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martes 19 enero 2021
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Arzobispo: “La falta de valores éticos y morales que vivimos en nuestro país, dependen prioritariamente de la fragilidad y disgregación de tantas familias”

Campanas. Este domingo 27 de diciembre, desde la Catedral el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti afirmó que la falta de valores éticos y morales que vivimos en nuestro país, dependen prioritariamente de la fragilidad y disgregación de tantas familias.

Así mismo dijo que la  sociedad no puede prescindir de los servicios que le brinda la familia legalmente constituida. Nadie, ni siquiera el Estado, puede arrebatarle esta potestad porque estaría vulnerando gravemente su libertad y sus derechos originarios y connaturales. La debilidad de la familia, es la debilidad de una sociedad. Al respecto, tendríamos que preguntarnos con sinceridad si, tantos problemas que vivimos en nuestro país, como la falta de valores éticos y morales, la violencia creciente, la corrupción, el narcotráfico y la débil democracia, no dependen prioritariamente de la fragilidad y disgregación de tantas nuestras familias.

 “El Hijo de Dios quiso que todo ser humano viniera a este mundo en el seno de una familia, fundada sobre amor entre un hombre y una mujer

Es muy significativo que, en este domingo siguiente a la Navidad, nuestra Iglesia celebre la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. El hecho que el Hijo de Dios, al tomar nuestra condición humana, quiso contar con una madre y un padre terrenales, es la reafirmación de la obra del Creador que quiso que todo ser humano viniera a este mundo en el seno de una familia, fundada sobre los cimientos del amor mutuo entre un hombre y una mujer.

El prelado aseguró que toda familia cristiana está llamada a ser una pequeña comunidad de fe, la Iglesia doméstica, donde los padres son los primeros educadores de sus hijos a nivel humano y cristiano. Es una tarea desafiante, por eso es importante que ellos no estén solos, y que se hagan orientar y acompañar por la familia más grande, la comunidad eclesial.

También dijo que la participación activa de la familia en la vida de la comunidad se ha vuelto mucho más necesaria hoy por la indiferencia religiosa vigente en nuestro mundo, por las corrientes ideológicas contrarias al Evangelio y por los males que afectan directamente al valor de la vida, a la integridad e identidad del matrimonio y de la familia, como la falta de comunicación, las divisiones, la infidelidad y los divorcios.

La institución de la familia es un bien grande para las personas, la sociedad y la humanidad entera

la familia es su célula primera y vital, como afirma la Declaración Universal de los Derechos Humanos. «La familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado». La familia es la expresión de la ley natural y universal presente en la mente y el corazón de todos los seres humanos, la base de la sociedad que tiene una función fundamental en la vida de la misma como primera responsable de la educación y formación de los hijos en los valores cívicos y sociales, exresó el Arzobispo.

En una familia estable y bien constituida, sus miembros experimentan los elementos esenciales para su desarrollo integral y aprenden a establecer relaciones armónicas y pacífica.  En ella se aprende a practicar la justicia y el respeto hacia las otras personas, a reconocer la función de la autoridad a cargo de los padres, a practicar el servicio afectuoso a los miembros más débiles, los pequeños, los ancianos o los enfermos, a ayudarse mutuamente en las necesidades de la vida, y a ser disponibles para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo.

Mons. Gualberti afirmó que al enfrentar la pandemia muchas personas han tocado con mano la importancia y el valor de contar con la ayuda de la familia. En la familia han encontrado conforto, ayuda y aliciente para no perder la esperanza y tener la fuerza de levantarse y seguir adelante. Para muchas personas contagiadas, la familia ha sido el único hospital y el único rincón de sosiego y curación.

En su misión cristiana, la familia está llamada a formar a las personas para que sean ciudadanos libres y responsables, dijo el Prelado, a tiempo de mencionar que la familia educa a vivir bajo una ley común, capacita al respeto recíproco y a interrelacionarse en base a los valores humanos de la igualdad y la solidaridad, ofrece la experiencia del bien común, favorece la convivencia, impide el individualismo y permite tener experiencias determinantes de perdón, reconciliación y paz.

Las autoridades tienen la obligación de priorizar la política familiar con medidas concretas y reales

Ante esta situación, el Arzobispo cruceño indicó que las autoridades tienen la obligación de priorizar la política familiar con medidas concretas que respondan a las necesidades reales de la familia: la vivienda, el trabajo, la educación y la asistencia sanitaria para todos, entre otras. En esta tarea están llamadas a colaborar las instituciones civiles, sociales, religiosas y educativas, y los medios de comunicación social.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

/27/12/2020

Es muy significativo que, en este domingo siguiente a la Navidad, nuestra Iglesia celebre la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. El hecho que el Hijo de Dios, al tomar nuestra condición humana, quiso contar con una madre y un padre terrenales, es la reafirmación de la obra del Creador que quiso que todo ser humano viniera a este mundo en el seno de una familia, fundada sobre los cimientos del amor mutuo entre un hombre y una mujer.

La Familia de Jesús es llamada “Sagrada o Santa” porque constituida y santificada por la presencia de Dios que pidió a María y José, fieles practicantes de la religión del Dios vivo, cumplir una misión importante en la obra de la salvación. Desde la presentación del niño Jesús en el templo de Jerusalén, a los cuarenta días de haber nacido, María y José se encargaron de su educación humana y religiosa, y lo acompañaron en el camino de su vocación, así él “creció en sabiduría, estatura y en gracia”. El pequeño hogar de Nazaret, fue una comunidad de fe y caridad, donde todos trabajaban y vivían en armonía y paz, cumpliendo la voluntad de Dios.

