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sábado 28 mayo 2022
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Arzobispo: “Pidamos a Dios que apacigüe los corazones violentos y fortalezca a los que buscan el diálogo, la reconciliación y la práctica de la justicia”

Campanas. En este tercer domingo de Adviento, desde la Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti pidió que en estos tiempos difíciles por los que estamos pasando en nuestro país, acojamos la invitación de San Pablo y elevemos nuestras oraciones confiadas a Dios para que apacigüe los corazones violentos y prepotentes, y fortalezca a los que buscan el diálogo, la reconciliación y la práctica de la justicia imparcial y libre de presiones, porque “entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y pensamientos de ustedes en Cristo Jesús”.

 Dios es el amor hecho visible y tangible en la persona de Jesús, el que gastó toda su vida terrenal dándose gratuitamente al prójimo

 Según estas enseñanzas, Dios no es otra cosa sino el amor hecho visible y tangible en la persona de Jesús, el que gastó toda su vida terrenal dándose gratuitamente al prójimo y revelando algo único e irrepetible en las relaciones con las personas que se le acercaban. Las obras que Jesús realizaba, sobre todo en favor de los pecadores, los pobres, los marginados, los enfermos y los sufridos llevaban consigo el signo del amor del Padre.

Este mensaje del Adviento de la ya próxima llegada del Señor que trae la paz y la salvación, nos llena de “alegría”, una palabra muy repetida en las lecturas de hoy: “¡Alégrense siempre en el Señor! ¡Vuelvo a insistir, alégrense!”. A este anuncio de gozo y esperanza, se debe que, en la Iglesia, desde antiguamente, se definiera el tercer domingo de Adviento como el Domingo para alegrarse”. No una alegría superficial e ilusoria de las fiestas mundanas, sino el gozo profundo y contagioso que brota de un corazón convertido y en paz con el Señor, consigo mismo y con los demás.

 Preparémonos a vivir con ilusión y esperanza la fiesta de la navidad: “Alégrense siempre en el Señor

Es la alegría de la Navidad ya a las puertas, por eso hermanos y hermanas preparémonos a vivir con ilusión y esperanza esa fiesta acogiendo la invitación de San Pablo: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense… El Señor está cerca”.

Al igual que el domingo anterior, el evangelio hoy nos presenta a Juan el Bautista mientras anuncia al pueblo judío la venida inminente del Señor para suscitar en él “la actitud de espera“, de fe y de acogida del Mesías ya próximo a llegar. Sus palabras logran atraer a mucha gente, entre ellos dos grupos, uno de publicanos y el otro de soldados quienes ponen al Bautista una pregunta fundamental que vale para todos nosotros hoy: “¿Qué debemos hacer para salvarnos?”.

 El Bautista les propone un itinerario de conversión muy concreto, a partir de la práctica de la justicia, la fraternidad y la solidaridad

Ellos han tomado conciencia de estar en una situación de pecado y expresan abiertamente su deseo de conversión, sin embargo, no saben qué hacer y cómo hacer.

 Por eso, la conversión no solo implica un cambio en nuestra manera de relacionarnos con amor con Dios y los demás, sino también nuestra relación con los bienes, sirviéndonos de ellos para tener todos una vida digna.

 Compartir lo que tenemos con los Hnos.  Necesitados es un aspecto esencial de la caridad fraterna que nos hace partícipes a todos del amor y la salvación de Dios

 Esto significa pasar del egoísmo a la solidaridad, del tener al dar y de la economía del consumo a la de comunión. El compartir lo que tenemos con los hermanos necesitados es un aspecto esencial de la caridad fraterna que nos hace partícipes a todos del amor y la salvación de Dios.

Luego, Juan Bautista dirige su palabra a cada uno de los dos grupos pidiéndoles que demuestren su voluntad de conversión en los hechos y la vida de cada día. A los publicanos, una categoría de hombres odiados por el pueblo de Israel, les pide que cobren el arancel establecido y no sean corruptos ni codiciosos.

En cambio, a los soldados, les pide que no se valgan del poder de los instrumentos de muerte que tienen en sus manos y que no abusen de su posición para extorsionar y someter a la gente.

Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo

Estas indicaciones están en plena sintonía con la más pura tradición profética del Antiguo Testamento donde la unidad más profunda y común denominador del pueblo se construía sobre la justicia y el amor a Dios y al prójimo, como afirma el mandamiento más importante de la ley: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

El Bautista, con su voz profética y su vida austera, despierta gran expectativa y un interrogante fundamental en la gente: “Todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías”. Su respuesta no deja dudas: “Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias”.

Juan tiene bien claro que él no es el Mesías prometido por los profetas, ni pretende serlo, sino que es tan solo el precursor que ha recibido de Dios la misión de preceder y ponerse al servicio de Jesús, el único Mesías enviado por el Padre con el poder de salvar a la humanidad.

Él los bautizará en el Espíritu Santo y el fuego”. En verdad Jesús es aquel a quien Dios ha confiado el poder, sin embargo, no para encabezar una revuelta violenta en contra del imperio opresor, sino para dar el don Espíritu Santo.

 Acojamos al Salvador que ya está presente en medio de su pueblo: El Señor está cerca”, “está en medio de ti… está en tu corazón

 Como dice San Pablo en su carta a los cristianos de Filipos: El apóstol expresa con palabras muy consoladoras que Dios está verdaderamente presente en los que creen en Él y que cuida y acompaña sus vidas, por eso, les invita a que: “no se angustien por nada”.

Cuando el Señor está a nuestro lado, no hay cabida para la angustia, incluso cuando pasamos por momentos difíciles y por las pruebas

 También San Pablo nos indica lo que tenemos para ser fieles en el seguimiento de Jesús: “Recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias para presentar sus peticiones a Dios”.

La oración es el medio precioso para pedir a Dios que nos haga perseverantes en la fe, y nos conceda el consuelo de su bondad y de su fortaleza.

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Graciela Arandia de Hidalgo



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