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lunes 19 abril 2021
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Arzobispo: “La justicia debe ser libre de toda presión y actuar en el marco de las leyes, respetando el principio de la presunción de inocencia y velar por la dignidad de la persona”

Campanas. Este quinto domingo de cuaresma, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, aseveró que la justicia debe ser libre de toda presión y actuar en el marco de las leyes, respetando el principio de la presunción de inocencia y velar por la dignidad de la persona.

Así mismo aseguró que “la convivencia pacífica del país está en riesgo por la condición servil y las arbitrariedades de administradores de justicia”.

La justicia debe ser libre de toda presión y actuar en el marco de las leyes

La justicia debe ser libre de toda presión y actuar en el estricto marco de las leyes, que respete el principio de la presunción de inocencia y que, al mismo tiempo, vele por la dignidad de la persona y el trato humano a los detenidos.

La otra cara de la justicia es la misericordia, se deben dar pasos concretos que favorezcan el clima de paz y de libertad

No se olvide que la otra cara de la justicia es la misericordia. Se esperan pasos concretos que favorezcan el clima de paz y de libertad indispensable para un ejercicio ecuánime de la justicia y para no distraer la atención ante el recrudecer de la pandemia, una situación alarmante que exige medidas urgentes y efectivas.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

21/03/2021

El evangelio de hoy nos presenta a unos peregrinos griegos, paganos simpatizantes de la religión hebrea, que fueron a Jerusalén en ocasión de la fiesta de la Pascua. Al escuchar hablar de Jesús, expresan su deseo de conocerlo personalmente, por eso piden a Felipe, uno de sus discípulos: “Queremos ver a Jesús”.

Felipe junto a Andrés transmiten el pedido a Jesús, pero él parece no prestarles atención y más bien inicia a hablar sobre el sentido de su muerte. “Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre va a ser glorificado”. Podríamos pensar que Jesús se refiere al momento en que, como Hijo de Dios, va a gozar del reconocimiento de los hombres. Pero los pensamientos de Dios son muy distintos de los nuestros. La hora de la gloria, que Él ha preparado para su Hijo, es la hora de la pasión en el amor y de la derrota humana en la cruz, la hora clave de la historia en la que, gracias a la resurrección, la muerte se vuelve vida para todos.

Es lo que reafirma la Carta a los Hebreos que se ha leído hace un momento; que Jesús, gracias a sus sufrimientos, aprendió a cumplir la misión que el Padre le confió y ser causa de salvación de todos los que creen en Él y lo siguen.

Por eso, si queremos compartir la vida y la gloria de Jesús, tenemos que ser conscientes que también debemos asumir junto a Él los sufrimientos de la cruz: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. En su muerte, entregada por amor, se realiza nuestra victoria definitiva sobre la muerte y el pecado y se transforma para siempre nuestro corazón humano que se hace capaz de amar, de perdonar y de servir desinteresadamente al otro y de no pecar más.  Este es la condición que pone Jesús para sus seguidores: El que tiene apego a su vida la perderá, y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna”.

En medio de un mundo que busca lo fácil y el placer, el prestigio y la fama, el poder y las riquezas, la propuesta de Jesús de salir de sí mismos, romper nuestros apegos y ataduras, para servir al Evangelio y al prójimo, resuena como una paradoja.  

No es una opción fácil, por eso Jesús nos indica cómo dar este paso: “El que quiera servirme que me siga, y, donde yo esté, estará también mi servidor”. Esta es la respuesta al pedido de esos peregrinos griegos que vale para todos los que desean conocerlo, seguirlo, ponerse humildemente detrás de Él, estar con él y comprometerse con misión, renunciando a sus propios planes, a la soberbia y a la autosuficiencia.

Esta propuesta sigue actual y valedera también hoy para todos los que con sinceridad desean ver, conocer y encontrar a Jesús, y para los que no han encontrado el sentido de su existencia en los encantos engañosos de este mundo consumista e indiferente a los valores espirituales y trascendentales. La propuesta de Cristo vale no solo para nuestra vida personal, sino también en los ámbitos social, económico y político. Por eso, gastar la vida por Cristo y ponerse al servicio del prójimo es la brújula y la referencia clave que se ofrece también para las autoridades llamadas a guiar los destinos de nuestro país y regiones.  

