento para emitir leyes justas, ecuánimes y conformes a la dignidad e igualdad de toda persona humana y a los dictámenes de la recta razón.

La carta de Santiago define esta manera de gobernar como “La sabiduría que viene de lo alto… imparcial y sincera” y que “los que trabajan por la paz siembran en paz y su fruto es la justicia”.

Elevemos juntos nuestras oraciones por nuestra querida Patria Bolivia y por todos sus habitantes para que, con las bendiciones del Señor y con el esfuerzo de todos y sobre la base de los valores humanos y cristianos, hagamos realidad el sueño común de país reconciliado, unido y en paz conforme al sueño de Dios presentado por Isaías: “El desierto será un vergel y el vergel parecerá un bosque. Y en el desierto habitará el derecho y la justicia morará en el vergel. La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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