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sábado 28 mayo 2022
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Arzobispo: “Jesús resucitado entra en nuestro corazón abatido, para fortalecernos en la fe y abrirnos a una vida libre del mal y de la muerte”

Campanas. Este domingo de la Divina Misericordia desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, afirmó que, “Ante nuestro corazón abatido, Jesús resucitado entra en él para fortalecernos en la fe y abrirnos a la esperanza de una vida libre del mal y de la muerte”

En este tiempo de Pascua, la liturgia de la Palabra nos invita a hacer, junto a los discípulos de Jesús, la apasionante experiencia de las apariciones de Cristo resucitado, para profundizar y saborear este acontecimiento que ha cambiado la historia de la humanidad y gozar de la vida nueva que él nos ha traído.

El pasaje del evangelio de este domingo de la Divina Misericordia, nos presenta a los apóstoles reunidos en un mismo lugar y a puertas cerradas, en la noche misma de la resurrección de Jesús. Hay entre ellos aires de tristeza, dudas y miedo por la reciente pasión y muerte violenta de Jesús, pero, sobre todo, por el miedo a sí mismos que los atenaza, porque en esos momentos trágicos y dolorosos, sin más ni más, han dejado solo a Jesús, lo han renegado o traicionado.

Ante las puertas cerradas y los corazones abatidos, Jesús no retrocede, por el contrario, entra y se pone en medio de ellos para que lo vean bien, sientan su cercanía y comprueben que su presencia es real. Este hecho nos anima también a nosotros, en particular, cuando nuestro corazón se encierra en sí mismo por las adversidades de la vida, por nuestras dudas o por nuestros pecados. Jesús resucitado toma la iniciativa entra en nuestro íntimo para fortalecernos en la fe y abrirnos a la esperanza y a la dicha de una vida libre del mal y de la muerte.

Así mismo el prelado aseguró que, la paz es el fruto del amor y entrega de Jesús al Padre y de la solidaridad con la humanidad, la paz de las nuevas relaciones con Dios y los demás, la paz que es vida digna y armoniosa para todos. No una vida más fácil y acomodada, sino más plena, apasionada y dedicada a construir lazos de concordia y armonía con todos y a trabajar por una sociedad de paz, más fraterna y solidaria, cimentada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

La Paz, gozo y alegría, en la Biblia, son los signos distintivos de los últimos tiempos de la historia, en los que Dios instaurará la armonía plena y definitiva del hombre nuevo y del mundo nuevo en Cristo Resucitado

El Espíritu de Cristo Resucitado abre las puertas cerradas y su respiro mismo, sus palabras, sus enseñanzas y su misterio bajan sobre toda la Iglesia. Gracias al don del Espíritu la Iglesia vive de lo que Cristo vive, de su amor, de su entrega y de su misión: “Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a Ustedes”, dijo Monseñor.

Gracias al bautismo, Cristo resucitado ha tomado posesión también de nuestro ser, vive en nosotros y nos comunica su Espíritu para que podamos hacer las cosas de Dios.

También Monseñor Sergio dijo: el Resucitado confía a la Iglesia, es el ministerio del perdón, de la reconciliación y la misericordia: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen”. En este don que Cristo ha confiado a la Iglesia, realza la misericordia y el amor del Padre; Él quiere que ningún pecador se pierda y que quede esclavo para siempre del pecado y la muerte, sino que tenga vida y vida en abundancia.

También nosotros cuando tenemos dudas de fe y la tentación de dejar a la Iglesia, estamos llamados a seguir el ejemplo de Tomás y a mantenernos fieles a nuestro bautismo y a nuestra comunidad eclesial, porque el Señor está presente y se manifiesta en medio de ella.

 La vida pascual, pide fidelidad a Cristo Resucitado y fidelidad a la Iglesia en comunión entre bautizados, como nos testimonia la vivencia de la primitiva comunidad cristiana, presentada en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”, al punto que compartían sus bienes entre ellos para que nadie pasara necesidad.

Ojalá seamos bienaventurados también nosotros que, aunque no hemos visto al Resucitado, creemos en Él y en su amor sin límites. Terminemos agradeciendo al Señor, porque en su amor misericordioso, sigue extendiendo hacia nosotros sus manos heridas y mostrándonos su costado sangrante, para que, todos juntos, podamos profesar con alegría nuestra fe: “Señor mío y Dios mío”.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

11/04/2021

En este tiempo de Pascua, la liturgia de la Palabra nos invita a hacer, junto a los discípulos de Jesús, la apasionante experiencia de las apariciones de Cristo resucitado, para profundizar y saborear este acontecimiento que ha cambiado la historia de la humanidad y gozar de la vida nueva que él nos ha traído.

El pasaje del evangelio de este domingo de la Divina Misericordia, nos presenta a los apóstoles reunidos en un mismo lugar y a puertas cerradas, en la noche misma de la resurrección de Jesús. Hay entre ellos aires de tristeza, dudas y miedo por la reciente pasión y muerte violenta de Jesús, pero, sobre todo, por el miedo a sí mismos que los atenaza, porque en esos momentos trágicos y dolorosos, sin más ni más, han dejado solo a Jesús, lo han renegado o traicionado.

Mientras se dan ánimo los unos a los otros “llega Jesús que, poniéndose en medio de ellos, les dice: « ¡La paz esté con ustedes!»”. Ante las puertas cerradas y los corazones abatidos, Jesús no retrocede, por el contrario, entra y se pone en medio de ellos para que lo vean bien, sientan su cercanía y comprueben que su presencia es real. Este hecho nos anima también a nosotros, en particular, cuando nuestro corazón se encierra en sí mismo por las adversidades de la vida, por nuestras dudas o por nuestros pecados. Jesús resucitado toma la iniciativa entra en nuestro íntimo para fortalecernos en la fe y abrirnos a la esperanza y a la dicha de una vida libre del mal y de la muerte.

«¡La paz esté con ustedes!». La paz es el saludo del Resucitado a todos sus seguidores, no un simple augurio o una promesa futura, sino un hecho; la paz es nuestra, nos pertenece y permea toda nuestra vida, un sueño que ha iniciado para no terminar jamás. La paz es el fruto del amor y entrega de Jesús al Padre y de la solidaridad con la humanidad, la paz de las nuevas relaciones con Dios y los demás, la paz que es vida digna y armoniosa para todos. No una vida más fácil y acomodada, sino más plena, apasionada y dedicada a construir lazos de concordia y armonía con todos y a trabajar por una sociedad de paz, más fraterna y solidaria, cimentada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

“Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado”. Las marcas de la pasión no desaparecen con la resurrección, quedan para siempre como signo personal e indeleble de reconocimiento del Señor y como memoria de la cruz, el camino que nos lleva a participar de la gloria de Cristo resucitado.  

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor”. Es la alegría que acompaña la paz, la alegría del reencuentro que vence la tristeza de la despedida en la última cena y que hace renacer la esperanza. Paz, gozo y alegría, en la Biblia, son los signos distintivos de los últimos tiempos de la historia, en los que Dios instaurará la armonía plena y definitiva del hombre nuevo y del mundo nuevo en Cristo Resucitado.  

Jesús “Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo»”. Sobre aquel puñado de discípulos asustados, baja el mismo soplo de los orígenes, el Espíritu que puso orden en los abismos y el caos primordial y dio inicio al cosmos. En ese momento el Espíritu de Cristo Resucitado abre las puertas cerradas y su respiro mismo, sus palabras, sus enseñanzas y su misterio bajan sobre toda la Iglesia. Gracias al don del Espíritu la Iglesia vive de lo que Cristo vive, de su amor, de su entrega y de su misión: “Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a Ustedes”.

San Pablo, en su carta a los Colosenses, presenta, con palabras claras y penetrantes, su experiencia personal que ha cambiado todo su ser y toda su existencia: “No soy que vivo, sino que es Cristo que vive en mí”.

Gracias al bautismo, Cristo resucitado ha tomado posesión también de nuestro ser, vive en nosotros y nos comunica su Espíritu para que podamos hacer las cosas de Dios. Por eso, ya ahora en nuestra existencia de cada día, participamos de la resurrección del Señor y podemos generar frutos de amor y de paz. Y la primera de esas cosas de Dios que el Resucitado confía a la Iglesia, es el ministerio del perdón, de la reconciliación y la misericordia: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen”. En este don que Cristo ha confiado a la Iglesia, realza la misericordia y el amor del Padre; Él quiere que ningún pecador se pierda y que quede esclavo para siempre del pecado y la muerte, sino que tenga vida y vida en abundancia.

Al apóstol Tomás, que no está presente esa noche, los demás discípulos le comunican la buena noticia: “Hemos visto al Señor”; pero él les responde que creerá solamente si ve y toca las marcas de la pasión en las manos y el costado de Jesús. Ocho días después, Jesús aparece nuevamente a los discípulos y, esta vez, Tomás está con ellos. A pesar de que no ha creído en lo que ellos le han dicho, Tomás no los ha dejado ni se ha ido, y justamente por haberse quedado ahora puede encontrar al Señor.

También nosotros cuando tenemos dudas de fe y la tentación de dejar a la Iglesia, estamos llamados a seguir el ejemplo de Tomás y a mantenernos fieles a nuestro bautismo y a nuestra comunidad eclesial, porque el Señor está presente y se manifiesta en medio de ella. La vida pascual, pide fidelidad a Cristo Resucitado y fidelidad a la Iglesia en comunión entre bautizados, como nos testimonia la vivencia de la primitiva comunidad cristiana, presentada en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”, al punto que compartían sus bienes entre ellos para que nadie pasara necesidad.

Jesús, después del saludo a los discípulos, se dirige directamente a Tomas: “Trae acá tu dedo: aquí están mis manos.  Acerca tu mano: métela en mi costado”. Las marcas claras de la pasión, son la prueba indiscutible de que Jesús es un hombre vivo en su cuerpo glorificado y no un fantasma. Este gesto despeja las dudas de Tomas que ahora hace su admirable profesión de fe:” Señor mío y Dios mío”; de esta manera reconoce que solo el Resucitado es Dios y Señor, ningún otro más. Jesús le responde: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!». Jesús proclama así una nueva bienaventuranza: felices, dichosos todos aquellos que, sin haber visto, creen en Él.

Esta es la verdadera fe pascual que debería permear toda nuestra vida, como afirma la primera carta de Pedro: “todavía no lo han visto, pero lo aman; sin verlo creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y radiante, así recibirán la salvación, que es la meta de su fe” (1 Pe 1,8).

Ojalá seamos bienaventurados también nosotros que, aunque no hemos visto al Resucitado, creemos en Él y en su amor sin límites. Terminemos agradeciendo al Señor, porque en su amor misericordioso, sigue extendiendo hacia nosotros sus manos heridas y mostrándonos su costado sangrante, para que, todos juntos, podamos profesar con alegría nuestra fe: “Señor mío y Dios mío”.  Amé

Graciela Arandia de Hidalgo



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