En comunión con el mensaje de estos días de la Conferencia Episcopal, entiendo que, la actitud de servicio implica, para todos los que ejercen una autoridad, poner atención a los signos de los tiempos y escuchar el clamor del pueblo que en estos días eleva sus voces porque la convivencia pacífica está en riesgo por la condición servil y las arbitrariedades de administradores de justicia.

La justicia debe ser libre de toda presión y que actúe en el estricto marco de las leyes, que respete el principio de la presunción de inocencia y que, al mismo tiempo, vele por la dignidad de la persona y el trato humano a los detenidos.

No se olvide que la otra cara de la justicia es la misericordia. Se esperan pasos concretos que favorezcan el clima de paz y de libertad indispensable para un ejercicio ecuánime de la justicia y para no distraer la atención ante el recrudecer de la pandemia, una situación alarmante que exige medidas urgentes y efectivas.

En este espíritu, les recuerdo que, como ya es práctica en nuestra Iglesia, hoy 5º domingo de Cuaresma, se celebra la Jornada de la Solidaridad, destinada este año a favor de nuestros hermanos inmigrantes y refugiados que llegan a nuestra ciudad y a nuestro país con tanta esperanza en búsqueda de unos días mejores para ellos y su familia. El lema escogido para esta jornada, es una invitación a acoger, proteger, promover e integrar” a esos hermanos y hermanas que inician una nueva vida en nuestra tierra.  

Los problemas y sufrimientos que ellos tienen que enfrentar son varios y complejos; los trámites para la permanencia muy burocráticos y caros, la falta de trabajo, de atención a la salud y de acceso a la educación de niños y jóvenes, la discriminación y los prejuicios, la separación familiar y, de parte de algunos, las dificultades del idioma y de la comunicación.

Los cristianos no debemos olvidar que la historia del Pueblo de Dios inició con un emigrante, el patriarca Abraham que deja sus tierra y sus bienes para cumplir el mandato de Dios y que también sus descendientes, a lo largo de su historia, tuvieron que emigrar a Egipto y sufrir también el exilio de cincuenta años en Babilonia.

Jesús mismo, todavía niño fue migrante cuando sus padres lo llevaron a Egipto huyendo del rey Herodes que buscaba su muerte. Durante su vida pública él tuvo un trato preferente con los extranjeros, como los casos del centurión Romano, de la mujer siro-fenicia y de la samaritana. Es más, Jesús se reconoció migrante: “Fui forastero y me acogiste… todo lo que hicieron con estos pequeños, lo hicieron conmigo”.

Y la Iglesia, a lo largo de toda su historia, ha seguido los pasos de Jesús implementando la pastoral de los migrantes y a través del tesón de tantos institutos religiosos al servicio de los migrantes. El Papa Francisco, al respecto, nos dice que “el Señor, a través de los migrantes, nos llama a una conversión, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte”.

Indiferencia y descarte, es la tentación de hacernos de la vista gorda ante tantos hermanos que están entre nosotros y que nos piden una mirada amiga, una palabra de aliento y una mano solidaria. Seamos generosos en la colecta de hoy, dando los aportes frutos de nuestras renuncias y sacrificios de la cuaresma y que son destinados a la Casa Cardenal Terrazas que acoge, hospeda y alimenta a los inmigrantes y refugiados, así como a enfermos de cáncer y sus familiares que llegan del campo o de otra región de Bolivia para ser curados en los hospitales de nuestra ciudad.

Es una obra de caridad propia de la cuaresma, pidamos a Dios, con las palabras del salmo, que nos ayude a seguir los pasos de su Hijo y a cambiar nuestra vida para que la gastemos con generosidad por Él, por el Evangelio y por nuestro prójimo más necesitado y abandonado: “Oh Dios, crea en mí un corazón nuevo”. Amén

El evangelio de hoy nos presenta a unos peregrinos griegos, paganos simpatizantes de la religión hebrea, que fueron a Jerusalén en ocasión de la fiesta de la Pascua. Al escuchar hablar de Jesús, expresan su deseo de conocerlo personalmente, por eso piden a Felipe, uno de sus discípulos: “Queremos ver a Jesús”.

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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