Siguiendo este ejemplo de fe y amor, toda familia cristiana está llamada a ser una pequeña comunidad de fe, la Iglesia doméstica, donde los padres son los primeros educadores de sus hijos a nivel humano y cristiano. Es una tarea desafiante, por eso es importante que ellos no estén solos, y que se hagan orientar y acompañar por la familia más grande, la comunidad eclesial. Allí los hijos son introducidos al conocimiento de la palabra de Dios y de la Doctrina cristiana, reciben los sacramentos de la gracia y aprenden a conocer al Señor y a vivir como buenos cristianos. La participación activa de la familia en la vida de la comunidad se ha vuelto mucho más necesaria hoy por la indiferencia religiosa vigente en nuestro mundo, por las corrientes ideológicas contrarias al Evangelio y por los males que afectan directamente al valor de la vida, a la integridad e identidad del matrimonio y de la familia, como la falta de comunicación, las divisiones, la infidelidad y los divorcios. El sacramento del matrimonio hoy no es considerado incluso de parte de católicos que desconocen su valor en cuanto alianza de amor por toda la vida, alianza que nace de una opción libre, consciente, única y fiel; un amor de donación y abierto a la vida, a imagen del amor de Dios para con la humanidad y del amor de Cristo hacia la Iglesia.

Por este sacramento, los esposos reciben la gracia de santificarse, de vivir fielmente su vocación y de amarse con un amor de comunión y entrega recíproca que se expresa en gestos concretos de servicio, ayuda, perdón, compasión y misericordia.

La institución de la familia es un bien grande para las personas, la sociedad y la humanidad entera, un caudal que hay que salvaguardar de parte de toda la sociedad, porque la familia es su célula primera y vital, como afirma la Declaración Universal de los Derechos Humanos. «La familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado». La familia es la expresión de la ley natural y universal presente en la mente y el corazón de todos los seres humanos, la base de la sociedad que tiene una función fundamental en la vida de la misma como primera responsable de la educación y formación de los hijos en los valores cívicos y sociales.

En una familia estable y bien constituida, sus miembros experimentan los elementos esenciales para su desarrollo integral y aprenden a establecer relaciones armónicas y pacíficas.  En ella se aprende a practicar la justicia y el respeto hacia las otras personas, a reconocer la función de la autoridad a cargo de los padres, a practicar el servicio afectuoso a los miembros más débiles, los pequeños, los ancianos o los enfermos, a ayudarse mutuamente en las necesidades de la vida, y a ser disponibles para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo.

Pienso de no me equivocarme al decir que muchas personas, al enfrentar esta pandemia, han tocado con mano la importancia y el valor de contar con la ayuda de la familia. En ella han encontrado conforto, ayuda y aliciente para no perder la esperanza y tener la fuerza de levantarse y seguir adelante. Para muchas personas contagiadas, la familia ha sido el único hospital y el único rincón de sosiego y curación. Para tantos hermanos que han perdido un ser querido y para otros que han vivido en carne propia la enfermedad, esta experiencia dolorosa ha cambiado su vida, les ha enseñado a valorar los pequeños gestos cotidianos en la familia y a instaurar nuevas relaciones de respeto, atención y cariño.

En su misión de ser la primera escuela de vida humana y cristiana, la familia está llamada a formar a las personas para que sean ciudadanos libres y responsables. La familia educa a vivir bajo una ley común, capacita al respeto recíproco y a interrelacionarse en base a los valores humanos de la igualdad y la solidaridad, ofrece la experiencia del bien común, favorece la convivencia, impide el individualismo y permite tener experiencias determinantes de perdón, reconciliación y paz.

Por eso, la sociedad no puede prescindir de los servicios que le brinda la familia legalmente constituida. Nadie, ni siquiera el Estado, puede arrebatarle esta potestad porque estaría vulnerando gravemente su libertad y sus derechos originarios y connaturales. La debilidad de la familia, es la debilidad de una sociedad. Al respecto, tendríamos que preguntarnos con sinceridad si, tantos problemas que vivimos en nuestro país, como la falta de valores éticos y morales, la violencia creciente, la corrupción, el narcotráfico y la débil democracia, no dependen prioritariamente de la fragilidad y disgregación de tantas nuestras familias.

Ante esta situación, las autoridades tienen la obligación de priorizar la política familiar con medidas concretas que respondan a las necesidades reales de la familia: la vivienda, el trabajo, la educación y la asistencia sanitaria para todos, entre otras. En esta tarea están llamadas a colaborar las instituciones civiles, sociales, religiosas y educativas, y los medios de comunicación social. Todos tenemos la responsabilidad de defender a la familia, sus anhelos y derechos, a fin de que cumpla con su rol insustituible para la vida y el bienestar de las personas y de la sociedad.

En esta fiesta, el testimonio de la Sagrada Familia nos urge a que se afiance a la familia como el eslabón básico de la única y gran familia humana, donde todos, caminando juntos como hermanos y hermanas, alcancemos la realización plena a nivel personal, comunitario y social en un ambiente de fraternidad y paz duradera. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo